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Duque de los arroyos

Decía el embajador del emperador Rodolfo II de Austria que en Madrid teníamos la suerte de contar con el mejor río del mundo porque era navegable a caballo. Arroyo sin brío de falsa plata lo llamaban, a lo que Lope de Vega, natural de la villa, respondió: “y aunque un arroyo sin brío os lava el pie diligente, tenéis un hermoso puente con esperanzas de río”. Porque de puentes siempre anduvo bien aviado el Manzanares. Al levantarse el de Segovia, con sus nueve ojos y sus poderosos sillares de granito, Lope se metió en la piel del Manzanares y dirigió una súplica a las autoridades municipales: “quítenme aquesta puente que me mata, señores regidores de la villa: miren que me he quebrado una costilla que, aunque me viene grande, me maltrata”. El puente de Segovia, que era el primero en piedra de una villa que acababa de recibir a la Corte, hizo correr mucha tinta. Góngora se regodeó sin piedad porque el río llevaba poca agua y tal vez también porque su aborrecido Francisco de Quevedo era madrileño.

“Duélete de esta puente, Manzanares;
mira que dice por ahí la gente
que no eres río para media fuente,
y que ella es puente para treinta mares.
Hoy, arrogante, te ha brotado a pares
humildes crestas tu soberbia frente,
y ayer me dijo humilde tu corriente
que eran en marzo las caniculares.
Por el alma de aquel que ha pretendido
con cuatro dracmas de agua de achicoria
purgar la villa y darte lo purgado.
Medí cómo has menguado y has crecido,
cómo ayer te vi en pena y hoy en gloria.
-Bebióme un asno ayer y hoy me ha meado”

A Góngora le debemos tres de sus apodos más conocidos: “duque de los arroyos“, “vizconde de los ríos” y “marqués de poza“. Pero el más famoso de todos, “aprendiz de río“, su sobrenombre por excelencia, fue cosa de Quevedo que se choteó del río todo lo que pudo y un poco más. Uno no es madrileño del todo hasta que no ha hecho la burla correspondiente del Manzanares que, como “río cuyas corrientes están tan sin carnes, que parece esqueleto de cristal” aguanta todo lo que le echen menos agua:

“Manzanares, Manzanares,
arroyo aprendiz de río,
practicante de Jarama,
buena pesca de maridos.
Muy hético de corriente,
muy angosto y muy roído,
con dos charcos por muletas,
en pie se levantó y dijo:
Tiéneme del sol la llama
tan chupado y tan sorbido,
que se me mueren de sed
las ranas y los mosquitos.
Yo soy el río avariento
que en estos infiernos frito,
una gota de agua sola
para remojarme pido”

Las ranas y los mosquitos, efectivamente, se mueren de sed, por eso hay tan pocos de los segundos y ninguna de las primeras. Pero a los madrileños curiosamente, nos gusta mirar el río, aunque sólo sea para hacer el preceptivo chiste. Ahora y hace 400 años. A Baltasar Gracián le desconcertó la escena por lo que concluyó que los castizos probablemente “estaban esperando a que acabase de correr el río para poder pasar sin mojarse”. Por esa misma época a Tirso de Molina, (madrileño, claro) observaba que durante el estío la cosa iba aún a peor.

“Fuérame yo por la puente,
que lo es, sin encantamiento,
en diciembre, de Madrid,
y en agosto, de Ríoseco”

“Título de venerable
merecéis, aunque pequeño,
pues no es bien, viéndoos tan calvo,
que os perdamos el respeto.
Como Alcalá y Salamanca
tenéis, y no sois colegio,
vacaciones en verano
y curso sólo en invierno”

Pero, a pesar de llevar menos “agua que un jarro con un cuartillo de vino” (Quevedo) salía todos los días “al paso a los reyes que tienen el gusto de veros“, “pretendiente en esta corte y en Palacio lisonjero” (Tirso). Juan Pablo Forner, un poeta del siglo XVIII, observaba que “esta es la villa, Coridón famoso, que bañada del breve Manzanares leyes impone a los soberbios mares“. Porque regir un imperio ultramarino con semejante miseria delante, cuyo “caudal procede de las lágrimas que lloran los ojos de sus puentes al verse sobre seco” (Zabaleta) tiene mucho mérito.

Aunque eso de que acarree poca agua tiene también sus ventajas. Gómez de la Serna, ya en el siglo XX, parte una lanza por el río de su Madrid natal después de reconocer, eso sí, que “el objeto de los puentes que tiene es el de servirle de brazaletes o de ajorcas, objeto de adorno y apenas de utilidad“:

El paseo por la orilla del Manzanares es un paseo prudente que no impregna de esa melancolía, ese pavor y ese trascendentalismo de que nos sentimos humedecidos al pasar ante otros ríos más caudalosos. El `nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir´, no se nos puede ocurrir frente al Manzanares, que parece que se queda en la vida y que es inverosímil que vaya a parar al mar, remolón, lento, de vida muy larga, siendo sus últimas aguas esas que se quedan quietas y estáticas en la desembocadura del Tajo

Veamos cómo se vería a dos kilómetros de altura si nos subiésemos a un globo. Quizá no parezca para tanto, pero lo es, lo es para tan poco. Comparémoslo con el Tíber en Roma, el Duero en Oporto, el Danubio en Budapest, el Ródano en Lyon y, no digamos ya, el Paraná en Rosario, del que saldrían varios millones de Manzanares. Todos sobrados de agua pero faltos de poetas.

 

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