Icono del sitio Fernando Díaz Villanueva

Brasil se descompone

Leer hoy la prensa brasileña es encontrarse con un escenario muy parecido al de la España de 2011-2013, bienio que estuvo presidido por dos términos: crisis y corrupción. Los años de la bonanza económica, los fastos, el Mundial de fútbol y las Olimpiadas han desembocado en esta ciénaga. Son indefectiblemente el resultado final de todas las burbujas y ese punto de euforia irreal que traen consigo. Es por ello que se suele comparar a las burbujas económicas con las borracheras y, como éstas, terminan siempre en resacas. La de Brasil está siendo especialmente severa, larga y dolorosa.

El desplome de la economía brasileña comenzó en 2013, se profundizó en 2014 y tocó fondo en 2015. El PIB lleva varios años decreciendo, tanto y de un modo tan vigoroso que la India ya produce más que Brasil, que se había puesto a la cabeza de ese grupo de economías emergentes durante la década pasada. Aparte del PIB, la economía brasileña presenta un cuadro macro comatoso. El real está por los suelos, el desempleo ha crecido y el Estado se está endeudando a gran velocidad. A los españoles todo esto nos suena muy familiar porque vivimos algo similar en el pasado y, como en España, en Brasil a la crisis económica le ha seguido una crisis política de grandes dimensiones. En ella se inscribe la caída de Dilma Roussef en agosto del año pasado, los incontables casos de corrupción que tapizan los periódicos a diario y la crisis actual de Gobierno, que tiene a Michel Temer con un pie fuera y otro dentro del Palacio de Planalto.

Las manifestaciones de estos últimos días son el eco final de un descontento larvado desde hace cuatro años, cuando el país hizo crack y empezaron a aflorar todas las miserias de una sucesión de Gobiernos que se habían entregado con fruición al pillaje, el soborno, los cohechos y todas las figuras delictivas que son aplicables a un político. No es casual que el caso Odebrecht, que ahora sacude toda Hispanoamérica, arrancase en Brasil, un país donde los políticos siempre robaron cierto es, pero no tanto como en la última década, aunque solo sea porque nunca antes hubo tanto dinero que robar en Brasil.

En la calle están pidiendo una solución de urgencia: la renuncia de Temer y la convocatoria de elecciones. Ni una cosa ni la otra son sencillas. Temer ya ha hecho saber que no se irá por su propio pie, tendrá que destituirlo en Senado como ya hizo con Roussef. Y, respecto a las elecciones, éstas no se pueden anticipar porque lo impide la Constitución. Según la carta magna brasileña solo es posible el adelanto electoral si la dimisión del presidente se produce durante los dos primeros años de su mandato. Temer en principio lleva solo 9 meses en la presidencia, pero antes de eso era el vicepresidente de Roussef, por lo que se cuenta desde octubre de 2014. Tampoco puede presentar la renuncia y delegar en su vicepresidente porque Temer no tiene vicepresidente, gobierna en solitario desde el año pasado. Es decir, él era el plan B. No hay plan B para el plan B.

¿Significa eso que Temer es inamovible? No propiamente. Podrían abrirle un procedimiento de impeachment, pero es lento y, además, requiere del apoyo de dos tercios de la Cámara de Diputados y el Senado. Temer no está solo en las cámaras. Tiene partido propio, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) que se presentó en coalición con el PT de Roussef hace tres años a las elecciones. Además de partido se mueve como pez en el agua en Brasilia, donde ha pasado 30 años como diputado cabildeando a modo e incluso presidiendo la cámara en tres ocasiones. Es poco probable que le destituya un congreso que es básicamente su casa. Ha pasado más tiempo allí que en el pueblo del Estado de Sao Paulo donde nació hace 76 años.

Temer es más viejo que todos sus rivales y mucho más viejo que quienes le persiguen desde la calle. Es un zorro de los que las ve venir de lejos, no muy popular pero extremadamente habilidoso. Y no solo con la política. Ahí va un dato personal muy esclarecedor. Su esposa, Marcela Temer, es mucho más joven que él, pero no 10, ni 20, ni 30 años, sino 42 años más joven.

Quedaría solo una posibilidad para sacarle del Gobierno. Si el Tribunal Superior Electoral se reúne y vota por su inhabilitación se tendrá que ir. En ese caso la presidencia recaería en el presidente de la Cámara de Diputados, un tal Rodrigo Maia que también está envuelto en un caso de corrupción. Por lo que no tardarían en pedir su cabeza tan pronto como tomase posesión del cargo.

Un auténtico rompecabezas sin salida o, al menos, sin salida fácil. Y todo con el trasfondo de la crisis económica que no remite pero con la que Temer está sabiendo lidiar mucho mejor que su predecesora. En los pocos meses que lleva de presidente ha impulsado varias reformas, incluida una reforma laboral, ha controlado la inflación y está embarcado en estos momentos en la reforma de las pensiones. En un ambiente tan enrarecido es poco probable que las reformas continúen por lo que, si no hay novedades (que cualquier cosa puede suceder en Brasil), todo quedará aplazado hasta 2018 en una campaña electoral que ya se anticipa cardiaca.

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