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La guerra de las pancartas

Hace algo menos de dos años, no mucho tiempo después de que los alcaldes (y alcaldesas) del cambio llegasen al poder, amaneció Madrid un buen día con todos los edificios públicos engalanados (es un decir) con unas gigantescas pancartas moradas en las que se leía “Contra las violencias machistas”. Eran pancartas bien trabajadas, de imprenta, hechas a la medida para ajustarse como guantes en las fachadas en que iban a colgarse para contemplación del respetable.

La torturada redacción del eslogan dejaba ver quién había escrito aquello. Violencia en español es un término que lleva el plural incorporado. La violencia, como la ira o la serenidad, es una cualidad y como tal no precisa de número gramatical. Con todo, en aquella campaña nos libramos de que fuesen un paso más allá y trastocasen también el género atizándonos con un “contra los violencios machistos”.

No, no estoy dando ideas. Se les ha ocurrido ya y si no lo han puesto aún es por falta de oportunidad, no de ganas.

Se posicionaba en contra de un tipo muy concreto de violencia, tan concreto que lo han tipificado ellos mismos, dejando a un lado todos los demás

La patada a la gramática era quizá lo más vistoso pero no lo esencial. La pancarta de las “violencias machistas” estaba ahí por su carga ideológica y no por ninguna otra cosa. Se posicionaba en contra de un tipo muy concreto de violencia, tan concreto que lo han tipificado ellos mismos, dejando a un lado todos los demás. Y convendremos en que toda violencia es detestable, ¿o no?

La campañita de las violencias vino precedida por otra, la de los refugiados sirios, que a finales del verano de 2015 se extendió como una mancha de aceite por toda Europa occidental. En este caso nuestros alcaldes (y alcaldesas) se subieron a un carro que ya estaba en marcha y que, por un coste minúsculo, les colocaba en el lado de los buenos.

Se trataba de darles la bienvenida y hacerlo desde las casas consistoriales de todo el país con hermosos carteles redactados en inglés. La elección del idioma no era casual. Los sirios no hablan inglés, hablan árabe en su variedad levantina. Si les iban a dar la bienvenida lo suyo es que se la diesen en su lengua. Pero el mensaje no iba precisamente dirigido a los desdichados que estaban saliendo de Siria con lo puesto.

A Madrid “refugees” lo que se dice “refugees” han llegado pocos, tan pocos que si los contamos con una mano nos sobrarían dedos

En Madrid Manuela Carmena colocó una inmensa pancarta que decía “Refugees Welcome” en lo alto del Palacio de Cibeles, justo entre el ventanal de su despacho y el torreón que corona el espléndido edificio que Antonio Palacios diseñó hace un siglo para servir de sede central a Correos.

A Madrid “refugees” lo que se dice “refugees” han llegado pocos, tan pocos que si los contamos con una mano nos sobrarían dedos. No por nada en especial. Madrid está en la otra punta de Europa, los refugiados sirios no conocen nuestro idioma y hay otros países como Alemania donde las oportunidades de empleo (y de trincar subsidio) son mayores.

Pues bien, a pesar de todo lo anterior, la pancarta se ha pasado cerca de dos años colgada en el corazón de la ciudad sobre la fachada de uno de sus edificios más emblemáticos. Aquello era, una vez más, una afirmación ideológica, un “nosotros estamos a favor de que vengan refugiados y vosotros no, pero como los que mandamos somos nosotros os lo coméis”.

Algo similar sucede todos los años con motivo de las festividades del orgullo gay. Este año con más ahínco si cabe porque se celebraba en la capital el World Pride, lo que provocó que no quedase un solo edificio público en Madrid sin su preceptiva dotación de banderas arcoíris.

El hecho es que, por muy acostumbrados que estemos a verlo, la exhibición de mensajes político-ideológicos desde los edificios públicos es algo propio de las dictaduras. En las dictaduras, en todas sin importar su signo, reina el más impenetrable consenso, que no es otro que el que impone el dictador y su camarilla.

En 1964, cuando se conmemoró el primer cuarto de siglo de régimen franquista, el Gobierno tapizó toda España con pancartas y vallas publicitarias que repetían idéntico mantra: “25 años de paz”. Ese consenso impuesto no tardó en trasladarse a la calle y muchos comerciantes, para no quedar fuera de la manada y congraciarse con el gobernador civil, llenaron sus escaparates de banderitas, retratos de Franco y cartelones que atestiguaban su inquebrantable adhesión al régimen.

La cuestión, y esto es algo en lo que casi nadie parece caer, es que entre los cometidos de la administración no figura decirnos lo que debemos pensar por muy noble que sea la causa. Esto, naturalmente, es extensible a todo tipo de campañas político-pancarteras auspiciadas por las administraciones públicas.

Entre los cometidos de la administración no figura decirnos lo que debemos pensar por muy noble que sea la causa

Simplemente no es su misión. No está ahí para eso. El Estado en sus diferentes escalones administrativos no está para dar la bienvenida a los peregrinos que vienen a ver al Papa, ni para decirnos que hagamos más ejercicio y comamos menos hamburguesas, ni para pedirnos que nos acordemos de las víctimas del terrorismo.

De las víctimas ya nos acordamos todas las personas de bien y les rendimos el respeto que se merecen sin que ningún político tenga que recordárnoslo. Porque al político le importan un bledo los refugiados, los derechos de los homosexuales o las víctimas del terrorismo. Al político solo le interesa seguir mandando y viviendo a nuestra costa. Nada más. Y nada menos.

Para hacerlo sin que se note demasiado, y ya de paso hacerse perdonar los muchos pecados que comete en el ejercicio de su cargo, necesita ingenieros de almas que nos digan qué tenemos que pensar, cómo tenemos que sentirnos, qué causa defender como nuestra y qué causa estimar como repudiable.

El sendero luminoso lo marca ahora el Palacio de la Cibeles, o el de la Generalidad, o la última y más remota concejalía de una insignificante ciudad de provincias

En esta ingeniería espiritual las pancartas sobre los edificios públicos cumplen la misma función que los omnipresentes murales de la China maoísta, ahítos de retórica hueca y consensos a la medida del poder.

El Estado como religión de sustitución en pocos asuntos se muestra más a las claras. El sendero luminoso lo marca ahora el Palacio de la Cibeles, o el de la Generalidad, o la última y más remota concejalía de una insignificante ciudad de provincias. Ellos son los amos, los fabricantes del mensaje. A nosotros solo nos queda acarrearlo a la espalda.

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