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La fábrica de sueños políticamente correctos

La entrega de los premios Oscar de hace dos años fue muy movida. Y no por la calidad de las películas -que no eran para tirar cohetes la verdad sea dicha-, ni porque algunos de los premiados se excediesen en la duración de sus discursos de agradecimiento. El origen del escándalo radicaba en que no fueron unos Oscar lo suficientemente correctos.

Me explico. Los premios a mejor actor y actriz fueron a parar a Leonardo DiCaprio (por “El Renacido“) y a Brie Larson (por “La Habitación“). Dos actores blancos y, en el caso de DiCaprio, de mediana edad. El premio a mejor película se lo llevó “Spotlight“, un drama de blancos sí, pero que al menos se redimen hurgando en las interioridades y abusos de ciertos párrocos católicos de Massachusetts. “Spotlight” no era ni de lejos la mejor película del año. Inferior en todo a “La gran apuesta”, pero premiar a un grupo de hombres blancos que, para más inri, se dedican a las finanzas hubiese elevado la provocación hasta límites intolerables.

No era la primera vez que algo así sucedía en la meca del cine. Hollywood es el centro neurálgico de la corrección política, el primero y más potente de todos los repetidores con los que cuentan los catedráticos de lo que se puede decir y lo que no. Pero en 2016 la cosa fue un poco más lejos de lo habitual, era la primera vez en el que las denuncias se hacían de un modo preventivo.

Spike Lee, un afamado director negro, acusó a la Academia de no haber nominado a ningún afroamericano en las categorías principales. Pronto de esa denuncia se hicieron eco algunos actores negros que amenazaron con boicotear la gala. Todo esto no se movió entre bambalinas. Lee se encargó de crear y viralizar un hashtag en Twitter que decía #OscarsSoWhite (Oscars tan blancos).

Lee y los suyos se quejaban de que entre los seis mil miembros de la Academia había demasiados hombres blancos. En aquel entonces el 90% de sus miembros eran blancos y el 10% de otras razas, en su mayoría negros. La presidenta de la Academia, Cheryl Boones-Isaac, formaba parte de estos últimos. A Boones-Isaac, una mujer competente y extremadamente hábil, ser negra no le impidió llegar a la cúspide hollywoodiense y a ser una de las personas más influyentes en Los Ángeles.

En EEUU los negros representan el 12% de la población, luego la composición racial de la Academia se acercaba bastante a la del país. Idéntica proporción respecto a los premios: de 2000 a 2016 aproximadamente un 10% de los galardonados fueron de raza negra. Quizá no cuadra al milímetro, pero los negros no son ni de lejos los más infrarepresentados en el ámbito cinematográfico. El 18% de la población estadounidense es de origen hispano, lo que los convierte en la principal minoría del país y apenas se premia a actores hispanos. Son tan pocos que conocemos a todos por su nombre y apellidos.

La gravedad de los hechos no obstó para que meses después, una vez pasada la tormenta, la Academia efectuase una ampliación exprés invitando de urgencia a 683 nuevos miembros, la mayor parte pertenecientes a minorías raciales. Boones-Isaac no quería que bajo ningún concepto se fuese a repetir la escandalera de aquel año.

Y no lo hizo. En 2017 los académicos se cuidaron muy mucho de nominar a un afroamericano por cada una de las categorías principales. Los premios correspondientes a mejor actor y mejor actriz secundarios cayeron en sendos actores negros: Mahershala Alí (por “Moonlight”) y Viola Davis (por “Fences”). Lo que nunca sabremos es si fue por sus méritos o por el color de su piel.

La ceremonia de entrega de los Oscar no deja de ser la espuma en una industria que mueve miles de millones de dólares y que es genuinamente global. Hollywood es el espejo de los valores que imperan en Occidente en cada época, tanto los que la sociedad ha ido adoptando de un modo más o menos espontáneo como los que las minorías con poder y presupuesto tratan de implantar a martillazos.

Esa es la razón por la que ahora cada vez que se estrena una película salen en tropel a pasarle la auditoría de género y de raza. A veces incluso antes de que se estrene como pudimos ver con la última película de Kevin Spacey, “All the money in the world”, de la que fue eliminado unas semanas antes de su estreno y sus secuencias rodadas de nuevo con un sustituto.

A Cristopher Nolan le esperaron en una esquina tras el estreno de “Dunkerque”, una auténtica obra maestra de nuestro tiempo que recibió un aluvión de críticas negativas tras el primer pase y no precisamente por su dirección. Acusaban a Nolan de ser un racista y un machista por no incluir en la historia ni a mujeres ni a negros en los principales papeles.

La prensa fue implacable con ella. En The Guardian se podía leer “Why the lack of Indian and African faces in Dunkirk” (por qué la falta de rostros indios y africanos en Dunkerque). En The Independent fueron un poco más lejos titulando “When you watch Dunkirk remember that it’s a whitewashed version which ignores the bravery of blacks and muslim soldiers” (cuando veas Dunkerque recuerda que es una versión blanqueada que ignora la valentía de los soldados indios y negros). En el Daily Caller fueron directos: “Too many white men on Dunkirk” (demasiados hombres blancos en Dunkerque). El Washington Times por su parte disparaba con bala ajena titulando “Dunkirk review in USA Today warns: ‘no lead actors of color in WWII inspired film'” (La crítica de Dunkerque en USA Today advierte de que no hay actores principales de color en una película inspirada en la Segunda Guerra Mundial).

Sin entrar en detalles históricos, Dunkerque fue un episodio bélico protagonizado por británicos, franceses y alemanes. En su inmensa mayoría hombres porque en 1940 sólo los hombres iban a la guerra. Nolan centra su relato en un puñado de personajes, todos británicos. Los franceses aparecen de refilón aunque uno de los personajes principales es un francés que se hace pasar por inglés para ser embarcado hacia Gran Bretaña y huir de una muerte segura. Los alemanes ni hacen acto de presencia más que en forma de Stukas y submarinos.

Es un drama bélico no un documental. No trata de contarnos con precisión de historiador la evacuación de Dunkerque, sino de dramatizar la odisea personal de varios personajes con Dunkerque como telón de fondo, incidiendo en el milagro que supuso sacar a 300.000 hombres de aquella playa en sólo unos días.

Por las mismas los alemanes o los italianos podrían quejarse de que en las aventuras del capitán Alatriste no aparecen lansquenetes bávaros o condotieros genoveses. Los tercios españoles rara vez combatieron solos, pero en las novelas de Pérez Reverte y en la película que le dedicó Agustín Díaz Yanes hace unos años no se les ve por ninguna parte.

El cine es ficción, son novelas a 24 fotogramas por segundo. Por eso nos gusta ver películas, no tanto por lo que nos cuentan como por cómo nos lo cuentan. De ahí que prefiramos un género u otro y tengamos directores de cabecera. De la misma manera elegimos novelas por su temática y en función del autor. No nos muestran el mundo como es ni mucho menos como debería ser, sino como lo ve quien hace la película o escribe la novela. Si se tratase de plasmar la realidad habría géneros enteros como el cómico que desaparecerían porque consisten esencialmente en distorsionarla.

Esto es algo que todos entendemos y que sólo las tiranías habían tratado de cambiar a la fuerza mediante la censura. Hoy estamos en las mismas, el cine tal y como lo conocemos podría tener los días contados. Tal vez siga siendo una fábrica de sueños aunque ahora será sólo de sueños correctos, es decir, se transformará en una pesadilla. Aprovechémoslo mientras dure.

diazvillanueva.com por correo electrónico

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