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Operación blanqueo

A pocos actos tan nauseabundos hemos tenido que asistir este año como al teatrillo del día 4 de mayo en la localidad francesa de Cambo-les-bains. Acudió el equipo blanqueador habitual: a saber, los del PNV y asimilados, la izquierda española afín y un salteado de progresistas europeos con Gerry Adams a la cabeza y el alcalde de Bayona como anfitrión. Ni pizca de arrepentimiento, estaban todos encantados de haberse conocido y tan sólo esperaban el aplauso complacido del respetable, colocado al otro lado de la pequeña pantalla porque la ETB se encargó de dar al acto una relevancia absoluta castigando de paso a su audiencia con los discursos completos de los invitados al happening.

Tampoco debería de extrañarnos. Los compañeros de viaje de la ETA nunca ocultaron su condición. Le recriminaban quizá las formas o lo inoportunos que eran a veces los terroristas, pero jamás se plantaron frente a la banda, jamás le negaron la mayor. Todo era diálogo y negociación para salir de un conflicto en el que las dos partes tenían igual culpa. Una cantinela que no por repetida mil veces deja de ser, amén de falsa, infame.

En el diálogo siguen, claro, pero ahora para ver como sacar de la cárcel a los casi 300 etarras que aún continúan entre rejas. Lo están por delitos gravísimos, pero eso en Cambo-les-bains no importaba porque el pasado cuenta si, pero sólo en la medida en que pueda emplearse para obtener ventajas de cara al futuro. El pasado de la banda son 853 inocentes asesinados, 6.400 heridos, más de 10.000 extorsionados y 79 secuestros. Una herida de tal magnitud que sólo con el tiempo, mucho tiempo, irá cicatrizando. La vida no se detiene y hay que aprender a vivir con lo que pasó pero sin olvidarlo.

La intención de los blanqueadores es que olvidemos, que corramos un tupido velo sobre aquellos años de plomo. Un olvido selectivo con el que pretenden ocultar su fracaso y la inutilidad de sus crímenes. A pesar de haber asesinado sin tasa durante medio siglo, la ETA no ha conseguido lo que se proponía. Esa es la cruda verdad y la que no quieren afrontar porque su soberbia se lo impide. Aspiran a quedar por encima hasta en la escenificación de su derrota, quizá de ahí el circo del otro día. Querían un abrazo y lo obtuvieron.

Necesitan una segunda identidad, algo de repuesto para tapar su propia vergüenza. Y es aquí donde entra la operación blanqueo al que cierta izquierda desnortada y sus allegados del nacionalismo “moderado” se han entregado con fruición. Pero ni eso les está funcionando. Son demasiados muertos, demasiados años, demasiado dolor y todo demasiado reciente como para que se obre el milagro que pretenden. El tiempo es un juez muy sabio, pone a todos en su lugar.

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