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La concordia de Helsinki

La cumbre de Helsinki entre Donald Trump y Vladimir Putin ha desencadenado un torrente de críticas. La prensa en su conjunto, la de los dos lados del Atlántico, coincide en el análisis de que Trump desde la Casa Blanca y Putin desde el Kremlin son dos caras de la misma moneda, un peligro para la humanidad y, aunque parezca lo contrario, están en el mismo bando y aplican idéntica estrategia.

Lo primero, la presunción de que entre ambos vayan a acabar con todo, aún está por ver. Trump lleva ya año y medio -muy intenso, por cierto- amarrado al poder y el mundo sigue donde estaba en enero de 2017. Se han enfriado incluso algunos puntos calientes como la península de Corea y, allá donde ha subido la temperatura, lo ha hecho más por retórica que por hechos contantes y sonantes. El muro con México aún no se ha levantado, la OTAN sigue en su sitio y en lo de los aranceles hay todavía mucho más ruido que nueces.

Lo segundo, eso de que Trump y Putin juegan en el mismo equipo, no es del todo cierto. Trump es un jugador a corto plazo, dispuesto a alterar el statu quo pero sólo si ese statu quo no se ajusta a sus planes inmediatos. Putin es todo lo contrario. Es paciente, poco impulsivo y apuesta siempre a largo plazo. Luego cualquier colaboración entre ambos será momentánea y meramente táctica.

La preocupación principal de Trump y su gabinete es que EEUU ha perdido peso en el mundo y quiere recuperarlo, aunque sea parcialmente. De ahí su obsesión con la política comercial. El inquilino de la Casa Blanca considera que el marco arancelario actual, hijo de sucesivas rondas de liberalización, perjudica a EEUU y beneficia a su principal rival en el plano económico, que no es Europa sino China.

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No busca la confrontación con Rusia. Aspira a llegar con Moscú a un entendimiento similar al que tenía en los años que sucedieron a la caída del muro de Berlín, cuando una Rusia exangüe se echó en manos de Occidente aceptando de buen grado su primacía.

Evidentemente los tiempos han cambiado. La Rusia de 2018 no es la de 1991. Trump lo sabe y lo entiende. No tiene problemas en respetar un área de influencia rusa en Asia, Oriente Medio e incluso en Europa, donde la ejercerá en buena medida a costa de la UE, una jaula de grillos sin estrategia común que le ha puesto la proa a Trump desde su ascenso al poder. De nuevo el corto plazo.

La administración estadounidense no ha movido un dedo por la cuestión de Crimea y mira hacia otro lado en la ucraniana. No es que les parezca bien la intervención rusa en Ucrania o la anexión de Crimea. Simplemente no les afecta directamente y, por lo tanto, no entorpece sus planes.

Toda la geopolítica trumpista está impregnada por el juego a corto. La OTAN quizá sea el ejemplo más claro. Es un gran invento como organismo de seguridad colectiva, pero hace tiempo que dejó de servir exclusivamente a los intereses de EEUU.

Desde el final de la guerra fría la alianza atlántica se ha europeizado. Eso a Trump no le convence, por lo que se niega a costearlo. De ahí su insistencia en que los aliados gasten más en defensa. Pero, mientras no escatima invectivas para los europeos occidentales, trata con mimo a los de Europa oriental, para los que Washington ha encontrado una utilidad a corto plazo: servir de aviso a Rusia de que su bando natural es junto a ellos.

El enfoque geoestratégico de Putin es mucho más convencional que el de Trump. Una vez ha conseguido sacar al país de la postración que siguió a la implosión de la URSS, aspira a que Rusia se integre en igualdad de condiciones en una suerte de concierto de las grandes potencias no muy distinto al que surgió del Congreso de Viena en 1814, al término de las guerras napoleónicas.

Eso le obliga a asegurar su hinterland y a hacer que los demás la respeten. La faena de Putin en los últimos tres lustros ha consistido en contener el avance de la Unión Europea y de su brazo armado que, en muchos aspectos, es la OTAN. Hay exclaves rusos como el de Kaliningrado que están totalmente rodeados por países UE-OTAN. Un detalle muy ilustrativo al respecto es que todos los Estados que formaron parte del Pacto de Varsovia son hoy miembros de la OTAN, de la UE y, en algunos casos como Eslovaquia o las repúblicas bálticas, también de la eurozona.

Putin, en definitiva, ha acabado con la conocida como Doctrina Sinatra, impuesta por Gorbachov durante la Perestroika y que se tradujo en que cualquier país de la esfera soviética quedó libre para salir de ella. El propio Putin fue testigo de aquello cuando estaba destacado como agente de la KGB en Dresde a finales de los años ochenta.

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La doctrina Putin es de corte brezneviano. Por eso a lo largo de sus sucesivos mandatos ha metido el ejército en Georgia y Ucrania poniendo toda la carne en el asador. A resultas de ello tanto Georgia como Ucrania han perdido parte de su territorio. Los Gobiernos de ambos países claman, pero en el desierto porque nadie les escucha. Tampoco EEUU. No lo hizo Obama y menos aún lo hará Trump.

Tenemos, por lo tanto, dos aproximaciones muy distintas hacia la política internacional que coinciden en el hecho de que ambos pretenden recuperar el terreno perdido en el último cuarto de siglo. En todo lo demás difieren. Un síntoma más de como el concierto mundial posterior a la caída del muro se está desvaneciendo.

EEUU seguirá siendo la potencia hegemónica durante todavía mucho tiempo, pero no lo será eternamente. Ya han entrado en escena nuevas potencias como China y la India, que albergan a un 40% de la población mundial. La preponderancia de EEUU y, por extensión de Occidente, seguirá menguando.

Pero esto a Donald Trump no le importa mucho. Sus objetivos son a corto plazo. Trata, como cualquier hombre de negocios, de salvar el ejercicio. Para conseguirlo hoy por hoy necesita a Putin y Putin le necesita a él.

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