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Europa, año cero

Durante las dos campañas electorales francesas de esta primavera aconteció algo que no sucedía en Europa desde hace mucho tiempo: la bandera azul de las doce estrellas volvió a verse en los mítines. No era algo oficial, colocado ahí por un funcionario para cumplir un reglamento de banderas, sino fruto de la espontaneidad.

Muchos de los seguidores de Macron se parapetaron tras la desacreditada enseña europea como queriendo conjurar con ella los fantasmas que aleteaban amenazadores por encima de Francia. Buscando algo con lo que contrarrestar la profusión de tricolores se envolvieron en la bandera más caricaturizada de los últimos años.

La Unión Europea no levanta cabeza desde el crack financiero de 2008. Ya antes, con motivo del coitus interruptus constitucional de 2005, había dado un aviso, pero fue a raíz de la gran recesión cuando todas las costuras del traje europeo saltaron dejando a la vista sus miserias y carencias. Luego vinieron las turbulencias y después la crisis de fe en el proyecto europeo. Por eso choca tanto ver hoy a alguien ondear la bandera estrellada por propia voluntad.

Macron, un candidato de diseño, último tren de la Europa de Maastricht antes del colapso, recogió el guante y desde el primer momento hizo suya la idea de recuperar la ilusión perdida. Fue modulando su discurso, haciéndolo cada vez más europeísta, lo que ya de paso le distanciaba de Le Pen y Mélenchon hasta en el aspecto simbólico.

Los golpes que ha encajado la Unión Europea en los últimos diez años han sido muchos y de gran calibre. Empezando por la propia recesión, que castigó con dureza inusitada a los socios meridionales y puso a la moneda única en un tris de desaparecer. Más tarde, con toda la casa revuelta, llegó la crisis de los refugiados, que hizo replantearse el tratado de Schengen, uno de los grandes logros históricos de la UE. Como guinda final al pastel del pesimismo dos conmociones casi simultáneas: la irrupción del terrorismo islamista a gran escala y el Brexit.

La cuestión no era ya determinar si la Unión sobreviviría, sino cuánto tiempo tardaría en implosionar

Hace un año nadie daba un céntimo por la UE, que se disponía a celebrar por todo lo alto su sexagésimo cumpleaños. La celebración se produjo, claro, pero con sordina. La cuestión no era ya determinar si la Unión sobreviviría, sino cuánto tiempo tardaría en implosionar.

Pero no siempre que uno cree que se va a morir, se muere. La UE, asaeteada como un San Sebastián, ha resistido. Cierto que comatosa y exangüe, pero no ha quebrado tal y como se preveía. Contra los pronósticos más derrotistas, de un año a esta parte la historia ha vuelto sonreír al viejo proyecto del 57. Y no es pensamiento ilusorio. Los signos están ahí para quien quiera verlos.

En Alemania Angela Merkel, desahuciada en el verano de 2015, se encamina hacia su cuarta victoria consecutiva en las federales del próximo mes de septiembre. En España los populistas locales no consiguieron salirse con la suya a pesar de que tuvieron dos oportunidades de saltar sobre el poder y aplicar un programa que era esencialmente eurofóbico.

Angela Merkel, desahuciada en el verano de 2015, se encamina hacia su cuarta victoria consecutiva en las federales del próximo mes de septiembre

En Holanda Geert Wilders se estampó contra las legislativas de marzo. En Portugal el Gobierno socialista de António Costa lejos de hacer saltar todo por los aires ha tomado el camino de la sensatez. En Francia Macron ha apeado en marcha a Marine Le Pen, que se había convertido en la diva del renacer nacionalista a escala continental.

Por último, en el Reino Unido se les está empezando a indigestar el Brexit, que hasta la fecha lo único que ha traído es incertidumbre, unas elecciones anticipadas y el resurgir del laborismo más montaraz encarnado en la figura de Jeremy Corbyn.

¿Habría que echar ya las campanas al vuelo? No propiamente. Se ha practicado un arreglo de urgencia y se ha blanqueado la fachada, pero las grietas que hasta ayer amenazaban derrumbe siguen ahí. El euroescepticismo no ha muerto o, al menos, cierto tipo de euroescepticismo constructivo que, estando de acuerdo con todo lo bueno que ha traído la integración europea, aborrece de su monstruosa burocracia, de su abundantísima y farragosa regulación y, sobre todo, de su incapacidad para enfrentar y resolver los problemas reales.

Esa tensión entre el contribuyente y la élite bruselense sigue intacta y puede reactivarse tan pronto como la economía empeore

Problemas reales son, por ejemplo, la insolvencia de un consenso que no genera más que castas de privilegiados, nutridas clientelas y tasas de paro desorbitadas. También son problemas reales la presión que no cesa en las fronteras o la intimidación permanente del islamismo. Este tipo de problemas o se encauzan bien o se enquistan y terminan trayendo de la mano a los Iglesias y las Le Pen.

Esa tensión entre el contribuyente y la élite bruselense sigue intacta y puede reactivarse tan pronto como la economía empeore, o vuelvan los refugiadosde un Oriente Medio más convulso que nunca a rebasar masiva y desordenadamente el limes de levante con la connivencia de los líderes locales.

Los bárbaros siempre están al acecho, los de dentro y los de fuera. Europa no es la Fortaleza Bastiani de la novela de Buzzati. Aquí si hay tártaros. Los de allende la frontera nos pueden parecer terribles, pero los más peligrosos están entre nosotros. La Europa que queremos o, como mínimo, la que conocemos solo podrá sobrevivir si resiste el asalto de los primeros y aniquila a los segundos.

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