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El conocimiento inútil

Decía en este artículo que la propaganda, por su naturaleza, se nutre de la adulteración de los hechos, nos entra a través de los sentimientos y se vale de nuestros sesgos cognitivos. Sin estos últimos la faena le sería mucho más complicada al propagandista. El hecho de que prioricemos la información que confirma nuestras propias creencias pavimenta el camino al mensaje.

Este es el origen de las noticias falsas, que son una de las expresiones más acabadas de la propaganda de nuestro tiempo. Hasta la irrupción de internet era más difícil difundir un bulo. Los medios los rechazaban ya por convicción, ya por miedo a demandas, ya porque eso erosionaba mucho su credibilidad una vez descubiertos.

Ahora es muy sencillo arrojar la piedra y esconder la mano. La revolución digital de este siglo ofrece a los propagandistas unos medios y un alcance impensable hace sólo 25 años. Estamos en el siglo de oro de la propaganda. Los padres del invento, el propio Münzenberg o su discípulo del otro lado, Joseph Goebbels, no terminarían de creerse las posibilidades que hoy se abren ante sus epígonos. Ellos tuvieron que conformarse con la prensa escrita, la radio y el cine. Hoy tienen más soportes y, sobre todo, mucho más accesibles.

Pero de nada serviría tener teléfonos inteligentes, tabletas o televisiones de 50 pulgadas conectados a la red las 24 horas si no se saben aplicar las técnicas adecuadas. Éstas también han avanzado y algunos propagandistas las emplean con auténtico virtuosismo. Veamos algunas.

La del renombrado, por ejemplo, es muy habitual. Si se quiere acabar con la reputación de algo o alguien hay que empezar cambiándole el nombre por otro que suene mal o tenga connotaciones negativas. En el pasado bastaba con fascista o facha. Pero hoy circula mucha información a gran velocidad y los nombres se desgastan rápido. Eso obliga a innovar continuamente. Así nacieron términos como “casta” o “cuñado” que hoy tienen un significado muy preciso.

El renombrado sirve para señalizar los defectos ajenos, para potenciar las virtudes propias hay que emplear otra técnica, la de las palabras fetiche. ¿Qué es una palabra fetiche? Vayamos con un ejemplo, la palabra fetiche por excelencia es “democracia”, luego vienen otras como “solidaridad” o “igualdad”. Cualquiera que presente su causa, que la etiquete como demócrata, solidaria e igualitaria ocupa ese espacio de positividad y pone al adversario a la defensiva. Sirve, además, como antídoto para cualquier ataque.

– “Han dado ustedes un golpe de Estado”. Si, pero en nombre de la democracia.
– “Esta ley es un disparate anticonstitucional”. Tal vez, pero es en nombre de la igualdad.
– “Trabajamos más de medio año para pagar impuestos”. Ya, pero es en nombre de la solidaridad.

Y así sucesivamente.

La revolución bolivariana, que es una espantosa dictadura que ha arruinado Venezuela, está llena de palabras fetiche. Sus propagandistas, además, no hacen más que crear nuevas conforme las anteriores se desgastan.

Otra técnica es la de la transferencia, muy empleada por los alarmistas climáticos: “lo dice la ONU”, “es un informe de la NASA”, “hay consenso científico”… La transferencia consiste en transferir la legitimidad de una persona o institución hacia la propia causa. Aquí es donde entran los famosos informes de Oxfam u organismos internacionales como la UNESCO o la UNICEF.

El nuestro es un mundo muy audiovisualizado en el que hay mucho conocimiento disponible pero, parafraseando a Jean-François Revel, la mayor parte de él inútil. En un mundo así, adicto sin remedio a las redes sociales con sus “likes”, sus retuits y sus “followers” vale más el que más seguimiento tiene. Eso lo aprovechan al máximo los propagandistas de la última hornada. Aplican el efecto arrastre para captar nuevos adeptos mostrando todos los que ya tienen.

La gente trata de estar a la moda en todos los ámbitos, también en el de las ideas. Si otros lo hacen, ¿por qué no voy a hacerlo yo? No olvidemos que la nuestra es una especie muy gregaria que durante miles de años se organizó en hordas que seguían ciegamente a un jefe. Es el viejo “¿dónde va Vicente?, donde va la gente” aplicado a la propaganda. Hoy todo el mundo sabe al minuto hacia donde va Vicente. Y le sigue, claro.

Por último, y habida cuenta de la multitud de canales a través de los que hoy nos informamos, se emplea mucho la técnica del relato extendido. Una misma campaña se amplifica y adapta a todos los medios. Sobre ella se construye un relato con sus buenos y sus malos, sus testimonios y sus giros en la trama. Sería lo que los consultores denominan estrategia 360, que va desde fotografías en Instagram hasta reportajes en televisión pasando por documentales, tendencias en Twitter y muchos artículos de opinión. Miremos donde miremos ahí está la historia esperándonos.

Implantar un relato concreto es dominar el debate, es decir de qué se habla y en qué sentido. Todos sabemos cuáles son los temas de debate en cada momento y nos entregamos a ellos con fruición. Pues bien, muchos nos han llegado a través de la propaganda. Sería bueno descontarlo, desconfiar y aprender a combatirla.

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1 Comment on El conocimiento inútil

  1. No veo la diferencia más que en el lado de la ecuación a cuando los liberales ponéis Suiza como ejemplo (país ferozmente proteccionista) o Singapur (dictadura hereditaria) o manipuláis datos estadísticos de libros que no habéis leído, como hace Rallo, (y demostró el Profesor Centeno) para dar la misma consistencia a sus argumentos que p.ej. Adolf Hitler, que era un as manejando las estadísticas y dejaba a sus interlocutores, gente inteligente, absolutamente convencidos… hasta que la realidad les golpeaba en la cabeza .

    ¿Son los malos sólo los del otro lado?. No. Absurdo. Todo el mundo arrima el ascua a su sardina. Está en cada uno el aprender y saber, y, instintivamente, desconfiar de los profetas y de los vendedores de crecepelo

    Saludos

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