Hasta hace no mucho estaba convencido de que el perroflautismo era un fenómeno exclusivamente español, es decir, que, para su desventura, nuestros hermanos del otro lado del charco no habían asistido aún a este circo ideológico que siempre cabalga entre lo hilarante y lo grotesco. Quizá en Argentina, pensaba, por aquello de que es el espejo de España en el hemisferio sur, tengan algo parecido, pero desconocía el nombre con el que les llamaban. Pues bien, en esas estaba cuando el año pasado Vanesa Vallejo me invitó a su programa en Panampost y me resolvió el enigma: en Colombia existen, y se les denomina «mamertos». Me tiré por los suelos de risa, claro, porque el nombre es cojonudo, mejor incluso que perroflauta. Admite, además, retorcimientos a partir de la raíz. De mamerto se puede derivar «mamertología», «mamertizado» o «mamertaje» para ir describiendo la rica variedad de actos y pensamientos que nuestros perroflautas/mamertos desarrollan en sus quehaceres diarios.
Pero me quedaba corto, desde entonces he ido descubriendo o, mejor dicho, me han ido descubriendo los oyentes americanos de La ContraCrónica, los diferentes apelativos con los que se conoce al perroflautaje local. En México los llaman «chairos», en Chile «comunachos», en Venezuela «ñangaras» y en Argentina «zurdos». Ñangara se ha extendido por Panamá, Honduras y otros países de Centroamérica. Zurdo supongo que a estas alturas habrá cruzado ya el Río de la Plata y será de uso común entre los uruguayos. En Guatemala, al menos en 2015, que fue el año que pasé allí, no tenían nombre, pero a Guate muchas cosas llegan con retraso, así que, por su lugar en el mapa, o adoptarán la terminología mexicana o la venezolana. También podrían si se ponen a ello acuñar una palabra nueva, los chapines son muy hábiles con todo lo que tenga que ver con hacer chistes.
Con todo, el término que está triunfando es mamerto. Ya se sabe que no hay cosa más pegadiza que la fraseología y la jerga coloquial del vecino. Los hispanos no podemos comerciar libremente entre nosotros, hay un batallón de aranceles y mil disposiciones aduaneras entre nuestros países, no podemos siquiera movernos libremente y asentarnos donde nos venga en gana sin tener que pasar antes por una pesadilla burocrática, pero el que nos prestemos palabras no pueden evitarlo. Y eso es exactamente lo que hacemos. Pero bueno, volviendo al tema que me ocupa, el término mamerto es perfecto porque, aparte de su suave sonoridad no exenta de firmeza con esa «t» que pone punto final a la invectiva, no es propiamente un neologismo, es decir, que ya existía antes aunque variaba ligeramente su significado en cada país. En Perú, por ejemplo, un mamerto es un bobo, en Uruguay un borracho, en El Salvador un memo, en México un arrogante, en Ecuador un torpe y en Costa Rica uno que siempre se equivoca. Esto viene a demostrar lo que yo ya sabía desde hace tiempo, que los colombianos son unos genios.
Solo hay un pero. El otro día hablándolo con unos amigos me dijo uno de ellos que Mamerto es también nombre propio, que hay gente en Guinea Ecuatorial que se llama así. Guinea está en África pero son también hispanohablantes, luego si el término se populariza los guineanos de nombre Mamerto se van a terminar cagando en la madre que parió a Nariño, a Torres Tenorio y a Simón Bolivar. Un minúsculo e inapreciable daño colateral a cambio de todo lo que gana el acervo lingüístico común.
Aquí os dejo una pequeña guía visual para que no os perdáis.

