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El riesgo estratégico del Brexit

Hace una semana empezó el periodo de transición del Brexit. Durará 21 meses, los mismos que han pasado desde el referéndum del 23 de junio de 2016. De aquí a la salida final, el Reino Unido seguirá cumpliendo con toda la regulación comunitaria pero saldrá de las instituciones y dejará de formar parte de la toma de decisiones.

Podrá negociar tratados con otros países como EEUU o China, pero sólo serán validos si cuentan con el beneplácito previo de la Unión Europea. Tras la salida se negociará un acuerdo de libre comercio entre la UE y el Reino Unido, pero manteniendo a los británicos, tal y como es su deseo, fuera del mercado único y de la unión aduanera, lo cual limita bastante el alcance de ese acuerdo.

La factura final será de 45.000 millones de euros, más de lo que estimaba Theresa May, pero algo menos de lo que pedía Bruselas. Durante los dos próximos años, eso sí, el Reino Unido seguirá contribuyendo a los presupuestos de la Unión. Eso implica que la libre circulación de personas, bienes y capitales seguirá en vigor. Es decir, podrán seguir estableciéndose ciudadanos comunitarios en el Reino Unido y británicos en la Unión Europea hasta el último momento. Y no se les podrá echar después.

¿Qué queda en el aire? Pues lo más conflictivo: la cuestión irlandesa, Gibraltar y los acuerdos relativos a la lucha antiterrorista, a la cooperación judicial, al tráfico aéreo y a un ramillete de asuntos que aparentemente son menores pero que suelen ser de gran enjundia. Recordemos que han tardado casi dos años en llegar a este acuerdo de mínimos, no sé yo si en el mismo plazo de tiempo serán capaces de cerrar temas tan espinosos.

Sospecho que en Londres están empezando a advertir la complejidad de todo esto. De entrada lo primero que han visto es que han pasado de ser ellos los que incomodaban y ponían las condiciones a Bruselas a tener que cumplir las que les pone a la firma Michel Barnier. Y no sólo eso, la desconexión de los centros de decisión continentales también tendrá un coste, tal y como han podido comprobar este mismo mes en plena crisis con el Kremlin a raíz del envenenamiento en Inglaterra del ex espía ruso Sergei Skripal.

Theresa May se encuentra ante idéntico dilema que todos los mandatarios británicos desde hace tres siglos. Europa tal vez sea una fuente de problemas, pero el Reino Unido sólo ha podido mantener su condición de súper potencia interviniendo activamente en los asuntos europeos.

Inglaterra estuvo presente y jugó un papel primordial en prácticamente todas las guerras europeas desde antes incluso de unirse a Escocia en 1707. Participó en la guerra de sucesión española, lo que le reportó estatus de potencia de primera y un acceso privilegiado al Mediterráneo gracias a la toma de Gibraltar. A partir de ahí empezó a construir un gran imperio ultramarino en cuya forja se encontró con otras potencias europeas como España o Francia, a las que tuvo que combatir porque, por razones dinásticas, fueron de la mano durante todo el siglo XVIII.

La guerra de los 7 años o la de la independencia americana se libraron lejos de Europa pero en ambas se despachaban asuntos europeos. Gran Bretaña no luchó sola. En la de los 7 años se alió con varios principados alemanes y con Portugal. Algo similar sucedió en las guerras napoleónicas. El Reino Unido patrocinó una de las mayores alianzas europeas de la historia en la que entraron Austria, Rusia, España, Portugal, Suecia… y hasta los realistas franceses.

Para entonces ya era una potencia marítima con imperio colonial propio, pero la base de su poder se encontraba en su control indirecto de la política europea. Napoleón, conocedor de esta circunstancia, bloqueó la isla impidiendo que pudiese comercial con el resto del continente. Se lo tomó el corso tan en serio que invadió personalmente España y Rusia, los dos extremos del arco Atlántico para evitar que los ingleses recurriesen al contrabando.

El rey Jorge III envió varios cuerpos expedicionarios que no se detuvieron hasta que derrotaron a Napoleón en Waterloo en 1815. Hasta siete coaliciones llegó a organizar Inglaterra con tal de recuperar su acceso al continente europeo. Durante el siglo XIX la misma historia. Londres intervino en los Balcanes, en Crimea y favoreció el surgimiento de nuevos Estados como Alemania o Italia para equilibrar a Francia y Rusia, dos potencias heredadas del siglo anterior.

En el siglo XX las dos guerras mundiales tuvieron sello británico y en ambas se metieron para evitar que una refortalecida Alemania le terminase poniendo en aprietos. En 1914 el Reino Unido declaró la guerra al Kaiser tras la invasión de Bélgica, en 1939 Neville Chamberlain hizo lo propio tras la de Polonia. Ni Guillermo II ni Hitler habían puesto en duda la primacía marítima británica, de hecho ambos estaban dispuestos a convivir con ello y hacerles partícipes del nuevo orden. Churchill, que en privado decía preferir el imperio ultramarino a los problemas de Europa, terminó haciendo lo mismo que sus predecesores: enviar tropas al continente y ganar la paz.

Hoy ya no hay guerras en el viejo continente, pero se libran los mismos equilibrios de poder. Puede intervenir en ellos o permanecer a la expectativa desde ese exquisito aislamiento que siempre atrajo a sus élites políticas, pero que la historia nos enseña que nunca se han podido permitir. Un salto al vacío estratégico cuyas consecuencias no tardarán en dejarse sentir.

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