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¿Cuánto cuesta una noticia falsa?

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Noticias falsas, fake news, es decir, los bulos de toda la vida que ahora con la inmediatez de las redes sociales se distribuyen a toda velocidad por el mundo entero. Desde hace un año no se habla de otra cosa en el mundillo periodístico, especialmente desde que, durante las elecciones norteamericanas, tanto los republicanos como los demócratas, se acusaron mutuamente de valerse de este tipo de contenido fraudulento para ganar adeptos a su causa o para demoler los argumentos del contrario.

Cuando pensamos en noticias falsas nos viene a la cabeza el clásico indeseable que dirige un periódico y que, ya por indicaciones de su jefe político o por simple ánimo de venganza, encarga un bulo contra alguien. Eso siempre se hizo. Este oficio ha disfrutado desde sus orígenes de una generosa dotación de granujas y filibusteros, extorsionadores profesionales y políticos travestidos de redactores. Pero para que uno de estos sujetos se saliese con la suya hacía falta primero tener un periódico con lectores (o una emisora de radio con oyentes, o un canal de televisión con espectadores), y eso no es precisamente barato.

Si el bulo tenía aspiraciones de prosperar necesitaba una base real sobre la que luego se practicarían las oportunas distorsiones. Había, y sigue habiendo, maestros en este arte. Se les denominaba, y denomina, periodistas amarillos. Luego existía otro problema principal: la Ley. Un bulo puede traer consecuencias penales para el autor y el medio, especialmente si entra en el terreno de la calumnia. La difusión de noticias falsas en sí no es delito, es decir, se puede publicar que los burros vuelan sin que el autor de la noticia se las tenga que ver ante un tribunal. Lo que si es ilegal (e inmoral) es imputar la comisión de un delito a un tercero a sabiendas de que no es cierto. Esa es la razón por la que los periodistas amarillos de todos los tiempos se han pasado media carrera en los juzgados.

Bien, ahora todo ha saltado por los aires. Se puede publicar una noticia falsa, se puede destruir el prestigio de alguien y todo a un coste extremadamente bajo, escondiendo además la mano para que no haya manera de seguir la pista y poner a los autores delante de un juez. Esta es la novedad y no la existencia en sí de las noticias falsas que, como ya digo, siempre las hubo y siempre las habrá. Según cuentan aquí, fabricar una noticia falsa de 800 palabras cuesta 30 dólares, colocarla en la red otros 25 dólares, que es el importe a pagar por 2.500 retuits. Podríamos argüir que no importa, que nadie lee, que en Internet ya solo se consume vídeo. La industria de la noticia falsa también tiene solución para eso. Por poco más de 600 dólares una empresa posiciona en YouTube un vídeo de dos minutos sobre la noticia en cuestión. Ese vídeo no tarda en ser transformado por los entusiastas (estos trabajan de gratis) en versión para Twitter o Facebook.

A partir de ahí sería todo cuestión de meter más dinero en la máquina. Al periodista mexicano Alberto Escorcia lo machacaron el año pasado durante una campaña de acoso orquestada en las redes sociales. Una campaña de un mes de duración que alguien pagó y que obligó a Escorcia a abandonar el país y esconderse. En México como todos sabemos, no se andan con bromas y te meten un plomazo por menos de nada. A Escorcia le dieron por todas partes: en Twitter, en Facebook y allá donde publicaba algo. Hacerlo costó 55.000 dólares.

Si se está dispuesto a ir más lejos, a provocar, por ejemplo, una revuelta callejera es todo cuestión de echar gasolina. Las protestas del St. Olaf College de Minnesota el pasado mes de mayo estuvieron provocadas por una noticia falsa. De esto nos enteramos después, entretanto el asunto terminó en los principales medios. Hacer una cosa de estas costaría algo más caro porque hay que poner mucha gente a sueldo: unos 200.000 dólares. Algo perfectamente asumible en una campaña electoral o, no digamos ya, para el crimen organizado.

¿Qué se puede hacer frente a esto? Poco ya que los bulos juegan con nuestra naturaleza innata a confirmar nuestras propias creencias, el llamado sesgo de confirmación. Si estamos en contra de esto o de aquello y vemos como en el timeline de Twitter nos aparece una noticia que lo confirma solemos darla por buena. De hecho hay que realizar un pequeño esfuerzo para no hacerlo. Luego hay otro elemento, a mucha gente no le interesa lo más mínimo la verdad, le interesa quedar por encima y tener razón. Por desgracia el escepticismo es una virtud poco extendida y la honradez menos aún. Pero no perdamos la esperanza. Siempre nos quedará Maldito Bulo y su prima hermana La Buloteca.

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