
Bergman, que en alemán significa montañés, pensó que, después de una anodina y anónima vida de fotoperiodista, había llegado el momento de acompañar a Bobama en su asalto a la Historia. Como en esto de la fotografía está ya todo inventado -era poco probable que Michelle caballote Obama se cayese al subir al estrado y que en ese preciso instante el resto de fotógrafos estuviesen cambiando la tarjeta-, pensó que el mejor modo de dar que hablar era hacer la foto con una resolución extraordinaria, una borrachera de mega píxeles, cientos… quizá miles.
¿Y con una Canon G10 tomó una foto de 1.474 megapíxeles? ¿Es una G10 especial para fotógrafos obamitas que quieren pasar a la historia? ¿Extrapoló hasta el infinito los 15 mega píxeles de la Canon? No, nada de eso. Aparte del trípode y de la G10, Bergman acudió al evento con un ingenio robótico que se conoce como Gigapan y que es capaz de disparar un montón de fotos en muy poco tiempo. Aquella mañana disparó 220 veces formando un cuadro total de 59.783 x 24.658 puntos. Un disparate.
Una vez hecha la foto, perdón, las 220 fotos, Bergman se fue a su casa y puso a trabajar al ordenador. La criaturita del fotógrafo, un simple MacBook Pro al alcance de (casi) todos los bolsillos, invirtió más de seis horas y media en ensamblar la imagen final. El tamaño, que en estas cosas sí que importa, de la foto en todo su esplendor megapixelí es de unos 2 GB, es decir, lo mismo que ese pen USB que se acaba de comprar y del que tanto farda en la oficina.
La toma de posesión de Obama pasa así a la historia de tres rubros: el de las palabras huecas, el de los periodistas bobos y el de las fotografías grandes. No está mal para un solo disparo… ¿o eran 220?
