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Miseria, propaganda y aislamiento

El chavismo es un régimen relativamente joven. Tiene poco más de quince años de vida, los que tenía el castrismo allá por 1975. Pero, a diferencia de la dictadura de sus padrinos, que se benefició de la protección de la Unión Soviética durante 30 años, el chavismo es hoy un régimen agotado. Y no, como suele decirse ahora que todo está a punto de acabar, por la incapacidad manifiesta de Maduro, sino por un cúmulo de razones que, todas juntas, condenaban al llamado socialismo del siglo XXI. Su fundador murió antes de tiempo, dependía solo de Venezuela, el entorno internacional no era tan favorable para los experimentos como el de los años 50 y, por último, Venezuela no es una isla.

En cierto modo el chavismo estaba condenado a muerte desde el principio. En su mejor momento, allá por 2005-2008, tenía que comprar a los aliados mediante dádivas y petróleo con descuento o financiando las campañas electorales de los candidatos afines. Era una inmensa estafa ideológica cuyo único soporte en el mundo real era la producción petrolera venezolana.

Tan pronto como en 2009 empezó a perder aliados. Aquel año el Congreso Nacional (y el Tribunal Supremo) de Honduras sacó de la presidencia a Manuel Zelaya, precisamente porque quería celebrar un referéndum constituyente. Años después, en 2012, cayó el paraguayo Fernando Lugo, destituido por la Cámara de Diputados tras un juicio político. En 2015 perdió a su principal aliado, la Argentina de los Kirchner. Eso ya no lo vio Chávez y le tocó a Maduro comerse el sapo. Al año siguiente llegaría la destitución de Dilma Rousseff por el Senado y hace unas semanas la condena a Lula da Silva.

En las últimas cumbres Iberoamericanas, o del Mercosur, o de la OEA el líder de la revolución bolivariana era ya un zombi bamboleante que se daba contra las paredes. A día de hoy solo le queda un amigo de verdad: la Bolivia de Evo Morales, cuya importancia y peso internacional es muy reducido. Eso y su protector, cuando no directamente su amo, la Cuba de Raúl Castro. Los Gobiernos de Nicaragua y El Salvador también le apoyan, pero más de boquilla que otra cosa y Ecuador hace tiempo que se bajó del barco.

El socialismo del siglo XXI ha naufragado como todos los socialismos que le precedieron. Era inevitable. Las ideas que con tanta convicción exhibía Chávez por televisión en su programa semanal, o en los mítines, o incluso ante la Asamblea General de Naciones Unidas eran todas descabelladas y ya habían fracasado antes.

Socializar los medios de producción, planificar la economía y dejar todo en manos de una ineficiente y corrupta burocracia de partido termina siempre en inflación, escasez y miseria. Una vez han llegado, esa tripleta de calamidades solo puede gestionarse con mano dura y copando las instituciones para que nadie proteste o el que lo haga lo pague caro.

Mientras se consumaba el saqueo y el petróleo se mantuvo por encima de los 100 dólares/barril nadie notó nada. Dentro se aplacaba a la masa con subsidios, programas sociales y una sobredosis de patriotismo. Fuera se compraba a los aliados para luego mostrar músculo diplomático en los foros internacionales.

Pero todo era autoengaño. El sistema, errado en sus fundamentos, todo lo más que trajo fue la entronización de una casta de indeseables que se sabían impunes y que son, en última instancia, los que ahora se aferran al poder con uñas y dientes. No tienen otra elección. Más allá de Miraflores está la nada o, peor aún, un tribunal penal.

Que todas las juntas del invento hayan saltado a la vez tampoco es extraño. En 1988 Erich Honecker o Nicolae Ceaucescu eran respetados líderes internacionales. Dos años más tarde uno había sido fusilado tras un juicio sumario y el otro estaba refugiado en la embajada chilena en Moscú esperando la extradición a la Alemania reunificada. Los regímenes socialistas pasan a menudo del aplauso al oprobio en muy poco tiempo. El de Nicolás Maduro ha entrado de lleno ya en esta última fase, caracterizada por el aislamiento y el rechazo generalizado.

Si rebuscamos en la historia de Venezuela nos encontramos con un caso no igual pero en algunos puntos similar. En 1957 el presidente Marcos Pérez Jiménez convocó un plebiscito no previsto en la Constitución (la del 53) para que el pueblo aprobase su gestión y le permitiese quedarse en el Gobierno. El plebiscito lo superó sin demasiados problemas, pero unas semanas más tarde tuvo que salir huyendo del país porque le dieron un golpe de Estado. Pérez Jiménez era más popular en 1957 que Maduro en 2017. Gozaba, además, de buen nombre en el extranjero. Pero ha pasado a la historia como un execrable dictador que murió en el exilio solo y olvidado por todos décadas después.

Los chavistas, al menos los teóricos del régimen, conocen la historia de Pérez Jiménez. Conocen también la de Honecker y Ceaucescu, pero ciertas cosas no se pueden elegir. Su tiempo ha acabado y lo más que pueden hacer es concederse una prórroga especialmente sangrienta. En ello están.

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2 Comments on Miseria, propaganda y aislamiento

  1. De verdad, Fernando, que a veces no sé de dónde sacas tus fuentes de información

    Yo sólo he oído en Venezuela maravillas de Pérez Jiménez como el único que de verdad amaba Venezuela e hizo obras públicas y se ocupó del país y no robaba, y que por eso la oligarquía corrupta que luego gobernó el país hasta Chávez lo derrocó (que no democracia)

    Saludos

  2. Cuando en el 2014, Antonio, y en el 2015, Leopoldo, quedaron en manos de la justicia venezolana, hubo alguna duda sobre si se trataba de procesos políticos y sobre si la justicia sería imparcial. Cuando de madrugada han llamado a la sus casas, y no era el lechero sino los secuaces de Nicolás, para encarcelarles, no hay duda alguna sobre el carácter dictatorial del desafuero.
    Si en Venezuela hubiera de manera generalizada: alimentos, medicinas, energía, libertad y justicia, Nicolás nada debiera temer, pero el caso es que actúa como si temiera algo. Oye un tic tac como un susurro, intuyendo de qué se trata y negando que es un clamor.
    Un cordial saludo.

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