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Y sin embargo funciona

El año arrancó con una buena noticia: el paró volvió a caer en diciembre. Y no se trata de un buen mes marcado por la contratación extraordinaria de la temporada navideña, o de un buen año con el viento de popa. Son ya cuatro años seguidos los que la Seguridad Social lleva ganando afiliados, desde 2014, cuando rebotó del mínimo marcado el año anterior con una afiliación ligeramente superior a los 16 millones.

En estos cuatro años la Seguridad Social ha ganado dos millones de afiliados y en 2017 ha aumentado incluso el ritmo de afiliación. En los últimos doce meses más de 600.000 personas han pasado a cotizar, el mejor dato desde 2005, año en el que Zapatero hizo la masiva regularización exprés de inmigrantes.

La mejora de la lacra económica española por excelencia, que es el desempleo, es lenta pero constante. Para constatarlo no es necesario sumergirse en los datos que ofrece el ministerio, basta con darse un paseo por cualquier zona comercial de una ciudad, echar un vistazo a las matriculaciones de automóviles, que crecieron casi un 8% el año pasado, o mirar la ocupación hotelera durante los periodos vacacionales.

Una década después de que irrumpiese con fuerza, el país va saliendo paulatinamente de la crisis. Las estimaciones de crecimiento del PIB para el año que acabamos de dejar atrás son de un 3,5%, algo superior al de 2016, que ya fue un buen año.

Parece que es la demanda interna la que tira de este crecimiento. Tiene sentido. Durante la crisis se pospusieron muchas decisiones de compra que se están materializando ahora, desde el que llevaba doce años sin cambiar de coche hasta el que se había autoimpuesto una moratoria vacacional que, felizmente, no ha sido indefinida.

Claro, que esto no durará siempre y detrás de los fuegos de artificio empiezan a asomar fantasmas del pasado como el nuevo auge inmobiliario o el crecimiento en el gasto público. Los mismos ingredientes que nos metieron de cabeza en la última crisis. Vuelve a haber dinero y vuelve a irse por las mismas sentinas.

Aunque, en honor a la verdad, la crisis ha dejado algunas lecciones que, a fuerza de coscorrones, hemos terminado aprendiendo. La principal es la de volcarse en el sector exterior. El milagro de las exportaciones se produjo en los peores años de la crisis, cuando las empresas españolas, obligadas por la atonía del consumo interno, salieron fuera buscando nuevos mercados para sobrevivir.

Este incremento de las exportaciones vino acompañado de una disminución de las importaciones porque no había con qué adquirirlas. Así se obró el llamado “milagro exportador“. Se saneó en tiempo récord una balanza comercial que era simplemente insostenible en los años de la burbuja. Sumémosle a ello la devaluación interna en forma de salarios más bajos que otorgó un plus de competitividad, un entorno internacional optimista y la bajada de los precios del petróleo y obtendremos la fotografía completa.

España se ha convertido en un gigante exportador (exporta más que Rusia, la India o Arabia Saudí) a la fuerza y gracias a una coyuntura muy concreta en la que los cañonazos de liquidez del BCE y los tipos extraordinariamente bajos (el 0% actualmente) aportaron unos cuantos granitos de arena.

Cabría preguntarse que nos aguarda el futuro, pero no podríamos responder a esa pregunta porque predecir no sirve para nada. Desconocemos lo que va a suceder, luego no podemos saber por donde irá la economía. En un año pueden pasar muchas cosas, tanto buenas como malas, por lo que es inútil emplearse en poner cifras ajustadas con décimas como hacen los adivinos que, además, cobran por ello. Los pronosticadores económicos, como los augures de la antigüedad, siempre se equivocan. Y cuando aciertan lo hacen por las mismas razones que los augures: pura casualidad.

El panorama internacional invita al optimismo. Alemania crece moderadamente, EEUU probablemente se dispare tras la rebaja fiscal de Trump y el petróleo sigue sin levantar cabeza a pesar de los ímprobos esfuerzos de los países productores por elevar el precio del barril y apuntalar sus maltrechas cuentas.

Pero, al igual que hay oportunidades también existen amenazas, unas visibles y otras que ni siquiera imaginamos. La más visible para la economía española es el problema político en Cataluña, que ha lastrado el crecimiento de la región y en la que, tras las elecciones del 21-D, se abre un escenario abracadabrante.

De Cataluña se han largado ya más de 3.000 empresas que, por de pronto, no van a volver. No lo harán hasta que escampe y para eso aún falta mucho. Eso es lo que vemos, lo que no vemos puede ser todavía más dramático.

¿Cuánto se ha dejado de invertir en Cataluña?, ¿cuántas empresas y particulares han aplazado o cancelado sus proyectos de inversión? No lo sabemos. El coste de oportunidad de la entrega final del ‘procés’ ha sido inmenso pero es imposible de cuantificar. Algunos indicadores nos dan pistas. El turismo ha recibido un serio varapalo y la creación de empleo se ha resentido. Cataluña no es todavía el “hombre enfermo de España” pero podría serlo antes de lo que imaginamos.

El 21-D dejó la partida en tablas. No sabemos quién terminará gobernando si es que alguien lo hace al final. La posibilidad de una repetición de elecciones está ahí. La vencedora no podrá ser presidenta porque le faltan apoyos parlamentarios, y tanto el segundo como el tercero se encuentran en situaciones comprometidas: uno huido de la Justicia y el otro en la cárcel.

Esta situación anómala tendrá consecuencias económicas, de hecho ya las está teniendo dentro de la propia Cataluña. Consecuencias que afectarán de lleno a la economía española en la que Cataluña es uno de sus principales jugadores. Todos lo descuentan, pero nadie sabe muy bien en qué medida porque la máquina, al menos por ahora, funciona.

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