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60 años, una cámara

Este año ha salido al mercado la esperadísima Leica M10. La anunciaron en enero y ya está en las tiendas a un precio no precisamente popular. Leica hoy por hoy trasciende al mercado meramente fotográfico y entra en el de los artículos de lujo. Estas cámaras alemanas son muy demandadas entre los millonarios asiáticos y las estrellas del celuloide, que posan con ellas en sus cuentas de Instagram. Lo que no está claro es que sepan utilizarlas porque las Leica M son para aficionados con conocimientos. Lo que si hacen es pagarlas al contado y eso propulsa su precio hasta las nubes. Están muy bien hechas, son preciosas, sus objetivos son de una calidad exquisita, pero a cambio hay que pagar una prima por llevar el mítico circulito rojo en el frontal.

Ese circulito es sinónimo de prestigio y el prestigio no se construye de la noche a la mañana. A Leica ser Leica le ha costado cien años, que son los que han pasado desde que un ingeniero que trabajaba para la marca, Oskar Barnack, se le ocurriese crear una cámara que cargaba no una grande y pesada placa fotográfica en su respaldo, sino un rollo de película de 35 mm como la que se empleaba en los rodajes cinematográficos. Eso tenía como consecuencia que la cámara podía miniaturizarse hasta dejarla en un tamaño que cabía cómodamente en el bolsillo. Al parecer Barnack era muy aficionado a la fotografía y le molestaba tener que cargar con las inmanejables cámaras de la época y sus trípodes cada vez que salía a tirar fotos por el campo. Empezó a pensar en el modo de hacer más pequeño aquello e inventó la cámara que cambiaría la fotografía de todo el siglo XX. No es nada extraño, muchos de los inventos más revolucionarios han nacido tratando de solucionar una necesidad individual.

A Barnack al principio no le querían comprar el invento en Leitz, que era como se llamaba Leica en aquel entonces. A sus jefes les parecía poco seria una cámara que cabía en la palma de una mano. Fabricaron un prototipo, lo patentaron y luego dejaron correr la cosa porque estalló la Primera Guerra Mundial. Tras la guerra Barnack continuó ensayando y fabricando nuevos prototipos hasta que en 1925 el dueño de Leica, Ernst Leitz, dio vía libre para que la pasasen a producción. La llamaron Leica por contracción de Leitz Camera. La Leica I fue un éxito de ventas. Calidad profesional en el bolsillo que honraba el lema de Barnack: “pequeños negativos, grandes fotos”.  A ésta le sucedió la II y luego la III, que es con la que los fotógrafos de Magnum como Capa, Taro o Cartier-Bresson fotografiaron la guerra de España.

La competencia de Leica era Zeiss y sus cámaras Contax. En los años 30, de hecho, Zeiss iba por delante de Leica en innovación. A Zeiss le debemos inventos como la montura por bayoneta de los objetivos o el autodisparador, muy útil para largas exposiciones sin transmitir vibraciones a la cámara. Pero la factoría de Zeiss en Jena quedó en el lado soviético tras el hundimiento del III Reich. Los soviéticos saquearon la fábrica de Zeiss y se llevaron la maquinaria y a sus ingenieros a la URSS. Leica tuvo más suerte, su fábrica estaba en Wetzlar, una tranquila ciudad a 50 kilómetros al norte de Fráncfort. Los aliados occidentales no confiscaron nada, al contrario, hicieron todo lo posible para que su parte de Alemania arrancase de nuevo. Por razones humanitarias y también por intereses políticos. Suponían con buen criterio que si Alemania se sumergía en la miseria durante mucho tiempo no tardarían en volver los problemas.

Leica M3: la cámara

Leica se puso manos a la obra y en 1954 presentó la cámara fotográfica más famosa de la historia: la Leica M3. Lo de la M venía dado por Messersucher, que en español significa telémetro. El telémetro era uno de los muchos inventos de Zeiss antes de la guerra que Leica adaptó para sus propias cámaras. La Leica M3 incorporaba también la montura por bayoneta. Hasta entonces las lentes se montaban por rosca lo que impide, por ejemplo, controlar el diafragma desde el cuerpo amén de tener un ajuste menos fiable.

Lo sobresaliente de la M3 era su diseño. Es la máquina de fotos por antonomasia con todos los elementos colocados en su sitio. Rápida de cargar gracias a una abertura inferior donde se introducían los nuevos carretes metálicos (antes el fotógrafo tenía que enrollarlos pacientemente en el cuarto oscuro), y extremadamente práctica de uso con los controles al alcance de los dedos para no despistarse mientras se tomaba la foto. A la M3 le acompañaba el que quizá sea el mejor objetivo de la historia: el Summicron 50mm f2, una joya de la óptica que aún hoy sigue fabricándose en serie con algunas modificaciones menores. Algo tan bien hecho se vendió como rosquillas. Todos los fabricantes del mundo, tanto los europeos como los japoneses que estaban empezando a entrar en el mercado, la copiaron profusamente.

Tras la M3, Leica lanzó la M2 y la M1, alternativas más económicas para un mercado en plena expansión. El crecimiento económico de posguerra posibilitó que la clase media europea pudiese por primera vez tener un automóvil o una lavadora en propiedad, pero también una cámara de fotos. Los recursos que generaba la nueva clientela se invirtieron en mejorar el producto. En 1966 se lanzó la M4 y en 1971 la M5. Para entonces Leica tenía que competir con fabricantes japoneses como Nikon, Olympus o Canon que se habían adueñado del mercado gracias a un variado catálogo de cámaras muy buenas a un precio menor.

Las Leica M cada vez interesaban menos a los aficionados. La empresa en aquel momento pudo haber abandonado como hicieron otras, o haber sacrificado calidad a cambio de mayores ventas. Pero no lo hizo, mantuvo su apuesta sabedora de que, aunque pocos, quedaban todavía fieles a la marca y su filosofía. En 1984 anunciaron la M6, que era completamente mecánica en un tiempo en que la electrónica había tomado al asalto toda la industria. Las japonesas tenían autofoco, modos automáticos y pantallitas LCD junto al disparador. Para hacer todo eso necesitaban una pila. La M6 no. Se estuvo fabricando hasta el año 2002 cuando la empresa lanzó la última de las M analógicas, la M7, ya casi de un modo testimonial y que todavía se puede comprar nueva.

Con la M7 pudo haber concluido toda esta odisea fotográfica. Y a punto estuvo de hacerlo porque la primera M digital, la Leica M8, se hizo mucho de desear. No salió al mercado hasta finales de 2006, cuando ya la fotografía digital se había impuesto y hasta casi diría que estaba a punto de concluir la carrera de los megapíxeles. Equiparon a la M8 con un captor de 10 MP y 27 mm de ancho que no se llevaba demasiado bien con las lentes de la serie, concebidas todas para película de 35mm. Tres años más tarde lo subsanaron encargando a Kodak un sensor que fuese del mismo tamaño que un fotograma de película: 35×24 mm. La M9 tuvo una puesta de largo por todo lo alto en Nueva York con el cantante Seal el día 9 del 9 de 2009. Esos detalles importan para su nueva y selecta clientela.

Como su diseño es básicamente inmortal y sus a usuarios no les urgen especialmente las novedades que año a año van introduciéndose, Leica esperó casi ocho años para anunciar la siguiente, la M10, que es con la que empezamos. Seis décadas fabricando la misma cámara, poniéndola al día en cada nueva iteración pero sin cambiar lo esencial. Aquí están las diez.

 

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1 Comment on 60 años, una cámara

  1. nothingbuttroubles // 03/08/2017 en 15:09 // Responder

    No todos la compran para colgarsela al cuello y presumir en sus cuentas,sin ir mas lejos,ese cantante del que hablas,si que sabe utilizarla.
    Y en todo caso,para que nos vamos a engañar,no todos somos Ansel Adams,pero los parametros a configurar en una cámara,Dios lo sabe,no son tan complejos,son solo tres,cualquier puede fotografiar un postre en un restaurante. :—–)

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