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Dolores bruselinos

La catatonia ha terminado por apoderarse del independentismo catalán en esta fase crepuscular del ‘procés’. No atienden ya a razones. Son pura emoción trufada de rabia e impotencia. Sólo les quedaba el comodín del delirio y acaban de lanzarlo en Bruselas con una gran manifestación por el barrio europeo. Para todo lo demás, en el modo no presencial, el mátrix acostumbrado de TV3 con sus doctores de guardia y las certidumbres de siempre, apuntaladas ahora por una cuota extra de victimismo por el encarcelamiento de Junqueras y los Jordis.

Todo muy previsible y, a la vez, muy apagado. El procesismo ha terminado convirtiéndose en una cámara de eco en la que repiten sin cesar los mismos mantras y los escuchan una y otra vez fingiendo escándalo. Lejos quedan los días gloriosos, hace no tanto, apenas tres meses, cuando llevaban la voz cantante y se los pusieron al país entero de corbata.

Aquello alcanzó su momento álgido durante las jornadas que siguieron al referéndum del 1-0. Desde entonces todo han sido disgustos. Y no hablo ya de las encarcelaciones, que es un disgusto del que tratan de sacar el máximo partido, sino la pérdida del monopolio del que venían gozando desde hace muchos años.

Los dolores, expresados al modo bruselino este jueves, con la humedad de Flandes calándoles los huesos, vienen porque en buena medida se les ha acabado el chollo. Jugaban un partido sin contrario y todo eran golazos. El nacionalismo no sólo contaba con el estatuto de limpieza de sangre, sino que se reservaba su expedición. Cualquiera en Cataluña que quisiera estar en el ajo o, simplemente, ser respetado en público tenía que comulgar con los dogmas oficiales o, en el peor de los casos, guardar el más considerado silencio ante ellos.

En la vida pública o se era nacionalista o no se era nada. En la vida privada se podía ser lo que uno desease, pero siempre bajo la inquietante sombra del complejo de culpa. Cabía la posibilidad de irse, y algunos lo hicieron. También la de oponerse frontalmente, pero esto último siempre estuvo reservado a unos pocos valientes que ya lo daban todo por perdido. El hombre común tiende a estar con el que gana, disentir es caro y, en las sociedades en las que reinan consensos impenetrables, es además de mal gusto.

Pues bien, todo eso se ha acabado. Han sido ellos los que han metido fuego a su propio edén que les había costado 30 años largos levantar con paciencia, esmero y gran sentido de la oportunidad. A partir de ahora pueden ganar o perder las elecciones. Perderlas y gobernar o ganarlas y pasar a la oposición. Eso ya es lo de menos. Pase lo que pase nada volverá a ser lo mismo porque ahora los límites a los que se puede llegar están claros y, sobre todo, una parte de la sociedad, que vagaba desorientada y acomplejada, ha tomado conciencia de sí misma.

Ante semejante panorama a la tropa procesista, los que llevan años viviendo a cuento del cuento, sólo le queda el esperpento, aderezado, eso sí, por grandes dosis de tragedia. Eso es lo que se sirvieron a sí mismos en Bruselas. Un último happening indepe, una diada en miniatura, breve pero tan marcial como lo han sido todas desde que hace cinco años dio comienzo esa alucinación colectiva que dieron en llamar proceso a la independencia.

Las elecciones del día 21 pueden ganarlas, entra dentro de lo posible. Podrían incluso volver a gobernar, pero tendrán que cambiar de partitura porque la actual, aparte de desgastada, ha demostrado ser letal para los solistas. Pero no les queda otra. El independentismo hoy por hoy es una causa al servicio de un grupo de iluminados cuyo horizonte penal es escalofriante.

Por eso Puigdemont, un señor de pueblo que pastó desde crío en los predios del pujolismo, va ahora de radical y antisistema. Sabe que en cuanto regrese será detenido y puesto a disposición judicial. Y no pasará nada. No puede contar con muchos más de los que viajaron a Bruselas. La prueba la tenemos en el último mes y medio. No se ha producido insurrección popular alguna, el Maidan catalán sólo habitaba en sus ensoñaciones. Tampoco se observa una huelga de brazos caídos en la administración autonómica.

El 155, que ponía los pelos como escarpias a todo el mundo solo con mentarlo, ha resultado ser un eficaz calmante para una sociedad ahíta de politiqueo, mentiras y crispación. Suministrar una sobredosis de todo lo anterior ya no surte el mismo efecto. Decir por enésima vez que España es franquista o que la Unión Europea es lo peor del mundo sólo moviliza a los ya movilizados, gente dispuesta a todo con tal de mantener la máquina funcionando. No es seguro que lo consigan. Necesitan otra máquina, esta la han gripado, y la necesitan ya.

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