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Adiós, Mariano; hasta nunca, Soraya

El jueves 24 de mayo, hasta minutos antes de que la Audiencia Nacional hiciese pública la sentencia del caso Gürtel, Mariano Rajoy se las veía felicísimas. Con los presupuestos recién aprobados, tenía en el bote dos años más de poltrona, hasta bien entrado 2020, tiempo más que suficiente para retomar la iniciativa política y acabar con Ciudadanos.

Dos años es mucho tiempo y al laminado integral de los naranjitos se apuntarían encantados tanto los socialistas como Podemos y, por descontado, los nacionalistas. El futuro, una vez más, sonreía al insumergible Mariano, que lleva cuarenta años en política y que, como un leño arrojado en los rápidos de un río, se menea pero no se hunde.

En esas estaba cuando pasó lo que todos ya sabemos. Un rosario de penas ejemplares con balazo directo al partido. Aquello dinamitaba el plan bienal de amarrarse al poder mientras ingeniaba el modo de seguir en él otros cuatro años tras las elecciones de 2020. Porque Rajoy, como otro gallego ilustre que gobernó entre 1939 y 1975, es de los que creen que él nació para mandar y que sólo la parca puede retirarle.

El ensueño rajoyano se vino abajo en 24 horas, la legislatura saltó por los aires y Rajoy ha empezado a atisbarlo a cámara lenta, como todo en él. Por de pronto no ha reconocido la gravedad de los hechos (ni lo hará), ni ha mostrado la más mínima intención de pedir disculpas por la parte que le toca como presidente del PP desde hace más de una década. Está convencido de que esto no va con él a pesar de que el caso Gürtel le salpica personal y políticamente.

¿O acaso no mantenía una fluida relación privada y profesional con Luis Bárcenas? Fue él quien le ascendió y le hizo tesorero jefe del partido. Con otros también mantuvo gran sintonía en el pasado. Con Eduardo Zaplana por ejemplo, que acaba de ingresar en prisión acusado de blanquear unos dineros que presumiblemente vendrían del cobro de comisiones ilegales cuando presidía la Generalidad valenciana.

O con Rodrigo Rato, con quien compartió gabinete y muchas horas, pero que luego expulsó del partido con deshonor y pena de telediario. Ni siquiera se dignó a decírselo en persona. Envió a un sicario. Más o menos lo mismo que hizo hace sólo un mes con Cristina Cifuentes. Este hombre es así. Como capo de los Gambino hubiera dejado a John Gotti, conocido como Don Teflón porque todo le resbalaba, de mero aprendiz.

Pero, a pesar de que, como buen cacique que es, vive para la intriga y la puñalada, no estaba preparado para la que le tenía reservada el simple de Pedro Sánchez. El viernes pasado sintió la punzada de que, a poco que el diablo se ponga a enredar, le van a desalojar del poder antes de lo que creía. No contaba con una moción de censura que, aunque constituye una torpeza inmensa para su promotor, cambia de golpe el tiempo político.

Digo torpeza porque para Sánchez es una catástrofe segura. Si la gana y se convierte en presidente de Gobierno lo hará con el apoyo de Podemos y los nacionalistas. Pero no podrá pasar mucho tiempo en la Moncloa. Tendrá que convocar elecciones y ahí el batacazo será brutal. Si la pierde habrá hecho el ridículo más espantoso. Un ridículo del que se aprovechará Albert Rivera, que en principio se conforma con un adelanto electoral sin más.

Para que la moción prospere Sánchez necesita 176 escaños, pero él sólo tiene 85. Podemos y sus franquicias ya han anticipado que le prestarán sus 71, pero siguen faltando veinte, los que aportarían ERC, PdeCat, PNV y Bildu. Con todos suman 180, suficiente para sacar a Rajoy del banco azul y ponerse él. Pero, claro, hablamos de muchos partidos, cada uno de su padre y de su madre. Eso implica hacer demasiadas concesiones, algunas incluso que ni Sánchez ni ningún otro político puede atender, como la de soltar a Junqueras y compañía, que no están en la cárcel porque lo haya dicho el presidente de Gobierno, sino por la decisión de un juez.

Es, por lo tanto, una moción que nace muerta aunque colee. Es probable que Sánchez se estrelle por segunda vez como ya le pasó a principios de 2016 con aquella sesión de investidura. Lo que propone Ciudadanos tiene más posibilidades de éxito en el medio plazo. Rivera puede impedir que Rajoy gobierne sólo con proponérselo. Carecerá de apoyos para sacar adelante proyectos legislativos y cualquier tipo de acuerdo. A eso habría que sumarle el previsible castañazo que se va a dar el PP en la municipales del año próximo que, según están las cosas, promete ser antológico.

Con la moción registrada y en marcha no se puede convocar elecciones. Pero hay caminos intermedios. Podría Rivera canjear sus escaños por los de los nacionalistas a cambio de que se Sánchez se comprometa por escrito a convocar elecciones. Éstas serían ya de cara al otoño pero con Rajoy fuera de la Moncloa y sin posibilidad alguna de volverse a presentar. Cabría también la posibilidad de que Sánchez y Rivera acordasen un candidato neutral para que convocase elecciones al día siguiente de la investidura.

Todo pasa por elecciones a corto plazo y la jubilación de Mariano Rajoy, a quien parece que se le ha acabado la suerte. De esas elecciones saldría un parlamento nuevo con un PP muy tocado, un Ciudadanos recrecido y tal vez la entrada de partidos nuevos por la derecha, como VOX, que en los últimos meses ha ganado muchos simpatizantes por lo de Cataluña.

Si Mariano consigue resistir será en penosas condiciones y no más de un año. Se limitará a prolongar una agonía absurda que habrá de concluir con el descalabro de las municipales. Ganaría tiempo pero no esperanzas. Tras esta tormenta no va a escampar. Su tiempo ha terminado. El suyo y el de Soraya con su patulea de Nadales y Montoros. Nadie les echará en falta porque nadie les quiso nunca.

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