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¿Cómo se repoblaron las Españas?

Mucha gente se pregunta por qué la reconquista cristiana duró tanto tiempo (770 años desde la batalla de Covadonga a la toma de Granada) cuando la conquista musulmana había durado tan poco (8 años desde la batalla de Guadalete hasta que los invasores cruzan los Pirineos en dirección al reino franco). La razón principal es que los cristianos que había en el norte eran pocos, débiles, pobres y mal alimentados ya que la mayor parte del país se la habían quedado los recién llegados. La población hispanogoda de la península aceptó de mejor o peor manera la dominación musulmana y, en muchos casos, se convirtió al Islam. En otros casos no lo hizo pero se sometió igualmente.

A partir de la segunda mitad del siglo VIII los cristianos rebeldes empezaron a ganar terreno, primero en los valles cantábricos y posteriormente en los pirenaicos. Así siglo tras siglo, batalla tras batalla, metro a metro con muchos tiempos muertos, treguas, periodos agitados y otros pacíficos la marca fue bajando del Duero hasta las serranías béticas. Una de las cuestiones más peliagudas que enfrentaron los cristianos cuando emprendieron la reconquista era qué hacer con la gente que se iban encontrando en el territorio arrebatado a los musulmanes.

La presura: el primero que llega se lo queda

Al principio fue relativamente sencillo. Apenas había habitantes en la submeseta norte. Cuando, a principios del siglo IX, los asturianos descendieron de la cordillera se encontraron con que León, una antigua ciudad romana que había albergado a la Legión VII Gémina, estaba despoblada. Algo similar sucedió en los Pirineos. Los primeros aragoneses, feudatarios de los carolingios, al llegar a Jaca comprobaron que era una aldea mínima compuesta por un puñado de casas. En esta primera fase se escogió la presura para repoblar las amplias zonas que a los musulmanes no les interesaban y que habían dejado como un colchón defensivo, una tierra de nadie que había que atravesar para llegar hasta las ricas vegas del sur y Levante.

La presura consistía en llegar el primero y apropiarse del terreno, un poco al estilo del salvaje oeste. Mediante presura se llegó hasta la ribera del Duero por el oeste y hasta el Prepirineo por el este. Así nació, por ejemplo, la ciudad de Burgos. Llegó un tal Diego Porcelos y levantó una atalaya junto al río Arlanzón en torno a la cual se formaría la ciudad que luego sería cabeza de Castilla. Los primeros castellanos, de hecho, fueron maestros consumados de la presura. Era un condado marginal del reino de León formado por hombres libres en el que el feudalismo nunca echó raíces. Eso posibilitó que avanzasen tan rápido y, en última instancia, que esto que lees esté escrito mil años después en romance castellano y no en el de León o en el de Cataluña.

El problema de la presura es que funcionaba sólo cuando no había población o ésta era pequeña. Tenía, además, cierto componente caótico. Los aldeanos podían o no podían ir hacia el sur. Otro problema añadido es que, constituidas las nuevas comunidades, podían ponerse por su cuenta y nombrar rey propio. Eso es lo que le sucedió al de León, que vio como los herederos de Diego Porcelos se independizaron creando un reino, el de Castilla, que con el correr del tiempo terminaría por absorberlos.

La repoblación concejil: rey y fueros

A partir del siglo XI la presura se perfeccionó mediante lo que se conoce como repoblación concejil. La iniciativa partía del rey, que invitaba a sus súbditos a seguir achicando espacio al moro a cambio de que creasen concejos fronterizos con los que el monarca sería generoso en materia de privilegios y libertades que recogería el fuero de cada uno de los concejos. Esto atraería población y la mantendría leal al rey precisamente por el fuero. Mediante este método se repoblaron los valles del Tajo y del Ebro.

Cuando los cristianos llegaban a ciudades grandes como Toledo o Zaragoza, capitales ambas de dos poderosas taifas, los musulmanes eran expulsados de las mismas y reubicados en los arrabales. Acto seguido las repoblaban con gente venida del norte que creaban el preceptivo concejo en el que podía integrarse la población mozárabe local, con la que tenían algunos problemas porque, aunque cristianos, no hablaban la misma lengua ni decían misa con el mismo rito. Ni que decir tiene que leoneses, portugueses, castellanos, navarros, aragoneses y catalanes se impusieron a los mozárabes y les invitaron gentilmente a unirse al vencedor. Se unieron, claro, qué otro remedio había.

El sistema de la presura había funcionado a las mil maravillas aunque era algo lento. El viaje de los picos de Europa a Toledo llevó 363 años. La ventaja es que lo ganado era difícil de perder porque las tierras reconquistadas estaban convenientemente repobladas por cristianos propietarios de sus tierras e imbuidos del espíritu de cruzada. En ese punto, aproximadamente en torno al año 1100 la guerra estaba en tablas, la mitad norte de la península era cristiana y la mitad sur musulmana. Los musulmanes, eso sí, controlaban las dos zonas más ricas, fértiles y pobladas: el valle del Guadalquivir y la costa levantina. No iban a entregarlas así como así. Hacía falta ponerse serios.

Órdenes militares: mitad monjes, mitad soldados

Justo en aquel momento se estaban librando las cruzadas de Tierra Santa en las que apareció un nuevo tipo de órdenes monásticas, el Temple y el Hospital, formadas por monjes-soldados muy entregados a la causa. Luego el secreto residía en adaptar la idea a las necesidades locales. De este modo nacieron las órdenes militares españolas. La primera fue la de Calatrava, fundada en 1158 para proteger la villa de Calatrava (Ciudad Real) por encargo de Alfonso VII de Castilla. Luego llegarían las de Santiago y Alcántara en León, la de Montesa en Aragón y la de Cristo en Portugal.

Las órdenes militares defendían lo ganado y auspiciaban la repoblación. Los nuevos habitantes sabían que al menos podían contar con el apoyo profesional de los monjes en el caso de que los musulmanes atacasen, y ojo, que en esos puestos de avanzada la morisma estaba muy cerca. Sus grandes urbes como Córdoba, Sevilla o Valencia quedaban a pocas jornadas de camino. Pero los cristianos consiguieron afianzarse mediante un encastillamiento intensivo. El valle del Guadiana y las serranías de Teruel y Castellón se repoblaron así.

Con las órdenes militares, sin embargo, algo cambió. Hasta ese momento la repoblación era un asunto nacido de abajo. Por muy alentada que estuviese por los reyes, quienes la protagonizaban eran los campesinos, que se mudaban de la zona segura del reino a la frontera en grandes cantidades atraídos por el caramelo de poseer tierras. Eso trajo consigo que en los valles del Duero, el Tajo y el Ebro predominase la pequeña o mediana propiedad, el granjero o el pequeño ganadero que se apoyaba en el concejo y en su fuero. La Órdenes consiguieron llamar a nuevos pobladores, pero no muchos, por lo que se formaron grandes fincas, ganaderas en la Castilla meridional y agrícolas en Extremadura. Sería el principio de los latifundios que siglos más tarde marcarían al mediodía peninsular.

Repartimientos: doy para que me des

En el siglo XIII la reconquista entra en su última fase con la liquidación de las taifas levantinas por parte de los monarcas aragoneses y la toma de las principales ciudades de Andalucía por parte de los castellanos. Fue algo muy rápido. Los cristianos se apoderaron de Andalucía y Valencia en apenas diez años. Entre 1238 y 1248 cayeron Valencia, Córdoba, Murcia, Alicante, Sevilla, Jaén y todo el Algarve. Los reyes se valieron del apoyo de aristócratas a los que luego, una vez efectuada la conquista, los premiaba con donadíos o repartimientos. Se calculaba lo que cada uno de ellos había contribuido a la victoria y se le entregaban las tierras en función de ese cálculo. Algunas casas nobiliarias castellanas y aragonesas se hicieron muy ricas gracias a estos repartimientos

Aquí había un problema añadido. A diferencia de la meseta, Andalucía y Levante estaban llenas de gente. Eran el solar de Al Ándalus. En Córdoba se había llegado a instaurar incluso un califato en el siglo X. ¿Qué se podía hacer con todos los que vivían allí? No le dieron muchas vueltas, los expulsaron. Andalucía se vació de moros y se repobló con colonos llegados desde el norte. Antes de entrar en Córdoba Fernando III de Castilla dio un día para que todos los musulmanes abandonasen la ciudad con lo que pudiesen acarrear. Haría lo mismo en todas las plazas que fue conquistando. Nos puede parecer bárbaro, y lo es, pero el rey no quería dejar potenciales enemigos en la retaguardia. En Valencia los reyes de Aragón hicieron algo parecido aunque a la población musulmana la enviaron al campo a trabajar como braceros. Siglos más tarde, ya en el siglo XVII, sus descendientes, conocidos como moriscos, serían expulsados por Felipe III.

A finales del siglo XIII la reconquista estaba prácticamente concluida a falta del pequeño emirato de Granada, que subsistiría dos siglos más gracias a la habilidades diplomáticas de sus emires y a los problemas internos de Castilla. En 1481 se reanudó la guerra. Duraría once años hasta que en 1492 los Reyes Católicos hicieron su entrada en Granada. El reino granadino se repoblaría como el resto de Andalucía aunque esta vez si dejaron a los moros dentro. Un siglo más tarde se levantaron contra el rey ocasionando una guerra en las Alpujarras. Con esto se podía dar por concluida totalmente la reconquista. De este proceso tan largo y a ratos tortuoso nació un país nuevo, el nuestro.

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