A nadie se le oculta que con el abandono del acuerdo nuclear con Irán Donald Trump ha dado uno de los pasos más arriesgados desde que es presidente. Un paso que tendrá consecuencias en el medio y el largo plazo. El acuerdo, con todo, estaba muerto desde que Trump llegó a la Casa Blanca. Simplemente no le gustaba, y no podemos culparle por ello, ese acuerdo era francamente malo. Lo sacó adelante Obama en la recta final de su segundo mandato para apuntarse un tanto y poner un granito más en su legado.
En aquel entonces se dijo que era el fin de 36 años de desconfianza y malas relaciones entre Irán y Occidente. Se trataba de propaganda trufada de «wishful thinking», ambas, por lo demás, muy habituales durante el obamato. Todo con el aplauso unánime de los medios de comunicación que, a pesar de lo machacones que se pusieron con el tema en 2015, no consiguieron convencer ni a la mitad de los estadounidenses tal y como se desprende de las encuestas realizadas entonces.
El acuerdo no contemplaba elementos esenciales como las pruebas balísticas, que el Gobierno iraní ha seguido realizando cuando lo ha creído necesario. Fijaba, por ejemplo, un máximo de 130 toneladas de agua pesada que Irán podía almacenar. El agua pesada es un indicador indirecto, sirve para refrigerar los reactores que producen plutonio. Esto lo hizo en al menos dos ocasiones. La primera de ellas en febrero de 2016, sólo un mes después de que el acuerdo entrase en vigor.
Uno de los puntos más importantes del acuerdo era el régimen de inspecciones. Se hablaba de que iba a ser el más estricto jamás adoptado, Pues bien, cuando los inspectores de la Agencia Internacional para la Energía Atómica se personaron en ciertas bases militares Teherán les denegó el acceso. Podía hacerlo ya que eso tampoco estaba incluido en el acuerdo.
Es increíble que pasasen tantos años negociándolo y no insistiesen en incluir puntos tan esenciales. Claro, que quizá tenían prisa. A Obama le quedaban meses en la Casa Blanca y quería resolver el asunto cuanto antes para colgarse la medalla de la paz. El Nobel no porque ese ya lo tenía desde 2009 cuando apenas le había dado tiempo a mover un bolígrafo en su despacho.
Para los ayatolás era el negocio del siglo. Con razón estaba tan sonriente el ministro de Exteriores iraní el día de la firma del acuerdo en Viena. Por un lado les levantaban las sanciones que estaban haciéndoles mucho daño. Por otro se abrieron de nuevo al mercado internacional de crudo. Esos nuevos recursos, y estamos hablando de muchos miles de millones de dólares, les permitían regresar a una política internacional expansiva.
El resultado es que, en lugar de la era de paz que esperaban los líderes europeos con Federica Mogherini a la cabeza, lo que tenemos es más inestabilidad que nunca en Oriente Medio. Irán se ha metido de hoz y coz en las dos guerras en curso actualmente: la de Siria y la de Yemen. Patrocina grupos terroristas como Hezbolá, cuya coalición acaba de ganar las elecciones del Líbano, y es el principal apoyo de Hamás en Gaza y Cisjordania. Esto último no lo digo yo, lo dicen los de Hamas. Estas han sido, en definitiva, las consecuencias prácticas del acuerdo por encima de la cháchara buenista con la que los políticos entretienen el tiempo.
Ahora bien, acabar con el acuerdo implica muchos riesgos que Washington debe tener en cuenta. Que el acuerdo de 2015 no haya sido un mecanismo efectivo para impedir que Irán siga flirteando con la idea de dotarse de un arsenal nuclear, no significa que se esté mejor sin acuerdo. La prioridad de EEUU debe seguir siendo la misma: que no proliferen las armas atómicas por el mundo y, menos aún, en un avispero como Oriente Medio. Para eso necesita sentar de nuevo a los iraníes, leerles la cartilla y cerrar un compromiso serio por parte de Irán para que no siga por ese camino.
Las razones por las que Teherán quiere contar con armas nucleares están a la vista de cualquiera. Busca la primacía regional y ponerse por delante de Arabia Saudí y los emiratos del golfo. Son precisamente estos los que más han presionado a la administración Trump para que abandonase el acuerdo. Pero ni EEUU ni sus aliados europeos están para servir a los intereses de los jeques saudíes, sino para hacer del mundo un lugar más pacífico, seguro y en el que se respete la legalidad internacional.
Quizá de la ruptura de este acuerdo surja uno mejor, pero eso no va a suceder si no se aprieta las tuercas al régimen iraní a quien, entre otras cosas, hay que enseñarle a cumplir lo que promete.
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