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El imperio de la nostalgia

No han pasado ni veinte años desde que empezó el siglo y el optimismo por la llegada del nuevo milenio hace tiempo que se esfumó. Las sociedades occidentales que se las veían felicísimas por la irrupción de Internet y la revolución de las telecomunicaciones hoy viven presas del miedo, la desconfianza y el hastío existencial.

Ante un panorama así era inevitable que rebrotase la nostalgia. Si el mañana será peor, quedémonos con el ayer aún a riesgo de que gran parte de ese ayer tengamos que inventárnoslo. De este modo hemos pasado de una sociedad conformista pero muy emprendedora e ilusionada con el futuro, a otra contestataria pero burocratizada y atrozmente melancólica y narcisista con accesos de rabia ocasionales.

En un estanque así de turbio sólo los vendedores de pasados imaginados podían sacar tajada. La edad de oro de nuestro tiempo es una idealizada posguerra en la que abundaba el empleo, las familias eran funcionales y las expectativas de futuro halagüeñas. Recrear el pasado con 60 ó 70 años de distancia cuenta con la ventaja de que quienes lo recrean no experimentaron personalmente ese pasado, luego lo despojan fácilmente de todos los elementos negativos o inconvenientes.

Este imperio de la nostalgia ha adoptado una forma diferente en cada país. En Estados Unidos se mira con delectación y envidia a las décadas de los 50 y 60 como momento álgido del sueño americano. Fue entonces cuando América era verdaderamente “great”. A partir de ahí comenzó la decadencia. Unos lo achacan a la “Gran Sociedad” de Lyndon Johnson, que puso en manos del Gobierno federal más poder del que nunca debió haber tenido y trajo de la mano la contracultura del 68. Otros a la gran derrota de los setenta y el neoliberalismo reactivo de la era Reagan.

Pero ambos bando miran hacia atrás y quieren volver. No es extraño que los candidatos más populares en las elecciones del año pasado fuesen Donald Trump (1946) y Bernie Sanders (1941). Tampoco es casual que con idéntica pasión vivieran sus seguidores esa vuelta a un pasado glorioso. Unos reclamando los triunfantes años 50, los otros los justicieros 60.

En Europa ha sucedido algo similar aunque en cada país con sus singularidades nacionales. En el norte y el centro del continente la nostalgia se vive con un orgullo desproporcionado de lo propio. De ahí el florecimiento de partidos como AfD en Alemania, el Frente Nacional en Francia, el UKIP en el Reino Unido o los nacionalistas flamencos y escandinavos.

En el caso de estos últimos nos encontramos ante pequeñas sociedades en extinción que a lo largo de este siglo irán desvaneciéndose para convertirse en otra cosa. La razón no es otra que la raquítica natalidad sostenida durante tres generaciones. Ellos, sin embargo, echan las culpas a un factor externo. El ataque ha venido de fuera en forma de inmigrantes venidos para llenar el hueco demográfico, por lo que bastará con cerrar las fronteras para que se restablezca el reequilibrio cósmico y la decrépita sociedad danesa o sueca recuperen el juvenil brío que tenían hace medio siglo.

La de cargarlo todo sobre los inmigrantes o sobre la competencia asiática es una explicación simple y resultona que apela a la proverbial soberbia de los pueblos del norte, supremacistas hasta la náusea cuando no abiertamente racistas.

Este es el tipo de nostalgia es la que se ha apoderado de cierto nacionalismo catalán. Hubo una Cataluña pura, monolingüe y étnicamente homogénea que era feliz y funcionaba. No es un cuento muy diferente al del nacionalismo decimonónico y, de hecho, bebe de él. Ahora lo han enriquecido con la vulgata posmoderna de la corrección política y el neoizquierdismo del 68. Un cóctel mortífero cuyos resultados acabamos de paladear. Una región fracturada que, además, no se explica muy bien cómo se ha llegado hasta aquí porque la nostalgia en grandes cantidades tiene efectos psicotrópicos.

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En los países del sur los nostálgicos han personificado al enemigo en el mercado global que cuenta con agentes infiltrados dentro de la comunidad local. Estos agentes, banqueros y empresarios exitosos fundamentalmente, son los causantes de la frustración general. En países traumatizados por su historia como el nuestro han tenido que hacer malabarismos encima de un alambre para ubicar en el tiempo la edad de oro.

Los años del milagro económico de posguerra no valen ya que entonces mandaba Franco. Lo han tratado de situar más allá, en unos idealizados años 30 de los que apenas queda memoria viva. Pero no ha terminado de colar. Los años 30 en España fueron tanto o más calamitosos que en el resto de Occidente. Lo único que les ha quedado ha sido la sobredosis sentimental, la ruptura y empezar de cero con un relato de nuevo cuño en el que toman un poco de todo, pero al que le falta la narrativa sobre los hechos más o menos reales que exhiben los comunistas griegos o los nacionalistas franceses.

El problema de la nostalgia es que está hecha de ensueños y asunciones erróneas sobre el pasado. Puede valer para evocar con cariño algún acontecimiento especial de la vida privada como el nacimiento de un hijo o las primeras vacaciones en la playa, pero para las sociedades es una droga de consecuencias letales.

Las comunidades humanas tienen que mirar hacia el futuro o desaparecen. Han de adaptarse a los cambios, integrar lo nuevo con lo viejo y tirar para delante. No hay nada parecido a una España eterna, una Suecia milenaria o una Alemania inmortal. La nostalgia en política es engañosa y conduce inevitablemente a la tiranía de quienes administran la llave de paso del desvarío.

No se trata, por lo tanto, de fantasear con el país de nuestros abuelos y tratar de volver a él envueltos en lágrimas, sino de sostener el pulso al tiempo que nos ha tocado vivir y dejar a nuestros nietos un país que merezca la pena. Claro, que para eso hace falta tener nietos o, al menos, albergar la esperanza de que lleguen algún día.

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