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Camino de frustración

Después de año y medio en la presidencia y algo más tratando de alcanzarla, a Donald Trump le ha entrado una inexplicable prisa por pasar a la acción en Siria y hacerlo, además, con estruendo mediático para que se entere todo el mundo. El conflicto, enquistado desde 2011 y del que nadie sabe muy bien cómo se va a salir, no era del gusto del Trump aspirante que no hace tanto desde Twitter pedía a Obama que no se metiese más en el avispero.

Parece que ahora su visión ha cambiado. Cree, como muchos de su gabinete y de fuera de él, que bombardeando Siria las partes beligerantes se atendrán a las normas que pongan en la Casa Blanca. EEUU puede, evidentemente, bombardear Siria a diario si lo cree conveniente. Puede permitírselo, dispone de los medios y cuenta con reservas virtualmente inagotables.

Puede también condicionar a corto plazo a rusos, iraníes y al régimen de Bashar Al-Assad. Pero con simples bombardeos por muy precisos e inteligentes que sean, no puede llegar más lejos. Tampoco cambiaría mucho el panorama en el remoto e improbable caso de que se plantease una invasión terrestre a gran escala como las de Afganistán e Irak.

Muchos en Washington siguen viendo Oriente Medio con una pavorosa ingenuidad. Creen de buena fe que con drones, alta tecnología bélica y castigos puntuales la diversidad inmensa de gentes que comparten la región se avendrán a convivir pacífica y armoniosamente en un Estado democrático cortado por el mismo patrón que los de Occidente.

Lo ensayaron en Afganistán y en Irak poniendo toda la carne en el asador, gastando miles de millones de dólares y sin escatimar bajas propias. Pero no funcionó. En Libia no llegaron tan lejos. Su intervención, mucho más epidérmica, aventó un déspota pero para sumir al país en el caos desde entonces.

Si algo deberíamos haber aprendido en los últimos quince años es que las operaciones militares en ese lugar del mundo consiguen lo opuesto de lo que se persigue. Cada bomba que ha caído en Irak, Afganistán, Libia o Siria ha empeorado el desgobierno y ha terminado fortaleciendo a los enemigos de Occidente. No ha servido siquiera, como algunos apuntan, de medida de contención porque el problema ha ido mutando en cepas cada vez más resistentes e intratables, léase Estado Islámico o la miríada de guerrillas que triscan por el mundo islámico sembrando el terror.

El caso más paradigmático fue la guerra de Irak. Cuando Bush en 2003 ordenó -con la autorización del Congreso- el ataque al régimen de Saddam Hussein para derrocar al dictador, ocupar el país y reinventárselo desde cero gracias a su superioridad militar, lo que sucedió no fue eso, sino un cataclismo regional que los estadounidenses pagaron en carne propia.

El resultado final de la invasión fue una dictadura chiíta en Bagdad que ha partido Irak en dos provocando, por un lado, el surgimiento del Estado Islámico, por otro, la separación de facto del Kurdistán iraquí y, por último, ha puesto al país a merced de Irán. Eso sin entrar en la ola de violencia e inestabilidad que desencadenó desde los montes Zagros hasta el Atlas y que aún está lejos de detenerse.

El proyecto del “Gran Oriente Medio” de Bush y sus asesores se ha saldado con un fracaso estrepitoso. Y todo por desconocimiento trufado de arrogancia. Se dio por bueno que los iraquíes querían ser como un país occidental. Y quien dice iraquíes dice sirios o libios. Oriente Medio no es Occidente y, además, no quiere serlo. Al menos hoy por hoy.

Es una región de economías atrasadas, en buena parte por estructuras sociopolíticas que impiden el desarrollo y poblada por gentes que se definen a sí mismas más por identidades religiosas o tribales que por lealtades a los Estados artificiales creados de la nada tras la partición del Imperio Otomano en el Tratado de Lausana de 1923. A veces se nos olvida que Irak es una hechura británica, Siria una fabricación de los franceses y Libia un invento italiano. Todos de hace menos de cien años.

Visto así, y el tiempo nos ha demostrado que no podemos verlo de otra manera, EEUU puede seguir bombardeando todo lo que quiera, puede regresar con tropas, pero nada cambiará o, si lo hace, será a peor. Cuanto más íntimamente se involucre Washington en el conflicto más fuerte será la alianza entre rusos, iraníes y partidarios de Bashar Al-Assad ya que ellos si que se juegan algo sobre el terreno.

Hasta la fecha la posición de Washington ha sido prudente, propia de alguien que ya ha salido escaldado en varias ocasiones. Apoyó a la oposición junto a Turquía -su socio en la OTAN-, lideró una coalición internacional para combatir al Estado Islámico y patrocina a los kurdos de Rojava. Pero todo sin arriesgar demasiado y sin buscarse más problemas que los imprescindibles. Con un coste minúsculo ha dejado sentir su influencia protegiendo sus intereses estratégicos, que consisten básicamente en frenar a Irán.

Todo lo que vaya más allá de esto es aventurarse en un sendero que ya conoce, por el que ha transitado con más pena que gloria y que no conduce más que a la frustración.

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