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Sánchez sobre el alambre

Nunca antes habíamos tenido un Gobierno con menos apoyo parlamentario que el de Pedro Sánchez. Y cuando digo antes digo en toda la historia del parlamentarismo español. Ni ahora, ni en la República, ni en tiempos de Alfonso XIII, Alfonso XII o Isabel II. Un lejano precedente lo encontraríamos en las elecciones de 1931. En aquel momento, recién proclamada la segunda república, el PSOE de Julián Besteiro tuvo que formar Gobierno con sólo 115 escaños (había 470 entonces) y el 24,5% de los votos. Tan apurado iba que se forjó una coalición republicano-socialista que, inestable como era, dio lugar a elecciones anticipadas dos años más tarde. La coalición entró en crisis y el presidente Alcalá Zamora tuvo que disolver las Cortes.

Pedro Sánchez se dispone a gobernar con 84 escaños y un 22% de los votos. A diferencia de Besteiro, Azaña y Marcelino Domingo en el 31, Sánchez no tiene coalición alguna en la que apoyarse más allá del variopinto hatillo de partidos que se sumó a la moción de censura contra Mariano Rajoy. Aquello, que era una pirueta imposible pero extremadamente audaz, le salió bien, pero a partir de aquí todo es un misterio que, con tan menguada renta parlamentaria, preludia un desenlace no muy esperanzador.

84 diputados son muy pocos para todo. Para sacar adelante una simple ley orgánica necesita mayoría absoluta, es decir, más del doble de lo que tiene en propiedad. En la Mesa del Congreso está en minoría. El PP y Ciudadanos le pueden paralizar todas las iniciativas, absolutamente todas. Tampoco dispone de ningún socio enteramente fiable. Y no tiene donde elegirlo. Con Podemos no le llega, con Ciudadanos tampoco, por lo que se verá obligado a hacer encaje de bolillos para casi cualquier cosa.

Claro, que Pedro Sánchez podría renunciar a gobernar durante los dos próximos años, limitarse a ocupar la Moncloa y la cúpula de la administración e ir tirando con lo que hay. Eso se coloca a merced de todo el arco parlamentario. De una manera anárquica además, porque los golpes pueden llegarle de cualquier lado.

Sánchez ha llegado al Gobierno en un momento un tanto peculiar. Los presupuestos estaban aprobados en el Congreso pero faltaba que pasasen por el Senado. Ahí la correlación de fuerzas es muy distinta. El PP disfruta de una holgada mayoría absoluta en la cámara alta: 149 escaños, 87 más que el PSOE. En principio Sánchez ha aceptado quedarse con los presupuestos de Rajoy, entre otras cosas porque los votos del PNV en la moción de censura dependían de que esos presupuestos siguiesen vigentes.

El presupuesto es la principal herramienta de política económica. Sánchez tendrá que emplear la que le ha dejado Rajoy en herencia. Para 2019 podría ya diseñar unos presupuestos propios, pero si al PP le ha costado Dios y ayuda poner de acuerdo a tres, Sánchez se enfrenta a una misión imposible cuando tenga que sumar cinco o seis voluntades, cada una de su padre y de su madre.

En lo que eso llega tendrá que vérselas con Podemos, su gran aliado durante la moción. Es previsible que Pablo Iglesias, sabedor de que las urnas serán la espada de Damocles del recién llegado, insista mañana, tarde y noche en que Sánchez no es más que la continuación del rajoyismo mientras que ellos representan a la genuina izquierda. No olvidemos que, descontando los intereses puntuales, el verdadero enemigo de Sánchez no es el PP, sino Podemos y Ciudadanos, los responsables en última instancia de que el PSOE haya pasado de los 11,2 millones de votos en 2008 a los 5,4 de las últimas elecciones.

Es por ello que Sánchez tendrá que sopesar con mucha calma a quien complace porque la mayor parte de las veces sólo podrá complacer a uno y enfadar a todos los demás. Si se entrega a la facción nacionalista le pondrá en bandeja la campaña a Ciudadanos, si lo hace con la comunista el beneficiado será el PP, si opta por la moderación y practica cierto continuismo con la era Rajoy, Podemos tratará de sacar tajada.

Las presiones van a ser brutales desde todo el hemiciclo. El PNV querrá aprovechar el momento de aparente debilidad en el Gobierno central para arrancar concesiones. La extrema izquierda, por su parte, reclamará más gasto y que el Gobierno se declare en rebeldía con Bruselas. Los independentistas catalanes seguirán con la misma canción, pero evitar que suene no depende del presidente del Gobierno ya que ni podrá soltar a los políticos presos ni podrá pactar un referéndum. En España, por fortuna, la ley todavía está por encima de los gobernantes.

Con todas las puertas cerradas podría tratar de aplicar alguno de los puntos de su programa electoral de 2016, pero lo tendrá difícil porque carece de mayoría. Y aunque encontrase apoyos (caso de la reforma laboral), se encontrará con que pone en riesgo la creación de empleo, que sigue a buen ritmo y no tiene visos de decaer. Si vuelven a llenarse las oficinas del INEM puede ir despidiéndose de ganar las elecciones.

La única idea fija de Pedro Sánchez, como la de cualquier otro político, es seguir en la poltrona. Ha llegado de un modo algo accidentado y se sabe señalado. Necesita pasar por las urnas y legitimar lo suyo. Confía en que estos dos años le sirvan como trampolín para ganar con solvencia las elecciones de 2020 en las que Mariano Rajoy ya no estará, pero sí otros líderes sin marcar y de su edad como Albert Rivera o Pablo Iglesias. Para llegar en condiciones de ganarlas no puede cometer errores ni significarse como un radical en Europa.

Esto lo que nos viene a decir es que la de Sánchez será media legislatura anodina y de mera transición en la que, sin embargo, el PSOE se lo jugará todo. Si consigue cuadrar el círculo no irritando demasiado a nadie, un partido que hasta ayer estaba desahuciado podría convertirse en el gran triunfador de las próximas elecciones. Claro, que con alguien tan ambicioso pero a la vez tan limitado como Sánchez, quizá sea esperar demasiado.

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