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El despertar de la máquina

Los taxistas volvieron a hacer huelga esta semana. Los problemas del sector del taxi no son más que la punta del iceberg, la parte visible, de un fenómeno mucho más profundo que, nos guste o no, poco a poco irá emergiendo. Y no hablo ya de economía colaborativa, ese futuro que ya es presente y que afecta de lleno a sectores como el hotelero, el del reparto o el del alquiler de coches.

La llamada economía colaborativa ha supuesto el primer paso de un cambio más intenso y disruptivo. Hasta hace no mucho si queríamos desplazarnos de A a B dentro de una ciudad en vehículo privado con conductor lo hacíamos en taxi… o lo hacíamos en taxi. No había muchas más opciones. Ídem si queríamos alojarnos una noche en el centro de una ciudad. El hotel era casi la única posibilidad. Entonces aparecieron en nuestras vidas aplicaciones como Cabify o Airbnb, que ofrecían lo mismo no sé si a menor precio pero si con mucha más variedad de elección.

La iTunes Store o Spotify vinieron a ocupar el espacio de las antiguas tiendas de discos, que hace no tantos años abundaban por las ciudades

La diferencia vino a ponerla la plataforma digital que enlazaba a demandantes y ofertantes del servicio. Era algo revolucionario y cargado de utilidad. Lo colaborativo resultó que también era más económico y sostenible, ya que aprovecha al máximo los excedentes de capacidad que hasta ese momento habían permanecido ociosos. Y no por capricho de sus dueños, sino porque las maneras de poner en el mercado un trayecto de vacío en un coche o un apartamento desocupado eran poco prácticas y, por lo general, precisaban de un intermediario.

La plataforma, léase Uber, Airbnb o Deliveroo, se ha limitado a desintermediar abaratando los costes y universalizando el servicio. Algo similar a lo que sucedió durante la década pasada con la industria musical, con la de las agencias de viaje o con el periodismo.

La iTunes Store o Spotify vinieron a ocupar el espacio de las antiguas tiendas de discos, que hace no tantos años abundaban por las ciudades. No muchos, pero si los suficientes como para que los más jóvenes no se acuerden de ellas. Hoy apenas queda un puñado en las principales capitales, especializadas todas en vinilos y otras rarezas.

La digitalización, es decir, la desintermediación ha obligado a reconvertirse a sectores enteros en un proceso doloroso –y en ocasiones traumático– pero inevitable

De los periódicos, en fin, qué decir que no se sepa. La irrupción de los digitales, los blogs y las redes sociales ha multiplicado por varios dígitos la cantidad y calidad de información disponible. Se publica en un día mucho más de lo que podríamos leer en toda una vida. La abundancia nunca fue mala.

La digitalización, es decir, la desintermediación ha obligado a reconvertirse a sectores enteros en un proceso doloroso –y en ocasiones traumático– pero inevitable para quienes prestaban sus servicios en esos sectores. Era solo cuestión de tiempo que esto saltase a otros ámbitos y los pusiese patas arriba. En ese momento nos encontramos ahora.

Podría culparse a la tecnología, pero la tecnología per se no destruye empleos; destruye, en todo caso, tareas. Esto es así desde que a un antepasado muy lejano se le ocurrió emplear una herramienta para hurgar en la madriguera de una liebre en lugar de hacerlo con las manos. Desde ese momento todo ha sido avance tecnológico. A veces más rápido y otras más lento pero siempre hacia delante. Rara vez se olvida una tecnología una vez alcanzada.

Hasta hace siglo y medio los utensilios metálicos eran caros y escasos porque provenían de la artesanía. La revolución siderúrgica de mediado el siglo XIX los hizo accesibles a todo el mundo. Los herreros de los pueblos, eso sí, tuvieron que reciclarse o buscarse otro empleo. Lo mismo podríamos decir de las hilanderas o de los cajeros de las sucursales bancarias. Ambos empleos fueron sustituidos por máquinas. No por ello el sector textil o el bancario dejaron de crear empleo. Simplemente crearon otro tipo de empleo.

Como la inventiva humana es virtualmente inagotable la historia no se va a detener aquí, en nuestros días. Siempre que podamos eliminar una tarea lo haremos. Al hacerlo unas veces surgirán otras nuevas tareas asociadas y otras veces no. Lo que no haremos es renunciar al avance, de hecho, cuanto más penosa o costosa es la tarea a eliminar con más pasión abrazaremos la nueva tecnología.

Los robots ya están entre nosotros desde hace mucho tiempo. ¿Qué es sino un lavaplatos o una máquina expendedora de bebidas?

¿Qué es, entonces, lo siguiente que se nos viene encima? No lo sabemos pero los entendidos dicen que la robótica. Una predicción futurista, sin duda, pero lo cierto es que los robots ya están entre nosotros desde hace mucho tiempo. Vale, en una fase muy embrionaria pero, ¿qué es sino un lavaplatos o una máquina expendedora de bebidas? No tienen la apariencia ni el sex appeal de los androides de Star Wars, pero en ambos casos se trata de máquinas más o menos autónomas que efectúan una tarea que antes realizaban seres humanos. Lavar los platos o despachar botellas de agua se puede hacer manualmente pero a un coste mayor y empleando más tiempo, es decir, de una manera más ineficiente.

Un lavaplatos es un robot sencillo, tan solo necesita corriente eléctrica, agua caliente a presión y el diseño adecuado. Sencillo no quiere decir menor. Nuestras bisabuelas hubiesen dado cualquier cosa por tener uno en casa. Sencillo en el sentido de que solo puede realizar una tarea no excesivamente complicada.

Imaginemos que, en lugar de saber lavar platos, supiese conducir, llevarnos de un sitio a otro tan solo con ordenárselo. Conducir es una labor compleja por eso los coches robotizados –más conocidos como autónomos– eran pura ciencia ficción hasta hace muy poco. Hoy son una realidad. La conducción autónoma está madura y es viable económicamente. Las grandes empresas del sector lo saben y experimentan con ellos desde hace años.

La tarea de conducir simplemente desaparecerá o lo hará en gran medida

Es, por lo tanto, cuestión de tiempo que empiecen a rodar por las calles. Faltan por pulir algunos aspectos técnicos y, sobre todo, crear las regulaciones pertinentes, pero es inevitable. En ese momento se dará el segundo paso que, al menos en lo referente a la conducción, dejará a Uber, a Cabify y a otras aplicaciones colaborativas en la prehistoria.

La tarea de conducir simplemente desaparecerá o lo hará en gran medida, porque siempre quedará el que prefiera llevar los mandos personalmente o cambiar impresiones con el conductor, del mismo modo que sigue habiendo gente que prefiere el vinilo al Mp3 o pasear en calesa a hacerlo en taxi.

Si no lo hemos hecho ya, quizá ha llegado el momento de que asumamos que no es una elección, es nuestra naturaleza. Siempre fue así y siempre lo será. Al menos mientras sigamos siendo humanos.

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