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Más impuestos, esto es la guerra

Hace cinco o seis años, en plena crisis económica, la subida de impuestos era la herramienta mágica que, según todos los partidos, conseguiría sacarnos de aquel marasmo. El gran impuestazo vino de Rajoy. Nada más llegar al poder, en el curso del primer consejo de ministros, aprobó la mayor subida de impuestos de la historia fiscal de España. Fue en plena Navidad, coincidiendo con el día de los inocentes, por lo que muchos pensaron que se trataba de una broma cuando aquella mañana los digitales empezaron a escupir la noticia.

El equipo económico que acababa de aterrizar en Moncloa se vio ante un descuadre tal de las cuentas públicas que, puesto ante la tesitura de recortar gasto o subir impuestos, se decidió por lo segundo. El contribuyente, a fin de cuentas, no suele salir a la calle a manifestarse. Las numerosas castas que viven a costa del presupuesto lo hacen a menudo, a veces con gran violencia.

Ahí surgió la primera gran fisura entre el PP y su base social. No por nada en especial, sino por el hecho de que Rajoy había prometido reducir la carga fiscal tan pronto como llegase al poder. En aquellos días estaban frescos los debates electorales y las soflamas mitineras en las que los candidatos del PP acusaban a Zapatero de haber convertido España en un infierno fiscal y que, precisamente por eso, era imposible superar la crisis.

Pues bien, los subieron, y de que manera. Arguyeron con cierto complejo de culpa que no les quedaba otra, que el déficit estaba disparado y que los cajones rebosaban de facturas sin pagar. El resultado fue que la crisis se agudizó. La economía entró en una nueva fase depresiva que duró hasta bien entrado el año 2013.

Eso, claro, no quisieron verlo pero si enviaron un poderoso mensaje al mercado electoral: todo pasa por subir impuestos. Si el partido que decía que había que bajarlos los sube, ¿qué no harían los que aseguraban que sólo subiéndolos alcanzaríamos la redención? A partir de ese momento todo el debate giró en torno a cuánto era oportuno ajustar una presión fiscal siempre al alza.

El debate alcanzó su paroxismo en 2014 cuando Podemos irrumpió en el panorama político y puso sobre la mesa marginales del IRPF superiores al 80% para financiar rentas básicas y otras golosinas. Todo era, decían, para salir de la crisis. Una vez conseguido ya no haría falta subir más. Craso error. Según han tocado poder, y a pesar de que la situación económica es incomparablemente mejor a la de 2013, en lo primero que han pensado es en sacudirnos un rejonazo fiscal de grandes proporciones. Bueno, uno no, cinco. Cinco rejones fiscales que nos van a dejar el lomo ensangrentado a todos.

Porque los impuestos, aunque no te los suban directamente, también te afectan ya que la economía es un conjunto de interacciones complejo y sofisticado. De manera que si a una empresa le colocas una tasa la repercutirá automáticamente en los productos que fabrica o los servicios que presta. Puede también absorberla. En ese caso la víctima sería el empleado, el accionista o la calidad del producto final.

Esto el Gobierno lo sabe, pero su voracidad es tal que está dispuesto a cualquier cosa con tal de tener más dinero para gastar y, de este modo, fraguar una pequeña clientela que le entregue el voto en las próximas elecciones.

El primero de los impuestos que Pedro Sánchez va a subir es el de Sociedades, una subida que ya llevaba en su programa electoral. Sánchez afirma que el tipo real efectivo es del 6,9% (el general es del 25%), pero esto no es cierto. Ya se le ha explicado que esa estimación de la Agencia Tributaria es errónea. El tipo de Sociedades promedio en España ronda el 20% después de las deducciones y exenciones a las que pueden acogerse los empresarios.

Pero nada, siguen a lo suyo a pesar de que Sociedades es uno de los impuestos que con más profusión se emplean para atraer empresas. Hasta Tsipras en Grecia tiene intención de bajarlo para estimular la actividad de la moribunda economía griega. En Podemos van incluso un poco más lejos y quieren que las empresas nacionales tributen en España lo que ganan fuera. Esto supondría un auténtico desafuero porque la fiscalidad, como la Justicia, es territorial.

Otro impuesto que se han sacado de la manga es el llamado impuesto al diesel, con el que pretenden recaudar 2.000 millones de euros. Este lo han disfrazado de tasa ecológica y aseguran que no afectará a los transportistas y, por lo tanto, las clases media y baja no lo notarán.

Todo muy bonito si no fuese porque los motores diesel modernos contaminan lo mismo que los de gasolina. Eso por no hablar de que en España es la clase media la que emplea vehículos diesel por sus menores consumos y la proverbial dureza de estos motores. Los ricos pueden comprarse un Tesla eléctrico o un Mercedes deportivo de gasolina. Pueden y se los compran. No hay más que pasear por los barrios exclusivos de Madrid o Barcelona y comprobar personalmente como los automóviles eléctricos son hoy un capricho de gente acomodada.

Otro de los impuestos con los que les hacen los ojos chiribitas es el de las transacciones financieras, más conocido como impuesto a la banca, que quieren endurecer con un gravamen extra a la compraventa de acciones y otro a la de derivados. Las consecuencias no son muy difíciles de prever. Las entidades trasladarán el impuesto a sus clientes y, respecto a las tasas sobre la compraventa de valores, provocará que el mercado financiero español pierda volumen. Quien quiera invertir en acciones lo hará en Fráncfort o Londres. Hoy se puede hacer con el mismo esfuerzo que en Madrid y es perfectamente legal.

Pero el impuesto estrella es la subida del tramo máximo del IRPF en cuatro puntos. Esperan recaudar sólo 400 millones, una auténtica miseria que justifican en cuestiones ideológicas y de redistribución. En España son muy pocos los que declaran rentas superiores a 140.000 euros, tan solo unas 90.000 personas en un país de casi 47 millones de habitantes.

Menos serán si se aprueba la subida. En algunas regiones como Cataluña la retención se irá por encima del 50%. Rentas de 140.000 euros se quedarán en 70.000. Me parece una barbaridad. Es un castigo desproporcionado a los que más éxito han tenido trabajando. Porque el IRPF no grava el patrimonio o las herencias, grava mayoritariamente las rentas del trabajo. Subirlo ya se sabe que efectos conlleva. Como por arte de magia cae el número de declarantes y el recaudador se queda con un pasmo de narices sin terminar de explicarse lo que ha pasado.

Por último y a modo de guinda del pastel, tienen en mente un impuesto a las tecnológicas del que no se sabe mucho. Van a esperar a ver que decide la Unión Europea al respecto. Aquí parece que el palo quieren darlo en comandita. Sea el que sea no será muy adecuado para la innovación en este campo en el que ya Europa está muy atrasada con respecto a Estados Unidos y Extremo Oriente.

En esto viene a resumirse el programa económico de Sánchez. Más impuestos porque necesitan más dinero para, como decía Zapatero, hacer política, es decir, para comprar votos. Nada que no hubiésemos visto ya, lo que no nos ha impedido tropezar dos veces con la misma piedra.

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