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Cifuentes y la licuefacción del PP

Hasta hace poco más de un mes cada vez que se echaba la pregunta al aire sobre quién podría suceder a Rajoy en unas elecciones con posibilidades de ganarlas, salían dos nombres: Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, y Alberto Núñez Feijoo, presidente de Galicia. De una edad parecida -53 y 56 años respectivamente-, con el expediente limpio, una nutrida clientela política y experiencia de Gobierno, eran los candidatos ideales, casi lo único presentable que le queda al PP sin manchar y que no sean calamidades tipo Floriano, Hernando, Maíllo o cualquiera de los sorayos.

Pues bien, en esas estábamos cuando estalló el caso del master, un asunto en principio sin demasiada importancia pero tan mal gestionado por Cifuentes y su entorno que terminó convirtiéndose en un escándalo mayúsculo. Porque aquí la cuestión ya no era que se hubiese inventado un título universitario como hacen muchos políticos, sino que, una vez había sido descubierta, se empeñó en negarlo pertinazmente empalmando una mentira con otra.

Las mentiras cifuentinas caían, además, sobre un terreno ya encharcado por un sinnúmero de casos de corrupción, muchos de ellos en el mismo Madrid, la comunidad que Cifuentes iba a limpiar de corruptos y gente de poco fiar. La suya era, por lo tanto, una fechoría menor que ella misma se encargó de ir agrandando hasta colocarse en una posición indefendible incluso para los cifuentistas más entregados, no  muchos porque la estrella de esta mujer en política ha durado poco, apenas ha tenido tiempo de construir una base de apoyos sólida.

Trató, eso sí, de crearse un personaje con relato propio. Era el verso suelto del PP, la Eliot Ness del postaguirrismo que, a diferencia de su antecesora, hacía todo lo posible por caer bien a la izquierda. Más o menos lo que ya había intentado Gallardón en el pasado… y con idénticos resultados. La izquierda más que odiarla, la despreciaba. Llegado el momento no ha dudado un segundo en suministrarle todo el sufrimiento posible.

No lo sabemos a ciencia cierta, pero es muy probable que este último episodio del affaire Cifuentes provenga del mismo PP, envuelto desde hace tiempo en una truculenta guerra interna sazonada de odios y venganzas personales. El resultado final de demasiados años en el poder, un poder que en tiempos llegó a ser omnímodo. Quizá de ahí ese ensañamiento ahora que el poder escasea y se promete más escaso aún en el futuro.

El vídeo del Eroski de Vallecas es directamente obsceno, produce escrúpulo hasta mirarlo. No debió haber llegado hasta nuestros días ni hasta nuestros ojos porque la Ley de Protección de Datos obliga a borrar el contenido grabado por las cámaras de seguridad a los 30 días de ser registrado. Pero nadie lo borró y ha permanecido desde 2011 esperando en algún disco duro por si hacía falta emplearlo para una vendetta.

La cleptomanía en nuestro ordenamiento legal es una simple falta. Se trata de un trastorno de control de impulsos incompatible con la premeditación o con la justificación racional como la falta de dinero. Pero socialmente está muy mal vista. Por eso nos sobresaltamos tanto cuando pitan los arcos de seguridad de una tienda por accidente. Cifuentes pudo aguantar el chaparrón del master durante semanas, pero no ha podido permanecer en el cargo ni dos horas tras la difusión del vídeo.

Su dimisión la envía a ella de vuelta a casa y al PP al fondo de la ciénaga una vez más. El espectáculo está siendo dantesco y esto de Cifuentes es sólo la última entrega, ni siquiera la más importante. El grado de descomposición en el partido es alarmante. Rajoy cree que este tipo de purgas hechas a suficiente distancia de las elecciones no tienen consecuencias. Se equivoca. Las tendrán como las tuvieron en 2015 cuando perdió 60 escaños de un golpe.

Pero quiere aguantar a cualquier coste esperando que en algún momento escampe. Para ello está dispuesto a sacrificar lo que haga falta, léase el partido en Madrid o la poca credibilidad que le quedaba. Eso mismo es lo que estamos viendo con los presupuestos. No es ya que esté dando al PNV todo lo que le pidió para contar con sus cinco escaños, es que ha pasado en sólo un mes de defender una cosa y la contraria. Para subir las pensiones no había dinero y ahora de pronto lo hay.

En este juego de supervivencia podría terminar perdiendo pie. Tal vez en el Gobierno crean que el proverbial control de los tiempos rajoyano les permitirá ganar un año más. Pero los tiempos ya no los lleva él, se los llevan, y el miedo a Podemos -un partido que, como el PP, hace todo lo posible por perjudicarse a sí mismo-, ha tiempo que se esfumó.

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1 Comment on Cifuentes y la licuefacción del PP

  1. Viendo el vídeo que ha precipitado la caída de Cristina, he sentido una gran desazón que me ha impedido finalizarlo. Su existencia y publicación demuestran que no existe la privacidad y demuestra que en política, no todos son basura pero todos conviven con ella. Aviso para caminantes, para aspirantes a políticos y para ingenuos de la intimidad. Cristina repetía una y otra vez que no veía razones para irse, por carecer de ética y por no querer ver que no se lo estaban pidiendo sino que la estaban acompañando hacia la salida a empujones, miseria aireada a miseria aireada. El PP no puede gestionar esta renuncia porque no tiene ganas ni argumentos pues hace años que nadie sabe cuáles son sus principios y cómo defenderlos. Se avecinan curvas en la política madrileña y todo promete un espectáculo chabacano.
    Un cordial saludo.

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