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Emilia Landaluce: “Me parece menos telebasura Sálvame que La Sexta Noche”

Lo mismo hace una columna política, que una crónica rosa o una deportiva, que un reportaje de calle, que una entrevista larga, sesuda y documentada, que una novela histórica, con la particularidad de que todo lo hace bien y la garantía de que nunca, nunca, nunca -pero nunca- agredirá al lector con un topicazo del tipo, qué sé yo, “líneas rojas” (con lo fácil que es escribir “límites”).

Va ya para nueve meses que cerró Embassy, aquel salón de té de Castellana 12.
La campaña para evitar el cierre, que lanzamos Peyró y yo, la lanzamos un poco en broma, un poco en serio. Un poco en broma porque no nos esperábamos que hiciera tanto ruido. Y un poco en serio porque algunas cosas hay que protegerlas. Embassy, por ejemplo. O Horcher, adonde me he propuesto ir una vez cada dos meses.

¿Pero Horcher va a cerrar o qué?
¡No! No, sobre todo, por el buen trabajo que está haciendo Elisabeth Horcher. Pero si cerrara -¡Dios no lo quiera!-, entonces sí que levantaría una barricada y me encadenaría a sus puertas.

Nada de eso hizo cuando cerró el ZJ, aquel bar de Chamartín siempre abierto, cuentan, hasta el amanecer.
La verdad, con todo el dinero que me dejé allí, más no pude hacer.

¿Tan caro era?
Dependía de la hora a la que fueses y de las copas que llevaras encima (estoy segura, aunque ahora no lo recuerde, de que te hacían soplar antes de entrar). Según eso, un caldo podía costarte cinco euros o veinticinco; era un poco como la bolsa.

¿Usted a qué hora iba?
A la hora en que costaba veinticinco. Pero, ya digo, me acuerdo de tan poco… De lo que sí me acuerdo es de que una noche cené allí tres veces: una antes de un concierto, otra después y la tercera a las seis de la mañana.

Oponerse a todos esos cierres, ¿no es oponerse a lo inevitable?
Donde antes estaba Embassy, ahora abrirán un Decathlon o un Ikea de esos de ciudad. Y supongo que sí, que nada puede hacerse. Ahora bien, cuando digo que hay que conservar algunas cosas, no lo digo porque sea una carca, que no lo soy.

¿En qué sentido lo dice entonces?
Un poco en broma, como cuando afirmo que me gustaría ver al Rey paseándose con corona y manto de armiño y matando elefantes, o digo ser preconciliar.

¿Preconciliar? ¿Usted? No la tenía por mujer religiosa.
Soy superatea. Pero de lo que hablo es de carácter, de estética, de símbolos, de cosas bien hechas. Yo, a la Iglesia, le doy el dinero que sea para restaurar su patrimonio, no para que se lo repartan cuatro tíos en vaqueros, de los que cantan en el coro de una parroquia, tocan la guitarra y dan la mano blanda.

En cuanto a la corona…
Digamos que no creo en una monarquía clasemediera.

¿Y no van por ahí los esfuerzos de la institución, con la Ley de Transparencia, por ejemplo?
Esa ley a lo que parece limitarse es que a la reina se ponga, de vez en cuando, alguna transparencia. Porque, en cuanto a los gastos, seguimos sin saber a lo que ascienden; sabíamos incluso más en la época final del reinado de Juan Carlos.

Época final en la que el emérito pronunció la frase aquella: “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir”.
Sería populista quedarse solo con esa frase de don Juan Carlos. Lo mismo que con esa otra de “hablando se entiende la gente” que le dijo a Benach, el de ERC.

¿Es juancarlista?
Ni juancarlista ni sospechosa de serlo.

¿Felipista entonces?
Tampoco. Soy monárquica. Pero no una monárquica pura, sino accidentalista, por aquello de que la corona hoy es lo único que puede funcionar.

¿Larga vida al rey entonces?
Bueno, en estos tiempos de exposición mediática permanente, todas las monarquías en Europa van a tener difícil la supervivencia.

¿Por?
Por la cercanía con el público, un filtro que a duras penas nadie pasa.

Sin embargo, hay ocasiones en las que la gente parece pedir a gritos que su rey se manifieste, como recientemente con lo de Cataluña. Vio el discurso, claro.
Lo vi con mi madre, porque, ¿sabe?, en casa somos muy de que nos gusta ver al rey en familia y todas esas cosas. Recuerdo que estaba de bajón y que el discurso supuso un subidón.

¿Y eso?
De bajón porque venía de leer la prensa internacional de esos días, en la que a los que estábamos de parte de la legalidad se nos llamaba franquistas y no sé cuántas cosas más. Y subidón por la defensa que hizo el rey de esa misma legalidad. ¿La verdad? Me esperaba un discurso políticamente correcto.

Fue, más bien, lo contrario.
Diría que su defensa de la ley por encima del capricho, de la arbitrariedad, fue casi republicana.

A propósito, ¿dónde estuvo usted el 1-O?
En Gerona, territorio comanche, un lugar donde el Estado hace muchos años dejó de existir y en el que si dices que eres periodista de El Mundo, te miran como si fueras nazi o tuvieses rabo y cuernos.

No era esa la primera vez que su periódico la enviaba a informar sobre el prusés desde el terreno.
No. Y cualquiera que lleve años cubriendo Cataluña sabía que iba a pasar lo que ha pasado, o algo parecido. El otro día, por ejemplo, encontré un artículo de Cayetana Álvarez de Toledo que valía para hoy.

O sea, que la fractura social ya estaba allí.
Y no solo la fractura social. También el adoctrinamiento en las escuelas, y cómo se margina lo español, y la manipulación de la gente, y la paranoia colectiva…

Hoy hay, sin embargo, un elemento que antes no se daba.
La reacción de los españoles.

¿Por qué esa reacción?
Porque después de quinientos años de historia común, los españoles sienten Cataluña como propia y no quieren que se la quiten. Bueno, eso y cierto hastío también.

Reacción y hastío que salieron a las calles de Barcelona el 8-O: usted estuvo allí también.
Y con el mismo respeto y admiración a Sociedad Civil Catalana con el que digo que fue un éxito de convocatoria, digo también que fue un caos de organización. Vargas Llosa, por ejemplo, llegó a la tribuna de oradores de milagro, teniendo que abrirse paso entre la gente, a lo largo de un kilómetro, ¡a su edad!

De haberse tratado de una diada…
… a la actriz de turno le hubieran llevado al escenario en volandas. Porque en las diadas todo está muy organizadito, con puestos con tentempiés, camisetas y huchas para Mas o Puchi (según toque), y radios y televisiones retransmitiendo en directo, y voluntarios que te dicen dónde colocarte para, cuando pase el helicóptero, expandirse y parecer que hay más gente. Y sin embargo…

¿Sin embargo…?
Me quedo con la espontaneidad del 8-O. De ese día y, en general, con la espontaneidad en cualquier cosa que vaya de sentimientos o reacciones.

¿Por qué?
Porque la planificación, y más la planificación desde arriba, no tiene como resultado nada bueno. Lo vemos en el nacionalismo y, en concreto, en las diadas, que terminan pareciendo uno de esos murales de la ONU, tan artificiales, con el tío de la Casa de Extremadura subiendo al escenario y hablando en castellano, y luego una mujer, y un árabe, y un rumano, y un indio… O peor que un mural de la ONU: las diadas parecen coros y danzas organizados por Kim Jong-un.

Hay quien va más atrás en el tiempo y las compara con los congresos del Partido Nazi en Nuremberg.
Pero eso tenía un poder estético y evocador, una solemnidad, que esto ni siquiera tiene. Porque qué decir del acto de cierre de campaña del referéndum ilegal, con unos meapilas cantando “¡votarem, votarem!” con la música del Himno de la Alegría. Lo que demuestra que lo peor de los nacionalistas no solo es su afán por planificarlo todo, sino también lo cursis que son.

¿Y eso, lo cursi, es exclusivo de los nacionalistas?
La cursilería es populismo (ahí le he dado un titular, ¿eh?). La cursilería es populismo, digo, y el populismo está en todos los partidos, incluidos PP y Ciudadanos. O sea, que no es exclusivo de los nacionalistas, sino que está bastante extendido, lo cursi.

¿La razón?
Lo fácil que resulta. Porque lo difícil es hablar de cosas profundas sin ser cursi. Por eso escribo con cinismo, por el pudor que me daría serlo, incluso parecerlo.

Ya lo advirtió en un artículo suyo titulado “Cazadores y toreros”.
Es que los cazadores, cuando escriben de caza, son muy cursis.

Hay, sin embargo, libros de caza muy bien escritos, y por cazadores: Solitario, El mundo de Juan Lobón…
Sí, pero no son esos los escritores que yo digo. A los que me refiero son aquellos que piensan que llevan un Turguénev dentro, y se largan unos rollos insoportables en revistas o en discursos, utilizando palabras que solo ellos entienden, como, de repente, sopié.

Usted, sin embargo, sí sabe qué significa eso.
Porque he crecido en el campo, en una familia cazadora, aunque no crea que contar esto venga mucho al caso.

Sí en el sentido de que la caza no le es ajena, como tampoco lo son los toros.
Son para mí una cosa muy normal, por más que, éticamente, cada vez menos gente los comprenda.

Cambiemos de tema. ¿Qué le parece si hablamos, no sé, de deportes?
Me encantan los deportes. Ahora que lo pienso, me resulta difícil encontrar algo que no me guste.

¿El mundo del corazón también?
Llevo muchos años haciendo crónica rosa. Tengo una columna en el suplemento LOC de El Mundo en la que cada vez que hablo de un político, al día siguiente me llaman para agradecérmelo o ponerme verde.

En usted se da la circunstancia de que puede escribir una historia sobre Maíllo y Aída Nízar y, el mismo día, y en las mismas páginas, publicar una entrevista, por ejemplo, con María Elvira Roca Barea, Carlos García Gual o Iván Vélez.
En periodismo, cualquier cosa, si se hace bien, dignifica. Todo depende de la seriedad con la que te tomes tu trabajo. Es como un mecánico al que llevan al taller un Mercedes nuevo y un Opel Corsa de segunda mano; tendrá que hacer andar a los dos, ¿no? Pues nosotros lo mismo. No podemos despreciar una cosa por otra, sino que nuestra obligación es mantener altos los estándares.

¿Es eso posible?
De las mejores crónicas que he leído en mi vida es una sobre la princesa Soraya, esperando, despechada, a su amante en Marbella. La crónica es de Claude Lanzmann, director de Shoa, un documental de diez horas sobre el holocausto.

Cuéntelo todo esto a los puristas.
A mí, qué quiere que le diga, me parece menos telebasura Sálvame que La Sexta Noche.

La Sexta, por cierto, estrena programa, ¿Dónde estabas entonces?, el cual ignoro si va de memoria histórica, asunto este, en cualquier caso, sobre el que sí quería preguntarle.
La ley de Zapatero no hizo sino desenterrar unos conflictos entre españoles que, si no teníamos sanados, sí teníamos, en cambio, olvidados.

Ya puestos, ¿le parece si los recordamos?
Bueno, por un lado, la II República, a partir de la victoria del Frente Popular, no es la democracia que nos quieren hacer creer algunos. Pero si a Calvo Sotelo lo asesinaron escoltas de uno de los partidos en el Gobierno, el PSOE, ¡y porque no habían encontrado a Gil Robles!

Eso de un lado. ¿Del otro?
La represión, durísima, que siguió a la victoria de Franco, algo que no se puede negar, como no se le puede negar a nadie saber dónde está enterrado su padre o su abuelo.

Para eso, en principio, se hizo la Ley de Memoria Histórica. ¿Qué falló?
Que la búsqueda de restos no la llevó a cabo el Gobierno, sino asociaciones que utilizaron la memoria como instrumento de rencor, lo cual es muy peligroso, pues agría el presente. Porque con la historia, en ocasiones, o pasas página o tienes un problema. Lo que no se puede es estar constantemente aludiendo a ella.

Tampoco negarla.
Por supuesto que no. Lo que digo es que no podemos estar permanentemente hablando de Wifredo El Velloso, ni de 1640, ni de Felipe V, ni del 34, ni del 36, ni del 78… Porque es una pérdida de tiempo, con la cantidad de cosas de las que hay que hablar, mucho más importantes. La historia, sobre todo, debería servir para entender a los otros.

¿Y para escribir novelas? Lo digo porque usted ha escrito una, Jacobo Alba.
También hice de negro de Francis Franco para el libro sobre su abuelo.

¿Qué tal la experiencia?
Oh, muy interesante; aprendí mucho.

¿De quién, de Francis, de su abuelo, o de la historia?
De Franco. Pero como hubiera podido aprender de cualquier otra persona.

Está bien la precisión, porque ya veía a alguno tachándola de franquista.
Bueno, Hitler daba de comer a su perro y Stalin era muy cariñoso con su hija, a la que llamaba Gorrioncito.

Y, efectivamente, recordar eso no hace de uno un nazi o un comunista, como no hace de uno un franquista…
… reconocer que Franco era una persona inteligentísima. Yo es que la imagen que tenía de él era un poco la del dictador que daba yuyu hasta dándote la mano. O eso cuenta mi madre, que de joven le saludó dos veces. Es que mi madre fue muy progre, ¿eh? Progre de palo, eso sí, de las que decían que eran del PCE y solo pasaron una noche en el calabozo. Pero por volver a Franco…

Diga.
Eso, que era una persona inteligentísima.

¿En qué, por ejemplo?
Por ejemplo, en la labor propagandística en el exterior.

Ahí también brilló Jacobo Alba, el personaje de su novela. ¿Qué le atrajo de él?
Muchas cosas. Su sentido de la responsabilidad. Su fidelidad a la monarquía y a sus ideales. El ser un hombre a la altura de su tiempo y de la historia, algo cada vez menos frecuente en nuestras élites (porque, ¿sabe?, España ha tenido muy poquita suerte con sus élites).

Todo eso en general. ¿Y en particular?
Que gastó gran parte de su patrimonio para reconstruir Liria, con lo fácil que le hubiera sido vender el solar y vivir bien él y varias generaciones de Albas más; solo por eso me gusta.

Luego está lo que apuntábamos antes: su misión en el Londres de la época.
Solo por ser primo de Churchill tuvo un acceso a él durante la II Guerra Mundial que no hubieran podido ni soñar los que trataban de derrotar a Franco.

A eso antes se le llamaba diplomacia; ahora, al parecer, relato.
Hay palabras tan cursis que no se pueden ni usar. Relato es una de ellas. Pero, vamos, que podría estar horas diciéndole muchas más.

No es necesario. ¿Lo dejamos, si le parece, en política de comunicación?
Un ex ministro me contó que, en lo peor de la crisis, el Gobierno contrató a una agencia de relaciones institucionales. Hablo de cuando el New York Times publicaba fotos de gente en Madrid buscando comida en los cubos de basura, la prima de riesgo estaba por encima de los 500 puntos, Kirchner expropiaba YPF a Repsol y Rajoy visitaba al Rey en el hospital después de lo de Botsuana, llevándose las manos a la cabeza: “lo que me faltaba, Señor”.

¿Y qué le parece que el Gobierno acusara todos esos golpes, recurriendo a los servicios de una agencia especializada?
Pues lo veo bien, aunque solo sea para demostrar que lo de la gente rebuscando en las basuras fue algo puntual que lo mismo te encontrabas en el Madrid de la crisis que en el Nueva York de hoy, en pleno crecimiento, por cierto.

Quién sabe, de habernos preocupado más por la imagen del país a lo largo de la historia, quizás hoy no hablaríamos de Leyenda Negra.
Es que es muy importante la comunicación o, si se prefiere, la propaganda, algo que a los españoles se nos da bastante mal.

¿Usted incluida?
Digamos que no soy una buena tuitera. Más que nada, porque en 140 caracteres o agradas u ofendes. Y el que se queda solo en eso termina creyéndose la conciencia de un lado o del otro, lo cual siempre es peligroso.

Más todavía cuando el que agrada u ofende es un político, ¿no?
Lo decía muy bien Macron el otro día en el Times: una persona que tiene que tomar decisiones importantes no puede estar todo el día pendiente de Twitter, ni de Instagram, ni de Facebook. Lo contrario que Puigdemont, del que se cuenta que finalmente proclamó la independencia en lugar de convocar elecciones porque leyó un tuit de Rufián. ¡Hay que ser…!

Ya que saca el tema de las redes sociales… ¿hay que estar?
Si quieres que te espíen, que tus datos estén en internet y que luego se vendan a diversas compañías, por supuesto que hay que estar.

Eso como ciudadana. ¿Y como periodista?
Pues no lo sé. A veces pienso que no. Y a veces que sí. Las veo como un arma de doble filo.

Por un lado…
Conozco a muchos periodistas, geniales en sus crónicas, pero con menos seguidores que gente no tan brillante. Y al revés: tíos con cientos de miles de seguidores, pero que serían incapaces luego de vender un solo periódico.

Y por el otro…
Las redes te permiten una relación directa con tus lectores, y eso siempre es interesante.

Una relación directa, pero también gratuita. Porque ¿cómo se traduce en dinero el tráfico generado por un artículo?
Eso me interesa saber a mí. Es que, si uno se da cuenta, el periodista no solo regala sus datos a internet, sino que regala también su contenido. Por eso a veces yo no cuelgo mis artículos. Que el que esté interesado, vaya al quiosco y compre el periódico. En algún momento el lector tendrá que pagar por nuestro trabajo, ¿no? Digo yo que esto no puede durar siempre.

Y mientras se resuelve la situación, si es que se resuelve, ¿qué hacer?
Desde luego, lo que no vas a hacer es retirarte a la montaña o tirar el móvil al mar. No por nada, sino porque, híbridos de androides y humanos como somos, estamos fusionados con nuestras redes sociales a través del móvil.

Siempre le quedará la política. ¿Se ve?
¿En política? ¿Quién, yo? Pero si sería un desastre.

¿También como alcaldesa del Puerto de Santa María?
Hombre, eso es otra cosa. Pero cuando sea vieja, como Carmena, y me de igual ganar o perder. Aunque a Carmena le encanta ganar, ¿eh? Va como de que no le importa, pero es mentira. Pues yo haré igual: me presentaré con un programa superpopulista, haré como que paso de todo, pero en el fondo estaré encantada de que los ricos del Puerto me inviten a todo.

Entrevista de Gonzalo Altozano. Fotografías de Fernando Díaz Villanueva. Publicada originalmente en Milenio

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