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Muchos respiraron aliviados el domingo 17 en Colombia. Se temían lo peor. Se temían que Gustavo Petro, el izquierdista con más proyección electoral de la historia del país, se hiciese con la presidencia en un descuido. El miedo, razonable habida cuenta de ciertas amistades pasadas del candidato, no estaba del todo justificado.

La de Petro no era una empresa imposible, pero si bastante improbable. Colombia es un país de natural conservador que viene de medio siglo de conflicto civil provocado por guerrillas de extrema izquierda. La herida aún supura y, aunque cerrada, está aún lejos de cicatrizar. Las guerrillas en Colombia han llenado el país de tumbas desde los años 60, una factura que asciende a unas 200.000 vidas, la mayor parte de ellas de civiles desarmados.

El propio Petro fue guerrillero en su juventud. Militó en el M-19, una banda que entregó las armas hace ya 25 años. Antes de eso sus integrantes habían tomado al asalto el palacio de Justicia de Bogotá en una operación que les granjeó fama mundial, pero que terminó saldándose con una auténtica escabechina cuando el ejército entró a liberarlo.

A Petro su pertenencia al M-19 le pesa como una losa. Eso y su amistad en el pasado con Hugo Chávez, que ha sido objeto de acalorado debate durante los últimos meses. Así las cosas su única opción de ganar era que la derecha se presentase dividida o que lo hiciese con un candidato muy torpe.

Lo primero sucedió, quizá de ahí el miedo que recorrió la espina dorsal del país desde primeros de año. En la primera vuelta se presentaron tres candidaturas que podríamos calificar como derechistas: la de Germán Vargas Llera, la de Humberto de la Calle y la de Iván Duque. Los dos primeros eran políticos experimentados. De la Calle fue ministro e incluso vicepresidente en los años 90. Al tercero no se lo tomaban demasiado en serio. Iván Duque no pasaba de ser un rookie que apenas llevaba cuatro años en el Senado aunque, eso sí, venía con la unción personal de Álvaro Uribe.

De primeras no parecían rivales de altura. Vargas y De la Calle por lo marcados que estaban, Duque por su supuesta bisoñez. Pero sólo supuesta, el joven candidato no tiene nada de bisoño. Supo desde el primer momento modular su mensaje hasta convertirlo en irresistible para la derecha uribista, pero no demasiado amenazador para el centro y la izquierda moderada.

Duque entendió el momento político a la perfección. Entendió desde el inicio de la campaña que sólo pronunciar la palabra Venezuela provoca que se erice todo el vello corporal del interlocutor. No es para menos. De dos años a esta parte Colombia se ha llenado de exiliados venezolanos que salen huyendo de un chavismo en bancarrota que ya sólo ofrece hambre y cadenas. Eso lo puso a funcionar a su favor.

La victoria de Duque es en buena medida la del miedo a Chávez personificado en Gustavo Petro. Esto y un programa razonable, purgado de maximalismos, le ha reportado un botín de más de 10 millones de votos, el 53% del total. Quizá nos parezca mucho, pero no lo es tanto a la luz de los resultados que obtuvo Santos en 2010 (el 69%) o Uribe en 2006 (el 62%). Resumiendo, que Colombia le ha entregado las llaves de la Casa de Nariño pero no con una ovación abrumadora. Algo similar a lo que le ocurrió al propio Uribe en las elecciones de 2002, cuando se hizo por primera vez con la presidencia.

Pero Uribe en aquel entonces no tenía enfrente a un candidato como Petro, que ha conseguido el hito histórico de devolver la confianza a la izquierda colombiana y, lo que es más importante aún, de normalizarla políticamente. Esto vendría a confirmar que la Colombia de hoy no es la de hace veinte años. Los acuerdos de paz con las FARC, criticables en muchos aspectos, no fueron fruto de la casualidad. Tampoco lo fue el hecho de que el partido político creado por los ex guerrilleros despertase la animadversión general y se viera obligado a disolverse.

Colombia, en definitiva, tanto en la derecha como en la izquierda, da por amortizado el pasado y mira al futuro con cierto optimismo. El acuerdo con las FARC parece irreversible y, aunque Duque quiere hacer algunos cambios para eliminar ciertos excesos en los que Santos cayó, en lo fundamental se mantendrán. Pero eso, a fin de cuentas, no es más que el pasado. Si Duque quiere dejar un legado perdurable tiene que centrarse en otros asuntos que para el colombiano de a pie son mucho más urgentes.

Colombia se encuentra en un momento clave de su historia. El pasado mes de mayo ingresó oficialmente en la OCDE, el club de los países desarrollados y la antesala necesaria de los que aspiran a serlo. La OCDE no acepta a cualquiera, sólo a los países que realmente tienen posibilidades de ascender a primera división. El objetivo casi único de Duque debería ser colocar a Colombia en la pista de despegue para que en el curso de las dos próximas décadas el país se incorpore en el primer mundo.

Buena parte de los problemas de Colombia provienen de la pobreza y ésta es consecuencia del chip tercermundista instalado en la mente de sus líderes. El tercermundismo es algo más que una ideología, es una actitud ante la vida muy habitual, por desgracia, entre los políticos hispanoamericanos. Si Duque lo desinstala sólo tendrá que ir aplicando las políticas públicas adecuadas, las que han funcionado en países vecinos como Chile.

Ya no tiene la losa de la guerrilla, tampoco la de una izquierda echada al monte y enfeudada a La Habana que sistemáticamente ponía en duda la legitimidad de la República. Al superar la barrera psicológica del 40% de los votos Petro ha conseguido algo inédito para un candidato tan escorado a la izquierda. ¿Significa eso que por fin la izquierda se ha integrado en el sistema? Todo parece indicar que si, pero habrá que esperar porque no sería la primera vez en la que se produce una recaída en viejos vicios.

Por de pronto la oportunidad está ahí. Colombia no se veía en una como esta desde hace décadas. Todo es cuestión de que los colombianos se lo crean.

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