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La sorpresa Bolsonaro

Jair Bolsonaro es ya el nuevo presidente de Brasil. Lo ha conseguido contra pronóstico con un 55% de los votos y casi 58 millones de sufragios a su favor. Su oponente trabalhista Fernando Haddad se ha quedado lejos, a 11 puntos porcentuales y 10 millones de votos. Hace tan sólo tres meses nadie lo hubiera dicho. Los favoritos eran otros, Bolsonaro no pasaba de ser un candidato extraído de la derecha carioca, importante pero pintoresco.

Pero el 1 de septiembre el Tribunal Superior Electoral rechazó la candidatura de Lula da Silva, que se encuentra en prisión desde el pasado mes de abril. Seis días más tarde, durante un acto de campaña en Minas Gerais, Bolsonaro fue apuñalado por un demente. Esto y su mensaje duro de regeneración le propulsaron en las encuestas. Menos de dos meses después se ha alzado con un triunfo histórico.

Digo histórico porque el Partido de los Trabajadores (PT) se antojaba eterno. Llevan en el poder o en sus cercanías desde hace casi quince años. Lula ganó sus primeras elecciones en 2002, le pasó el testigo a Dilma Rousseff en 2010 y así hasta su destitución por el Senado hace dos años.

En ese momento Brasil entró en un incómodo impasse político. Michel Temer gobernaba sí, pero de prestado. Ni siquiera pertenecía al PT, era el líder del Movimiento Democrático Brasileño que se había coaligado con Rousseff para las elecciones de 2014 en una alianza denominada “Con la fuerza de la gente” junto a otros siete partidos de izquierda.

Lo cierto es que en 2014 el PT ya no era el de los tiempos de Lula. Rousseff ganó con un ajustado 51% de los votos, muy lejos del 61% que había obtenido Lula doce años antes. El desgaste del PT fue paralelo a los casos de corrupción que han ido destapándose y al empeoramiento de la situación económica.

Aquel año se celebró el Mundial de fútbol y los excesos de los años precedentes eran ya difíciles de ocultar. Tras las Olimpiadas de 2016 todo saltó por los aires. Brasil se sumió en una depresión profunda de la que todavía no ha salido. Como en España hace diez años, las turbulencias financieras vinieron acompañadas de innumerables casos de corrupción que afloraron tan pronto como bajaba el nivel de las aguas.

Estaba todo listo para que un aventurero apareciese en escena. Lo curioso de Brasil es que el aventurero no ha venido desde fuera, ya estaba dentro empotrado en el sistema. Porque Jair Bolsonaro, a diferencia de Donald Trump u otros candidatos que prometen la redención, ya estaba ahí, llevaba, de hecho, toda la vida ahí.

Tras su paso por el ejército, donde alcanzó el grado de capitán, se presentó a las elecciones municipales de 1988 obteniendo una concejalía en Río de Janeiro. De ahí pasó al Congreso, de donde no se ha movido desde 1990. Era, por lo tanto, un candidato inesperado. Quizá por eso nadie daba un céntimo por él hasta hace pocos meses.

El candidato oficioso de la derecha brasileña era Gerardo Alckmin, caudillo del Partido Socialdemócrata que ya se había medido con Lula en las presidenciales de 2006. Lula le pasó por encima, pero seguía siendo un referente para los brasileños que aborrecen del trabalhismo.

Claro que, en cierto modo, Alckmin ya estaba muy visto y no sólo por aquello de 2006. Durante ocho años fue gobernador del Estado de Sao Paulo, de 2011 al pasado mes de abril. Sao Paulo es el Estado más importante, poblado y rico del país. Un puesto quizá demasiado visible en un país que se declara harto de la política… y de los políticos.

No es casual que Bolsonaro haya insistido en su condición de outsider a pesar de que no lo es en absoluto. Adoptó desde el primer momento un acerado discurso anti establishment no muy diferente al de Trump hace dos años en EEUU. El domingo en su discurso de agradecimiento por la victoria lo resumió en una frase: “necesitamos más Brasil y menos Brasilia“, potente argumento sino fuese porque quien lo pronunciaba lleva 28 años en Brasilia.

Pero eso parece que sus votantes se lo perdonan. Bolsonaro ha sabido leer lo que una mayoría de brasileños quiere escuchar. En un país angustiado por la corrupción y la inseguridad, dos llagas sangrantes que todos en mayor o menor medida padecen, supo poner el dedo sobre ambas. Estas dos han sido las claves fundamentales de su victoria.

Muchos brasileños identifican la corrupción con el PT. Después de casi 15 años de Gobierno tiene razón de ser. Son tantas las tramas corruptas que se amontonan en los juzgados y que tienen como centro al partido de Lula, que en el imaginario colectivo se asocia trabalhismo con asalto irrestricto a las arcas públicas.

La inseguridad ha sido el segundo clavo que Bolsonaro ha martilleado sin cesar. Cuando hay miedo a salir a la calle como sucede en muchas ciudades brasileñas, los que padecen esa violencia están dispuestos a casi cualquier cosa para que se solucione un problema que condiciona el día a día de una manera dramática.

Aupado sobre esos dos caballos, con un pie en cada uno de ellos, tan sólo necesitaba algo con lo que completar el espectáculo. Y es ahí donde aparece su enmienda a la totalidad de la ideología de género y, en general, a todas las políticas identitarias de la izquierda actual a ambos lados del Atlántico. Conforme avanzaba la campaña hacía más hincapié en ello porque veía que le resultaba.

Exactamente lo mismo que hizo Trump en la recta final en 2016. Hay cierto hartazgo con los desvaríos ideológicos de la nueva izquierda. Bolsonaro lo ha sabido explotar en su beneficio en un país atravesado por una fractura social y otra racial sobre las que muchos no quieren echar gasolina y encender un fósforo.

Lo que es un misterio es cómo será el Bolsonaro presidente. Como candidato se ha metido a más de medio electorado en el bolsillo. Como presidente está aún por ver. Recordemos que Lula también defraudó a sus votantes más ideológicos cuando se hizo con las riendas del poder hace catorce años. No trajo la revolución social anunciada, al contrario, fortaleció el capitalismo intervenido, de amigotes múltiples, tan característico de Brasil. Con Bolsonaro podría pasar lo mismo… o no. Simplemente hay que esperar a que suceda lo que tenga que suceder.

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