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A Boris se le acaba el tiempo

Ni Boris Johnson ni nadie de su gabinete se ha tomado vacaciones este año. No pueden. El día 31 de octubre está a la vuelta de la esquina y tienen que prepararlo todo para lo que, según ellos, será una salida de la Unión Europea como nadie hubiese querido. Johnson ha convertido este mensaje en el único que se escucha mediante una curiosa operación de comunicación política. Hasta hace dos meses los que hablaban de Brexit sin acuerdo tenían que ponerse a la defensiva y dar explicaciones de su postura. Hoy sucede lo contrario. Son los partidarios de la salida acordada los que tienen que exponer sus razones para apoyar ese acuerdo tan malo firmado por Theresa May.

Con el discurso oficial invertido y en la antípodas de hace un año Johnson se siente fuerte para, por ejemplo, derogar la European Communities Act 1972, aprobada hace 47 años como requisito para acceder a la entonces Comunidad Económica Europea. May nunca se hubiese atrevido a tanto, pero Johnson lo hizo la semana pasada sin que sucediese nada más allá de algo de nerviosismo entre las firmas de la City que, tras tres años de negociaciones y paños calientes, ven ahora que lo peor es posible.

Todas esas empresas habían hecho planes de contingencia, pero en muchos casos se trataba de simples ejercicios sobre un papel. Hasta hace unos meses no había siquiera acuerdo final. Es cierto que cuando éste se firmó el Parlamento lo detuvo, pero eso no hizo temer a nadie, era cuestión de tiempo que en Westminster agachasen el lomo y se aviniesen los diputados díscolos a votar a favor. Entonces llegó Boris. El Brexit en sí fue un cisne negro. El ascenso de Boris Johnson el regreso de ese cisne.

En el sector financiero se presenta una dificultad añadida. El 31 de octubre cae en jueves, por lo que el día siguiente será de mercado. No sucedía lo mismo en marzo. El 29 de ese mes, fecha en la que tenía que formalizarse la salida, era viernes y eso daba a las empresas dos días de respiro para mover sus libros y contratos a otras plazas dentro de la UE. Además, y esto es lo más importante, hasta hace un mes nadie en su sano juicio se atrevía a hablar de un Brexit duro. Era una posibilidad entre un millón, una hipótesis catastrófica con la que jugaban los periodistas para tratar de adivinar que pasaría si May cortaba por lo sano y se iba de un portazo. Hoy ya no es una hipótesis descabellada, es un escenario posible. De ahí el pánico.

Esto ha dado alas a cierto catastrofismo que en algunas publicaciones roza con el milenarismo. La semana pasada el Sunday Times llevaba un informe supuestamente secreto denominado Yellowhammer, un plan de contingencia que ha hecho el Gobierno para enfrentar los días posteriores a la salida. De ser cierto el gabinete de Johnson se prepara para lo peor: escasez de alimentos, derrumbe de la libra, caos en las fronteras, especialmente la de Irlanda, y manifestaciones por todo el país. El Times es de los pocos periódicos que ha sabido mantener una posición más o menos equilibrada en torno a la cuestión del Brexit. Durante la campaña del referéndum dio una de cal y otra de arena, a diferencia del Telegraph, que mantuvo (y sigue manteniendo) una posición claramente partidaria del Brexit, o del Guardian, que se sitúa en la posición contraria. Parece lógico que esta filtración se haya canalizado a través del Times.

El hecho es que el panorama que pinta el informe Yellowhammer es aterrador pero no muy alejado de la realidad. Si se materializa el temido Brexit duro las importaciones se encarecerían notablemente de un día para otro. En un país que importa el 60% de los alimentos que consume y que para muchos de los cuales no tiene sustituto nacional, la factura de la compra se encarecería de manera significativa en sólo unas horas.

Eso, claro, cuando los alimentos lleguen a los supermercados porque otro de los efectos inmediatos serían los atascos en las fronteras, tanto en las del Canal como en la irlandesa. El Reino Unido pasaría a ser a efectos aduaneros como Rusia o Tayikistán, es decir, que las relaciones comerciales pasarían a regirse por las normas de la OMC. Para intercambios pequeños estas normas son suficientes, pero no para los 340.000 millones de euros que el Reino Unido importa de la UE y los 290.000 millones que le exporta. La balanza comercial es favorable a la UE en bienes, pero no en servicios. El Reino Unido exporta muchos más servicios a sus todavía socios de los que les importa. Una cosa, en definitiva, viene a compensar a la otra.

Los problemas en la aduana y el encarecimiento inmediato de la cesta de la compra serían los efectos que primero se advertirían, pero no serían los únicos. Todos negativos para ambas partes, pero el Reino Unido se llevaría el peor golpe ya que la UE distribuye el impacto entre varios. Entonces, ante un escenario tan abracadabrante, ¿por qué Boris Johnson insiste en salir a cualquier coste? Seguramente porque se trata de un farol. Esto nos da pie a otra pregunta: ¿quién filtró el informe Yellowhammer? Caben dos posibilidades. O lo hizo el primer ministro o lo hicieron altos cargos contrarios al gabinete pero con acceso al informe.

Si lo hizo el Gobierno tal vez fue para que los británicos vayan preparándose mentalmente para lo que viene al tiempo que crispa el ambiente y polariza a los votantes de cara a unas elecciones que se presumen próximas. Sería también un mensaje para Bruselas, algo así como «esto es lo que nos va a pasar, pero vosotros no os vais a ir de rositas, os salpicará de cerca y os meterá en una crisis económica».

Si fue una filtración interesada en perjudicar al Ejecutivo nos vendría a confirmar que el gabinete Johnson no es el calmado estanque que él trata de transmitir. Los puñales afloran ya tras las cortinas y muchos se están repartiendo su túnica. Ambas hipótesis son plausibles, como también lo es el hecho de que Johnson se esté cerrando sus propias vías de escape y, llegado el momento, no le quede otra que atacar de frente. Personalmente no lo creo. Johnson es un tipo estrambótico y se le calienta la boca con facilidad, pero no es un suicida. Eso sí, podría ser que la apuesta le termine saliendo mal.

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