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Cifuentes y la vuelta a la cordura

Ópera bufa en tres actos con obertura bolivariana en forma de autobús. El martes nos enteramos de que el presidente del Gobierno tendrá que declarar por el caso Gürtel. Aparentemente algo menor, tanto que podrá comparecer ante el tribunal por videoconferencia. Ahí Rajoy se maneja bien. El plasma es su ambiente. La primera de las pasiones que le dominan es el rencor. La segunda la cobardía.

De no haber seguido sonando la música la historia ya habría sido sobrepasada, pero ni la colección de muertos en las calles de Caracas ha conseguido acallar el ensordecedor ruido del brunch que Eloy Velasco y la Fiscalía Anticorrupción nos sirvieron el miércoles por la mañana. De una tacada quedó en entredicho la supuesta enmienda del viejo-nuevo PP surgido en el último congreso búlgaro y, a modo de remate, la ya muy perjudicada Esperanza Aguirre consumó su descenso a los infiernos de los que ya no podrá salir, aunque solo sea por cuestión de edad.

Una década de aguirrismo irrestricto ha quedado definitivamente retratada. No era una rana, era una charca repleta de ellas, croando todas a mayor gloria de la que hace solo diez años era la que dirigía el cotarro quitando y poniendo a su antojo. En 2007 Aguirre arrasó en las autonómicas y todos la daban como sucesora segura de un Rajoy renqueante a quien el cargo de jefe de la Oposición le venía demasiado grande. Las predicciones no valen de nada. No hay más que mirar al pasado para confirmarlo.

El caso de Ignacio González que, como la falsa moneda, fue durante años de mano en mano sin que nadie quisiera quedársela, ha terminado por romper con furia anegándolo todo a su paso, incluyendo en ese todo al presidente y al complejo mediático que con parsimonia ha ido tejiendo la vicepresidenta desde su llegada al Olimpo hace ya más de un lustro.

Porque al final resulta que la trama que denunciaba Podemos el martes por las calles de Madrid en un autobús de dos pisos que tardó 24 horas en averiarse, existía, existió y sigue existiendo. Pero esa trama no es exactamente la colusión del PP con las empresas del IBEX 35, sino el ménage à trois entre políticos de todo signo, periodistas y empresas públicas.

Pero esa trama no es exactamente la colusión del PP con las empresas del IBEX 35, sino el ‘ménage à trois’ entre políticos de todo signo, periodistas y empresas públicas

La realidad aceptada por todos es que un presidente autonómico, un alcalde o un vulgar secretario de Estado empleen estos entes públicos –cuya existencia misma debería estar proscrita– para sus intereses personales. Incluyendo en ocasiones el de arrimarse dinero al bolsillo de una manera discreta. La razón de ser de las empresas públicas es esa misma, por eso no las han cerrado ni con la crisis arreciando, ni con las monstruosas pérdidas que casi todas arrojan al final de cada ejercicio y que invariablemente se aplican como banderillas en el lomo del contribuyente.

Con Ignacio González y el Canal de Isabel II tendríamos un ejemplo práctico de esos que ponen en los manuales de los MBA. Lo tiene todo. La empresa, las filiales de la empresa, dinero a borbotones, el politiqueo, el ramillete de familiares y amigos revoloteando como moscones y una legión de periodistas reptando en torno al capo para dar lustre al tinglado. Tiene también una capa extra, la del matoneo periodístico, la del voy a dar una leche a Fulano o enviar un mensaje a Mengano para que mida sus palabras y deje de incordiar.

Luego dirán que el periodismo está en crisis. Lo raro es que no haya desaparecido del todo

Todo junto y necesariamente revuelto porque de lo que se trata es de eso mismo, de que no se distinga una cosa de la otra. Una piovra cuyos tentáculos todo lo alcanzan, todo lo cubren y todo lo estrangulan. Tu asesina que nosotros limpiamos la sangre. Luego dirán que el periodismo está en crisis. Lo raro es que no haya desaparecido del todo.

Pero quedaba un fleco suelto: la voluntad de lo que queda del PP por sobrevivir a estos años de sorayato e ignominia. Cristina Cifuentes representa ese fleco. Es una representante peculiar porque ella misma proviene de ese PP rajoyés y gurtelesco. Pero la renovación, la vuelta a la cordura tenía que venir de algún lado y está siendo ella la capitana de este empeño imposible.

Pero ya está hecho, no hay vuelta atrás, no hay control de daños posible

Lo que quizá no calculaba Cifuentes es el alcance de todo esto. No solo se había robado muy por encima las expectativas más ambiciosas, sino que el PP gobierna en precario tanto a nivel nacional como en el propio Madrid. Un mal movimiento y todo se va al garete.

Pero ya está hecho, no hay vuelta atrás, no hay control de daños posible. Curarse de ciertas adicciones implica dolor y genera vértigo, el mismo que ahora sienten muchos en Génova y que por primera vez –alabado sea el Altísimo– está empezando a sentir esa enfermedad terminal y necesariamente letal de la derecha española llamada Soraya Sáenz de Santamaría.

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