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Un cisne negro en la piscina de La Navata

Dice Nassim Taleb, un pensador libanés muy de moda últimamente, que los cisnes negros, esos acontecimientos inesperados e imposibles de predecir, son los que mueven las ruedas de la historia. Podemos fue un cisne negro en la política española hace cuatro años, cuando surgió de la nada y se hizo de golpe con cinco eurodiputados. De ahí pasó a la gloria, a “asaltar los cielos”, tal y como decían sus líderes en los mítines multitudinarios que preludiaron las elecciones de 2015 y 2016.

A los cielos no llegaron, se quedaron en la puerta y desde entonces han ido alejándose de ella pasito a pasito. El momento podemita pasó hace tiempo y hoy ya no les teme ni el PSOE, partido al que de un bocado arrancaron tres o cuatro millones de votos. A estas alturas todos habían asumido que Podemos estaba ahí para quedarse, pero sin interpretar un papel estelar. Habrían a lo sumo de conformarse con ser el recambio natural de una Izquierda Unida ajada y que no supo aggiornarse a tiempo.

Su presencia en la bancada del Congreso tenía, además, otra consecuencia no buscada, al menos por ellos. Gracias a Podemos Rajoy podía seguir mandando. El PP ha sabido mantenerse como fuerza hegemónica en el centro-derecha hasta el momento presente, condición que el PSOE perdió hace años en el centro-izquierda y que no consigue recuperar.

Pues bien, el cisne negro hecho partido político podría terminar reventando por otro cisne negro, esta vez en forma de lujoso chalé en La Navata, una bonita zona residencial a las afueras de Madrid formada por chalés y casas de campo, no al nivel de La Moraleja o Somosaguas, pero tampoco al alcance de todos los bolsillos. En La Navata, como en otras muchas partes de Madrid, no vive quien quiere hacerlo, sino quien puede permitírselo.

Todos conocemos ya la historia hasta en sus más recónditos detalles porque no se habla de otra cosa desde hace días. Pablo Iglesias, líder máximo de Podemos, convive con la portavoz Irene Montero y ambos están esperando mellizos. Se conoce que los padres no son partidarios de criarlos en Vallecas, distrito madrileño en el que Iglesias se crió, en el que residió hasta hace no mucho y del que presume siempre que se le presenta la oportunidad.

Hasta aquí todo correcto. Millones de madrileños viven más allá de la M-50 buscando metros cuadrados, aire puro y mejores precios. La nueva casa de los Iglesias-Montero es grande (268 metros cuadrados construidos sobre 2.000 metros de parcela), se encuentra en las inmediaciones del parque regional del Guadarrama y el precio, aunque bueno, no es precisamente barato. Nada que objetar… si Pablo Iglesias e Irene Montero no fuesen Pablo Iglesias e Irene Montero.

Sus defensores han argüido que les asiste el mismo derecho que a cualquier otro ciudadano para criar a sus hijos en un lugar tranquilo y espacioso. Y, claro, derecho tienen. Tampoco han cometido ilegalidad alguna comprando la casa. De lo que carecen es de autoridad moral para hacer lo que han hecho. Esa autoridad se la retiraron ellos mismos excitando el resentimiento social, bramando durante años contra los que adquirían casas en las afueras, los que gastaban 600.000 euros en un ático y contra los que se blindaban de los votantes tras los espesos setos de arizónica que separan los chalés.

Es bueno y conveniente vivir conforme a los principios de cada uno, ser coherente y no tener nada que echarse en cara porque la mejor manera de enseñar será siempre con el ejemplo. En política, además de bueno es obligado, más si cabe en el caso de estos políticos de la nueva hornada, cuya razón existir era esa: ellos no eran como los anteriores, eran diferentes. Sobre esta especie llevan cuatro años cabalgando.

En Iglesias (y Montero) se da, además, un agravante de tipo ideológico. No se puede despotricar mañana, tarde y noche contra el capitalismo mientras se vive como un capitalista, simplemente no es de recibo, es algo así como erigirse en campeón del medio ambiente durante el día mientras de noche se mete fuego a un bosque.

Buena parte de la mística podemita venía de ahí, de aquellos publirreportajes que las televisiones les hicieron en el pasado glosando las virtudes proletarias de sus caudillos. Ellos hablaban a “la gente” en el idioma de “la gente”, se movían en Metro, gastaban ropa de hipermercado como “la gente” y residían en barrios populares mezclándose con “la gente”. Esto llevaba su causa más allá de las urnas. Era la plasmación práctica de su discurso anticasta, de su nosotros y ellos, su arriba y abajo.

Todo esto es lo que se ha derrumbado con estrépito en apenas tres días y con un simple manojo de fotos y la somera descripción de la propiedad inmobiliaria. Ante lo ineludible -porque de esta no se puede zafar ya que es un flechazo al corazón mismo de la izquierda, que no es otro que agitar la envidia-, a Iglesias no le quedaba otra que dimitir, renunciar también al acta de diputado y regresar a las aulas de la Complu y al plató de La Tuerka. Pero ya vive de esto, no se puede permitir el lujo de salir. Es literalmente esclavo del escaño, más allá de él no podrá hacer frente a la onerosa hipoteca que acaba de firmar junto a su novia.

Está tan pillado como cualquier diputado del PP, que en privado echa pestes de Rajoy, de Soraya y de la cochiquera en la que han convertido el partido, pero en público se muestran como devotos feligreses del marianismo. Tienen demasiadas facturas que atender a final de mes: la hipoteca del chalé, la letra del todoterreno, la señora de la limpieza (las casas, recordemos, no se limpian solas), el jardinero (los jardines tampoco se cuidan solos), el colegio de los niños, el gas, la luz y un sinnúmero de cargas con vencimiento mensual que les atan de por vida a la política, un trabajo absorbente, pero cómodo y bien pagado.

Por eso Iglesias no ha dimitido ni lo hará. En una maniobra de distracción digna del mismísimo Houdini lo ha dejado en manos de los militantes, les ha endosado el dilema moral. Predicar vehementemente una cosa y hacer la contraria, también con vehemencia, quedará sancionado por ellos. A partir de ahí, bien lo saben, todo valdrá. Porque la casa de La Navata no es un unifamiliar adosado de esos que se construyen en interminables hileras junto a los lindes con la provincia de Toledo, es un señor chalé al alcance sólo de los que la fortuna besa en la frente, es decir, las víctimas habituales de las invectivas podemitas.

Podrían perder. Este es un órdago no muy diferente al que Felipe González echó sobre los militantes del PSOE en el Congreso Extraordinario de 1979. Aquello supuso el tránsito del entonces revolucionario y rupturista líder de la chaqueta de pana a los trajes de alpaca de un exquisito socialdemócrata de corte centroeuropeo, que tres años más tarde se hizo con el poder para no soltarlo en más de una década.

En ese caso Podemos entraría en una crisis interna de la que le costaría salir. No por casualidad al partido se le conoce con el remoquete burlón de “Pablemos”, y es el propio Pablo el que ha terminado dándole forma como un proyecto personalista en torno a su sagrada persona.

Pero también podrían ganarlo alzándose con el santo y la limosna, el partido y el chalé. Eso tendría sus consecuencias. Supondría el fin de Podemos tal y como lo concibieron sus fundadores, un partido antagonista creado para acabar con el régimen del 78, convocar un proceso constituyente y traer una república de fragancias bolivarianas. ¿Lo aceptarían las familias que forman el partido? Seguramente no. Sólo quedaría por comprobar el recorrido de los disidentes una vez consumada la ruptura.

La historia del chalé, como todo cisne negro que se precie de tal, empezó como un simple cotilleo en la crónica rosa, pero va a terminar siendo el catalizador de un partido que, o bien podría volatilizarse en sólo unos meses, o salir de esta convertido en otra cosa. Entretanto, el Podemos del Teatro del Barrio, de aquella marea incontenible que cerca estuvo de hacerse con todo, ya ha pasado a mejor vida.

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