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Cataluña: punto y seguido

Convocar elecciones a sólo 54 días de aplicar el artículo 155 era un riesgo, todos lo sabíamos, pero no quedaban muchas más opciones. De no haberse celebrado este jueves, hubiesen sido en uno o dos meses porque la temporalidad es eso mismo, temporal. Unas elecciones el 21 de enero o el 21 de febrero habrían arrojado resultados parecidos.

El “parlament” que salió de las autonómicas de 2015 estaba, además, herido de muerte tras las dos jornadas de infamia de septiembre. Había que renovarlo y era importante hacerlo cuanto antes aunque no sirviese de mucho, al menos desde el punto de vista de la aritmética parlamentaria. Ésta, al fin y al cabo, no deja de ser un reflejo numérico de la sociedad que la conforma mediante el voto.

Con todo, las elecciones del jueves nos han dejado un par de novedades reseñables. La primera y fundamental es el ascenso a los cielos de Ciudadanos que, con más de un millón de votos y 37 escaños, se convierte en la primera fuerza política de Cataluña. La segunda es el descenso a los infiernos del Partido Popular y su práctica volatilización del mapa político catalán. No es un asunto menor este. Que el primer partido del país sea residual en la segunda comunidad autónoma es cuando menos preocupante.

La victoria de Ciudadanos no estaba tan cantada como ahora aseguran muchos. Las encuestas, que se han vuelto a equivocar, daban como ganador seguro a ERC, pero muchos de los que decían que iban a votar republicano lo han hecho al final por los antiguos convergentes, que han superado por poco al esquerrismo en el conteo final.

Esta fortaleza de CiU/PDeCat/JxC es sorprendente después de todo lo que les ha caído encima. Que tras el paso del huracán post Pujol y el terremoto del “procés” sigan ahí con un apoyo que roza el millón de sufragios es digno de mención. Muchos se avergonzaban de decir a los encuestadores que votaban al partido del 3%, pero como el voto es secreto, depositaron luego la papeleta convergente en el interior de la urna a salvo de miradas reprobatorias.

¿Por qué decían entonces que iban a votar a Esquerra? No lo sé, quizá les parecía que, a pesar de sus rufianes y sus Martas dedos-rotos, esta era la opción más higiénica. No olvidemos que lo que para cualquier no nacionalista es algo insoportablemente ridículo para ellos es un gallardete que cuelgan en el salón de casa. No tratemos de entenderlo. El nacionalismo nubla en entendimiento y embota los sentidos.

Hay, además, otro elemento que ayuda a explicar este trasiego de votos entre ERC y JxC. A efectos prácticos es el mismo partido y si no se han presentado con una candidatura conjunta como en 2015 se debe más a las pendencias entre sus líderes que a otra cosa. Es un solo partido con un único punto en el programa: la independencia. El resto es accesorio.

Pues bien, con los números en la mano la independencia la compran hoy en Cataluña algo más de dos millones de personas, los mismos que hace dos años. Idéntica cuenta podemos hacer en el otro lado. Los tres partidos que se oponen frontalmente a la secesión suman 1,9 millones de votos, 2,2 si les sumamos los de esa criatura amorfa llamada En Comú-Podem.

Como vemos, de poco más de cuatro millones de votantes la mitad están en un lado y la otra mitad en otro. Son dos bandos irreconciliables entre los que no cabe acuerdo posible, ni siquiera de mínimos. La independencia se cruza entre ellos como un caudaloso y embravecido río que se lleva por delante a todo aquel que se aventura en sus aguas.

A corto-medio plazo ese río no va a desaparecer. Ganará al final quien consiga tener más gente en su orilla. Esto lo entendieron los nacionalistas desde el primer momento. De ahí su empeño en controlar la educación y los medios de comunicación. Han llegado, eso sí, a su tope. Sus resultados son idénticos a los de las últimas tres elecciones y todo lo que se observa es un ligero declive.

Cataluña hace tiempo que dejó de fabricar independentistas y el mejor símbolo quizá sea el hecho de que hoy el primer partido de la región es encarnizadamente anti independentista. Pero nuestro principal problema no es lo que ocurra dentro de 5 ó 6 años que, si se mantiene la tendencia, verá como el secesionismo va a menos, sino lo que ocurrirá mañana, es decir, ¿en qué se materializarán los resultados del jueves?

Tan sólo hay dos posibilidades. O un Gobierno como el actual formado por JxC y ERC o nuevas elecciones dentro de unos meses. Y, lo primero sólo si consiguen pasar la investidura, que no les va a ser fácil. El nuevo “parlament” tiene cinco diputados huidos (Puigdemont, Ponsatí, Comín, Puig y Serret) y tres encarcelados (Junqueras, Sánchez y Forn). Ocho en total cuya ausencia en la cámara les priva de la mayoría absoluta.

Podrán recoger su acta, pero los que están presos tendrán que regresar a la cárcel y abstenerse de votar. Respecto a los prófugos es de esperar que tan pronto como asomen la cabeza por España el Supremo ordenará su detención y correrán igual suerte que los anteriores. En esta situación no se quedarían en minoría, seguirían contando con cinco escaños más que los constitucionalistas, pero Podemos tendría que abstenerse.

Habría otra posibilidad, que de estos ocho seis renunciasen a sus actas y corriese lista. Esto les dejaría en 68, los necesarios para convertir a su candidato en el próximo presidente de la Generalidad. Pero los dos candidatos posibles (Puigdemont y Junqueras) están uno en Bruselas y el otro en la prisión de Estremera. No va a ser sencillo, pero nada de lo que ocurre en Cataluña desde hace cinco años lo es. La tragedia en varios actos acaba de echar el telón. En unos días se levantará de nuevo.

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