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Los sueños del sheriff de Nottingham

Este año los españoles hemos sido afortunados. Trabajaremos para el fisco un día menos que en 2016. El año pasado trabajamos para Montoro y sus adláteres autonómicos hasta el 29 de junio, este año lo hemos hecho hasta el día 28. Algo es algo.

Día arriba, día abajo nada nos quita de trabajar para mantener los cuantiosos gastos de Estado durante aproximadamente medio año. Digo aproximadamente porque en función de la comunidad autónoma en donde tengamos nuestra residencia fiscal le dedicaremos algunos días más o menos. En Cataluña, por ejemplo, seguirán trabajando para “lo público” hasta el próximo 5 de julio. Los riojanos, en cambio, fueron liberados el pasado día 24.

En la Edad Media se extendió por la Europa feudal una modalidad de trabajo llamada corvea, en virtud de la cual los campesinos estaban obligados a trabajar gratuitamente las tierras del señor durante una serie de días cada año. El señor se reservaba trabajos adicionales si así lo estimaba. Si había, por ejemplo, que construir un puente, desbrozar un camino o desecar una ciénaga. A cambio les daba de comer durante los días que durase el tajo.

La corvea se legitimaba sobre el hecho de que la tierra era propiedad del señor y ese trabajo gratuito no era más que un pago en especie. No podía exigírselo en metálico. En la Europa medieval el metal era escaso por lo que la sociedad rural estaba muy desmonetizada. Tan pronto como la moneda empezó a circular de nuevo en la baja Edad Media los señores se pasaron a la modalidad de pago directo y en efectivo, que es menos conflictivo y, sobre todo, mucho más práctico para el que cobra.

El trabajo esclavo (o semiesclavo para el caso) nunca fue demasiado eficiente. Cuando se deslomaban en las tierras del señor los aldeanos comían mucho y trabajaban poco. Lo hacían sin ningún entusiasmo sabedores de que el fruto de su esfuerzo sería para otro. Labraban de manera mecánica y desinteresada. No es casual que en Bohemia a la corvea la llamasen “robota”, que es de donde viene nuestra palabra robot.

Solo en impuestos al trabajo se nos van 138 días al año, es decir, cuatro meses y medio

Nuestra maldición fiscal es similar a la “robota” medieval pero perfeccionada y puesta al día. Parte de idénticos principios. Tenemos que trabajar para el señor feudal (la Agencia Tributaria) a cambio de poder seguir viviendo aquí. Hay, con todo, una diferencia fundamental. Las exacciones sistemáticas de Hacienda por cualquier concepto no se fundamental sobre el hecho de que el país y todo lo que contiene sea suyo. ¿O acaso si? Serlo no lo es pero actúan como si lo fuese. ¿Cómo puede explicarse entonces que dispongan de la mitad o más de todo lo que producimos en un año?

Medio año para el Estado, medio para nosotros

Según un estudio del Think Tank Civismo, solo en impuestos al trabajo se nos van 138 días al año, es decir, cuatro meses y medio. Satisfacer la primera y más gravosa de las corveas contemporáneas nos condena al trabajo esclavo de enero a mayo. Puesto así quizá lo entendamos mejor.

Al pago de IVA debemos dedicarle casi un mes más: 25 días de promedio. El IVA es la alcabala de nuestros antepasados. Pero la alcabala era un 5% de cada transacción. El IVA que padecemos hoy es del 21% y aún nos lo podrían subir al 25% para “armonizar con los países de nuestro entorno”.

Sumémosle once días más dedicados a los impuestos especiales como los de hidrocarburos, alcohol o tabaco, y la propinilla de cinco días de trabajo extra para liquidar los tributos autonómicos y locales como el IBI o el de Sucesiones (allá donde todavía existe), y ya tendremos la cuenta final: 178 días sobre 365, de los que 219 son laborables, que son a fin de cuentas en los que producimos, el resto son vacaciones, feriados y fines de semana.

Resumiendo, ni en el más húmedo de sus sueños, el malvado sheriff de Nottingham hubiera podido imaginar un esquema de saqueo similar.

Esta voracidad, esta hiperfiscalización, desconocida en cualquier otro tiempo pasado, este disponer de la mitad de nuestra hacienda (que es lo mismo que disponer de la mitad de nuestra vida) no tiene más justificación que allegar recursos a un Estado que ha crecido muy por encima de nuestras posibilidades. Tampoco es que nos ponga muy fácil producir ya que todo lo riega de regulaciones que como mínimo desincentivan a producir nada y como máximo lo hacen completamente inviable.

A pesar de todo lo que forzosamente le entregamos, el Estado es un zombi gigantón y atolondrado que flirtea constantemente con la quiebra

Pero, a pesar de todo lo que forzosamente le entregamos, el Estado es un zombi gigantón y atolondrado que flirtea constantemente con la quiebra. Necesita endeudarse todos los años y convertir esos pasivos en impuestos futuros que abonaremos nosotros mismos o nuestros descendientes.

Podríamos argüir que es por justicia social, pero la riqueza no está mejor repartida que hace cuarenta años, cuando los impuestos eran notablemente más bajos. No, no es por justicia social. Eso es como nos lo venden y como muchos lo compran, pero no es la verdad. El terror fiscal se asienta sobre un gran ejercicio de redistribución de riqueza, caprichosa y arbitraria, al gusto de quienes manejan la maquinaria estatal, por el cual miles de millones de euros transitan todos los años de los bolsillos de la parte de la sociedad que produce a los bolsillos de la parte que no produce nada.

El monstruo, como en la novela de Shelley, ha cobrado vida y solo aspira a seguir creciendo

Para que no se advierta el asalto distraen al personal sacándose de la manga un catálogo de servicios que nadie (a excepción de quienes viven de ellos) ha demandado y que, por descontado, presta de manera ineficaz. Pero eso es irrelevante, porque en el camino ha creado intereses muy poderosos.

Los grupos organizados que viven del maná no están dispuestos a disolverse por las buenas. El monstruo, como en la novela de Shelley, ha cobrado vida y solo aspira a seguir creciendo. No hay mucho que pueda hacerse para impedírselo porque el discurso ha calado y el número de beneficiarios de las dádivas estatales es lo suficientemente grande como para paralizar el país. Ese es el drama. Nuestro drama.

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