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El zigurat de Lenin

Vladimir Lenin murió en pleno invierno, el día 21 de enero para ser más exactos, del año 1924. Era aún joven (53 años), la revolución estaba cercana y la guerra civil acababa de terminar. Estaba todo por hacer. Demasiado pronto para despedirse de este mundo. Su muerte causó una gran conmoción en la recién instaurada Rusia soviética. Dos días después de morir, y ante la avalancha de gente que se acercaba al Kremlin a presentar sus respetos sin siquiera poder ver el cadáver, el Gobierno encargó al arquitecto Alexei Shchusev que diseñase una caseta para colocar el ataúd en la misma plaza y que los moscovitas pudiesen pasar de uno en uno a mirar a la cara al hombre que había dado la vuelta a la historia de Rusia. Shchusev se apresuró y a los pocos días tenía lista la estructura, un sencillo mausoleo de madera dispuesto junto al muro del Kremlin en la plaza Roja.

A los rusos y, en general, a todos los pueblos del este de Europa les gusta velar a los muertos con la tapa del féretro abierta. Lenin no iba a ser una excepción. Durante los primeros días, y como el invierno moscovita es tan severo no era necesario mantener el cuerpo climatizado, con aquel frío era poco menos que imposible que se estropease. Pero pronto se dieron cuenta de que habría que embalsamarlo en condiciones, es decir, disecar al caudillo revolucionario como si fuese un tigre de Bengala para que la exposición de sus restos fuera permanente. A ello se afanaron mientras el mausoleo original, hecho deprisa y corriendo en el primer momento, se renovaba completamente. En agosto de 1924 Shchusev entregó una nueva versión del mausoleo, también en madera, pero más grande y con acabados nobles. Para el cadáver se labró un nuevo sarcófago que es en el que hoy sigue depositado el cuerpo.

No sucedió lo mismo con el edificio en sí. El mausoleo de madera presentaba sus problemas de conservación y, además, daba la impresión de cierta temporalidad, como la caseta de una feria de pueblo que se pone si, pero también se quita, en un santiamén. En 1929 Iosif Stalin ya dueño único del poder soviético renovó el encargo a Shchusev para que sustituyese la estructura de madera por otra de piedra que perdurase eternamente. Al año siguiente estaba concluida. Un edificio muy sólido con aspecto de pirámide escalonada al estilo de los zigurats mesopotámicos para el que se emplearon materiales de primera como mármol, granito y pórfido. El arquitecto, ya conocedor de los usos que los nuevos zares rojos daban a la plaza, colocó sobre la azotea del mausoleo una tribuna de autoridades para que éstas presidiesen los desfiles. Todas las fotos de líderes soviéticos revisando a las tropas en fechas señaladas están tomadas ahí. El comunismo como religión de sustitución que era, tenía en Lenin su mártir y en el mausoleo su templo, su mezquita del profeta a la que peregrinar al menos una vez en la vida.

Por lo demás, el mausoleo, cuya última versión tiene ya casi 90 años, ha llevado una vida tranquila. Se le han practicado algunas reformas menores y poco más. Su inquilino tuvo que abandonar el lugar durante la Segunda Guerra Mundial, cuando, por miedo a que cayese en manos alemanas, el Gobierno ordenó que fuese trasladado a Siberia. El cuerpo embalsamado de Stalin estuvo durante unos años expuesto junto al de Lenin. Desde su muerte en 1953 hasta que en 1961 fue trasladado silenciosamente a un nicho en el muro del Kremlin. Entiendo que allí se habrá terminado de pudrir porque mantener un cadáver momificado en estado de revista precisa de atenciones continuas por parte de personal especializado.

La caída de la URSS, sin embargo, no supuso el fin del mausoleo. Todo lo más que perdió fue la guardia de honor entre 1993 y 1997. A partir de este último año se repuso y ahí sigue. Desde hace 25 años hay un debate abierto en Rusia sobre qué hacer con el mausoleo y con el cadáver que lo contiene. Como no se deciden y más o menos descuentan que es una atracción turística como el propio Kremlin o la catedral de San Basilio han dejado su desmantelamiento en suspenso. Quizá haga falta que pase otra generación o quizá no lo quiten nunca.

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