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El error Moix

La historia de Manuel Moix es la de la brevedad. Apareció en nuestras vidas a mediados de abril con motivo del caso Lezo, y desaparece mes y medio después dejándolo todo perdido a su alrededor. No le quedaban muchas más opciones para tratar, en vano, de salvar la cara de sus dos jefes.

Porque el ya ex fiscal jefe anticorrupción tenía jefes. Ese no es un cargo al que se acceda por méritos profesionales, sino mediante el confiable método digital que tanto se estila en la alta judicatura. Sus jefes son, por este orden, José Manuel Maza, felizmente instalado en la Fiscalía General del Estado, y Soraya Sáenz de Santamaría en pleno ejercicio de su privanza monclovita.

Poco después de ser nombrado supimos, por ejemplo, que Ignacio González lo había celebrado con un “es cojonudo si sale”

La irrupción de Moix en el acontecer nacional fue estruendosa. Poco después de ser nombrado supimos, por ejemplo, que Ignacio González lo había celebrado con un “es cojonudo si sale”. Los motivos son fáciles de imaginar. Moix, que era un completo desconocido para el gran público, era en cambio muy célebre en el mundillo de la Justicia por su cercanía al PP, con especial predilección por esa parte del partido que en tiempos acaudillaba Esperanza Aguirre.

Si echamos un vistazo a su hoja de servicios comprobamos que tiene un historial muy dilatado. No es para menos, entró en la carrera fiscal hace más de 30 años y en ese tiempo da para recorrérsela entera. Estuvo en el Tribunal Supremo, en el Superior de Justicia y en la Fiscalía de la Comunidad de Madrid. En este último destino es donde más (que no necesariamente mejor) se le recuerda.

Fue el fiscal encargado de juzgar a la propia Aguirre cuando aquel incidente en la Gran Vía. Se negó a acusarla de desobediencia. Gracias a él todo se quedó en simple falta. Pero aquello era pecata minuta, un asuntillo menor al lado de su caso estrella: el de Miguel Blesa de hace cuatro años. Denunció a Elpidio Silva y la cosa acabó como el rosario de la aurora, pero para Silva, que fue inhabilitado durante 17 años por prevaricación.

En líneas generales eso era todo lo que se sabía de Moix. Por eso, cuando en febrero pasado le ascendieron a fiscal anticorrupción muchos se preguntaron por qué. El por qué era obvio. Lo que tocaba preguntarse entonces era cómo habían tardado tanto en hacerlo ya que Manuel Moix es de ese tipo de fiscales a los que se les ve venir a la legua.

Fue el fiscal encargado de juzgar a la propia Aguirre cuando aquel incidente en la Gran Vía. Se negó a acusarla de desobediencia

Su nombramiento trajo cierto revuelo porque para hacerlo efectivo tuvieron sus valedores que dar un pequeño salto mortal. Impusieron su nombre a pesar de que había otros cinco candidatos, algunos mucho más apropiados para el puesto. Pero Rajoy se quedó con Moix. El sentido común nos decía que no era el más indicado. El sentido político decía exactamente lo contrario. Es hora de que nos congraciemos con la idea de que en la Justicia impera siempre la razón política, más si cabe en todo lo relacionado con la corrupción.

Moix tardó menos de dos meses en quedar en evidencia. Eso le costó una reprobación parlamentaria y su primera batería de portadas adversas. Al parecer desde su fiscalía había tratado de entorpecer algunas diligencias en el caso Lezo. Las piezas encajaban, era razonable que Ignacio González hubiese celebrado su nombramiento. La fiscalía anticorrupción y, en general, todas las fiscalías especiales, son grandes inventos para el poder. Basta con cooptarlas por la cabeza y automáticamente quedan desactivadas. Esto se sabe desde que Belloch se la sacó de la manga hace veinte años. Pero ahí sigue. Y si sigue por algo es.

Mariano Rajoy conoce bien para qué sirven todas y cada una de las instituciones del Estado. Como para no saberlo, el gallego lleva en esto dos tercios de su vida. Sostuvo a Moix, no entregó la pieza porque la pieza estaba ahí precisamente para eso. Fue entonces, en uno de esos tiempos rajoyanos en los que toca dejar pasar los días, cuando estalló la bombita panameña. Moix es propietario de un 25% de una sociedad inactiva con sede en Panamá de la que cuelga un chalé en Villalba. Todo muy de andar por casa y perfectamente legal. Declaró la existencia de su participación en la Agencia Tributaria y liquidó el correspondiente impuesto.

Si Moix fuese un ciudadano de a pie no pasaría nada. No es ni ilegal ni inmoral poseer empresas en Panamá. Al menos todavía. Pero Moix no era un ciudadano de a pie. Era el fiscal anticorrupción, un cargo público designado por el Gobierno entre cuyas funciones se encuentra la de investigar a los que tienen empresas en Panamá y emplean testaferros para ocultarlas.

Un fiscal anticorrupción no puede tener una empresa en Panamá ni estar relacionado con testaferros. Moix tenía lo primero y su padre se valió en el pasado de los mismos testaferros que emplearon Oleguer Pujol, los Ruiz Mateos o la hermana de Rato. Concretamente un despacho llamado Morgan & Morgan que se dedica a estas cosas y que lo hace dentro de la más completa legalidad dentro de la República de Panamá.

Moix estaba en paz con Dios después de haber declarado su participación en la Agencia Tributaria. Pero no se lo comunicó al Fiscal General del Estado, luego no estaba en paz con los hombres. Un fiscal anticorrupción tiene que estar a bien con ambos. Además, ¿no fue Montoro el que dijo aquello de que nadie que haya operado en un paraíso fiscal puede estar en el Gobierno? Sobre ese presupuesto volaron a José Manuel Soria hace ahora un año. Por las mismas han sacado a Moix.

Antes de llegar Moix era ya un fiscal quemado, un billete marcado al que era sencillo seguirle la pista

Desde las terminales mediáticas adictas a Moncloa hablan de que el fiscal ha sido objeto (y víctima) de una cacería. Y es cierto, lo ha sido. Pero es que no se lo han podido poner más fácil a los cazadores. Porque Rajoy, de las mil maneras que hay de ser torpe, escoge siempre la más torpe de todas. Sabiendo lo que ya se sabía, designar a este hombre era de una ineptitud supina rayana con la estupidez. Antes de llegar Moix era ya un fiscal quemado, un billete marcado al que era sencillo seguirle la pista. Una vez estuvo dentro no hubo más que colocar el material de asedio y disparar.

Al no haber delitos ni irregularidades perseguibles civilmente Moix puede continuar con su vida y con lo que le quede de carrera. Pero este episodio tan sorayesco, tan propio de Mortadelo y Filemón, se apunta (uno más) en el debe de Rajoy. Un escandalito a la medida de la vicepresidenta del que la vicepresidenta ha sabido exprimir todo su jugo.

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