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Indigno pero no extraño

El desenlace de las regionales venezolanas era previsible para que nos vamos a engañar. Nacieron con mala estrella. Debieron haberse celebrado hace casi un año, pero Maduro no quiso. La presidenta del CNE, Tibisay Lucena, dijo que el aplazamiento era debido a la “guerra económica”, pero la razón era otra, el índice de popularidad del presidente estaba por los suelos y no quería enfrentarse a un batacazo como el del año anterior. Si dejaba correr el tiempo la cosa quizá se arreglaría, así es como lo interpretó casi todo el mundo, pero no, no fue eso. El motivo era que que el régimen ya había pergeñado el golpe de Estado del mes de julio, la dilución de la Asamblea Nacional en esa nueva asamblea constituyente formada a principios de agosto. Querían que los comicios se hiciesen después de esa jugada, nunca antes.

La asamblea constituyente no la reconoce casi nadie, ni en el exterior ni dentro de Venezuela, pero ya ha empezado a decidir cosas. Nada más formarse confirmó a Maduro en la presidencia. Unas semanas después se adueñó por las buenas de una serie de competencias de la Asamblea Nacional. El resultado es que hoy hay dos poderes legislativos que conviven. Es difícil de entender, lo sé, pero es así. Aunque quizá no sea apropiado llamarles poderes porque en Venezuela poder sólo hay uno: el de Nicolás Maduro. El resto o son comparsas del presidente o instituciones maniatadas e inoperantes como la Asamblea Nacional.

Así las cosas, lo de las elecciones regionales era lo que parecía: una estafa, la enésima del chavismo, un maxifraude desvergonzado que ciega definitivamente la vía electoral para los críticos con el régimen. Venezuela es ya propiamente una república popular con hechuras muy similares a las que había en la Europa del este durante la guerra fría. Una dictadura a la que le queda alguna tarea pendiente como cerrar la Asamblea Nacional o proscribir definitivamente a los partidos opositores. Le falta también fabricarse una oposición a la medida como hicieron los comunistas de la RDA. Allí lo llamaron “Frente Nacional” (Nationale Front der Deutschen Demokratischen Republik). estaba formado por el SED (Partido Socialista Unificado) y por una versión domesticada de los partidos alemanes tradicionales: el CDU, el Partido Liberal Democrático y el Partido Agrario. Pero el que mandaba era el SED.

Algo así terminará pasando en Venezuela, y sino al tiempo. Podríamos pensar que el Gobierno (e incluso la persona) de Maduro no es popular, pero Ulbricht o Honecker en la RDA tampoco lo eran. Ni lo necesitaban. Contaban con un férreo control de la sociedad y habían creado una clientela lo suficientemente numerosa como para que este control se ejerciese de manera muy eficiente. En sus mejores momentos la Stasi llegó a contar con casi 300.000 empleados entre funcionarios del ministerio e informantes. Estamos hablando del 2% de la sociedad. Si un Estado como el español contase con un servicio similar necesitaría poner en nómina a cerca de un millón de personas y dedicarlas sólo a eso.

El número de informantes no era casual. Observaron cuántos perros hacen falta para vigilar un rebaño de ovejas. Concluyeron que el número ideal era un perro por cada 50 ovejas, es decir, el 2%. Esta idea se la llevó Raúl Castro, rendido admirador de la RDA, a Cuba y décadas después saltó a Venezuela. Podríamos decir que hoy los venezolanos disfrutan de tecnología alemana, pero de la de peor especie. En Venezuela aún no han llegado a eso. A los opositores aún les queda algo de voz que poco a poco irán apagando desde arriba, tan pronto como la asamblea nacional constituyente alcance su objetivo de dotar a la república de una nueva constitución, esta vez ya de tipo totalitario, que camuflarán arteramente tras una gruesa cortina de verborrea populista.

¿Qué salidas le quedan hoy a los venezolanos que no pasen por la emigración masiva o por la violencia? Sinceramente, pocas, muy pocas. Pero la esperanza es lo último que se pierde. De entrada deben recuperar cuanto antes la iniciativa que llevaron brevemente entre los meses de abril y agosto. Fue entonces cuando el régimen se rearmó y le dio la vuelta a la situación. Desde la consumación del golpe Miraflores ha marcado el ritmo. Lo ha hecho con el concurso voluntario de algunos opositores, que todavía creían que se podría repetir la gesta de diciembre de 2015 y hacerse con casi todas las gobernaciones regionales. Era una quimera. El chavismo es perito en adulterar elecciones a su antojo. En estas últimas llevaron ese arte a una categoría superior.

El régimen cambió en el último minuto 300 centros de votación, inhabilitó a algunos candidatos por puro capricho y en muchos sitios se sacó a apoderados de la oposición de los centros sin que pudiesen verificar el conteo. Además de eso no hubo observadores internacionales de carácter independiente. Y, sobre todo, aplicando el sentido común, es imposible que el régimen haya recibido semejante apoyo cuando sus índices de aprobación llevan años por suelos y sólo tres meses después del ciclo de protestas callejeras más largo e intenso de la historia de Venezuela. Antes las numerosas quejas recibidas desde el exterior Maduro se ha ofrecido a realizar un recuento, pero sólo si lo efectúa la asamblea constituyente, un organismo de legitimidad cuando menos cuestionable.

A la oposición le queda mantener la calma y no volver a alcanzar un solo acuerdo con el régimen, lo que se traduce en no volver a participar en ninguno de sus circos. Una plataforma opositora numerosa y con presencia continua en la calle es quizá la única salida posible. Tienen lo que no tenían hace dos años: al mundo de su lado y a una dictadura que se ha quitado la careta.

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1 Comment on Indigno pero no extraño

  1. La oposición venezolana le ha quitado al “madurismo” toda su legitimidad: ha demostrado que no tiene a todo un pueblo detrás apoyándole, ha demostrado que no es un benefactor de prosperidad y derechos, sino, al contrario, que es promotor de miseria y represor de libertades, ha conseguido su repudio internacional y que carezcan de legitimidad democrática sus fraudes electorales. Lo que no ha conseguido la oposición es el poder, pues este en última instancia radica en las armas y la voluntad de ejercerlo. Nicolás, con la policía, los paramilitares, el ejército y la administración, más su voluntad represora y legisladora, piensa alargar la agonía venezolana sine die, pues asume que ningún extranjero se inmiscuirá jamás y que sus perros le serán siempre fieles. Elevada apuesta.
    Un cordial saludo.

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