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La estrategia de la tensión

Se llamaba Mame Mbaye, tenía 33 años, llevaba doce en España dedicado a vender artículos de contrabando y murió en Madrid el jueves pasado víctima de un paro cardiaco. De esta breve nota no debió haber pasado el asunto. Quizá, para los más morbosos, los vecinos del barrio de Lavapiés y los aficionados a la crónica de sucesos, podrían haberse incluido algunos detalles como que se desplomó sobre la acera mientras caminaba junto a un amigo por la calle del Oso.

Al infortunado Mame le asaltó un ataque epiléptico, los viandantes se aprestaron a auxiliarle y avisaron a una pareja de la Policía Municipal que patrullaba por las inmediaciones. Cuatro agentes, dos municipales y dos nacionales, le socorrieron hasta que llegó la ambulancia del SAMUR, cuyo personal lo encontró ya en parada cardiorrespiratoria. Allí mismo certificaron el fallecimiento.

Poco más se puede añadir. Mame Mbaye no fue el primero y no será el último a quien le sorprenda accidentalmente la muerte en plena calle. Pero esa noche Lavapiés ardió.

La muerte de Mbaye se certificó pasadas las cinco de la tarde. Tres horas más tarde un teletipo de Europa Press informaba del suceso introduciendo un nuevo elemento: la muerte del mantero se debía a una persecución policial que había dado comienzo minutos antes en la Plaza Mayor, a aproximadamente un kilómetro de la calle del Oso. Posteriormente se hablaría incluso de una persecución en moto patrulla por las callejas del barrio.

Ramón Espinar, diputado regional y senador de Podemos, tomó esa nota de agencia y la enlazó en Twitter junto a un sentencioso comentario: “Hoy es un día triste para España. No hemos estado a la altura de los Derechos Humanos. Hemos fracasado como democracia”. Nada especial en el personaje, la clásica manipulación preñada de mala intención. Espinar, arquetipo de podemita, hijo de un consejero de Caja Madrid pasado por la facultad de Políticas de la Complu, es bien conocido en Twitter. No le toman en serio más que los muy entregados a la causa o los que, directamente, comen de ella.

A esa hora el bulo de la persecución policial se extendía como la pólvora por todo Lavapiés y algunos vecinos salían a la calle para concentrarse en señal de protesta. Espinar se había cuidado de no acusar a nadie. Se limitó a despacharse con una de sus grandilocuentes cursiladas, cargada de veneno, eso sí, pero sin señalamientos personales.

Pero, ay, la presa era demasiado apetitosa como para no dar cuenta de ella. Poco antes de las once de la noche Juan Carlos Monedero, uno de los fundadores de Podemos convertido en una personalidad televisiva, liberó el torpedo: “Aquí, en Lavapiés, ha muerto esta noche Mame Mbaye, un inmigrante perseguido por la policía. Cuánto dolor innecesario. ¿No basta la tragedia de ser inmigrante?“. Había muerto por la tarde, pero eso era lo de menos, lo de más era que nadie le perseguía. La policía, de hecho, le había atendido cuando se encontraba en el suelo. Los agentes se turnaron para practicarle un masaje cardiaco con la intención de mantenerle con vida hasta la llegada de los servicios de urgencias.

A esa hora la concentración había devenido ya en disturbios generalizados por todo el barrio que se saldaron con una batalla campal y seis detenidos. Para espanto de los vecinos, ardieron motocicletas, árboles, contenedores de basura y hasta las bicicletas públicas que la alcaldesa municipalizó hace no mucho. El karma, ya se sabe.

A medianoche, en plena refriega, Rommy Arce, concejala de Arganzuela y militante del sector anticapitalista de Podemos, reanudaba el fuego desde las redes sociales: “Los ‘nadie’ víctimas de la xenofobia institucional y de un sistema capitalista que levanta fronteras interiores y exteriores. El pecado de Mame ser negro, pobre y sin papeles“. Por “xenofobia institucional” se refería veladamente al protocolo anti manteros aprobado por su propio partido, aprobado, en definitiva, por ella misma.

De madrugada el ruido era ensordecedor en Twitter. La estrategia de la tensión funcionaba y había que mantenerla. Al día siguiente, Jorge García Castaño, concejal de Economía y del distrito Centro (al que pertenece Lavapiés), interpelado por el tuit de su compañera remachaba que Mbaye era “una víctima del sistema capitalista”. Irene Montero, portavoz de Podemos en el Congreso, lanzaba la salva final desde su cuenta de Twitter: “Dolor al conocer la muerte de un vecino de Lavapiés. Hay que depurar responsabilidades”.

¿Acaso quiere Montero someter a investigación y juicio a la epilepsia? No veo más depuración que esa porque todo lo demás era mentira. Desde el tuit inaugural de Espinar hasta el ladrido de último bot, Podemos había fabricado una historia. Algo no especialmente novedoso dadas sus dotes para la fabulación, pero inaudito hasta la fecha ya que eran los mismos concejales de Gobierno los que estaban incitando una algarada violenta en el mismo centro de la ciudad y contra sus propios policías. Acababan de batir su propia plusmarca.

Cuando la formación se miró ante el espejo tras el fracaso de las elecciones de junio de 2016, roto ya el encantamiento de la transversalidad, se encontró ante un cruce de caminos. O tomaba el que le conducía a los predios del PSOE, la centralidad del tablero que tanto decían poseer en sus buenos tiempos, o tomaba el del radicalismo marginal. Pablo Iglesias, que es quien manda allí, escogió el segundo por una cuestión de convicciones personales y por la distorsionada lectura que hizo de las propias elecciones.

Habían perdido por no ser suficientemente de izquierdas. A partir de ahí han rearmado su discurso con muebles rotos de la vieja izquierda y mucha violencia verbal. Agotada la veta de los desahucios y del desempleo se han entregado con fruición a la agitación de “minorías oprimidas”, que lo mismo pueden ser las mujeres, los pensionistas o los inmigrantes. Cualquier cosa vale con tal de azuzar y magnificar un problema por lo general inexistente.

Necesitan tensión porque sin ella se desvanecen. ¿Y qué mayor tensión que provocar altercados en su propio barrio, el que les vio nacer, el que les vota con los ojos cerrados? Uno de los manifestantes clamaba ante los periodistas: “Queremos que el barrio arda y todo el mundo se entere”. El barrio ya ha ardido. Lo próximo en arder serán los votos a Podemos en Madrid. Las cenizas no se recuentan.

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