Estados Unidos ha organizado el Mundial de fútbol junto a México y Canadá el mismo año en que celebra los 250 de su independencia, lo ha hecho mientras su Gobierno ponía infinidad de trabas para que los aficionados de muchas selecciones pudiesen entrar en el país. Esta contradicción no es nueva. Desde finales del siglo XIX, el fútbol funciona en aquel país como termómetro de una discusión mucho más seria sobre quién merece llamarse estadounidense.
Fue en esa época cuando crearon una cultura deportiva propia. Walter Camp adaptó el rugby inglés y así fue como nació el fútbol americano, al mismo tiempo se encargaban de inventar un origen local para el béisbol con la idea de borrar cualquier herencia británica del cricket. El fútbol entró por la puerta de atrás, dentro de las maletas de obreros irlandeses, italianos y centroeuropeos. La liga que crearon en 1921 vivió de esa afición inmigrante justo cuando las leyes migratorias y el Ku Klux Klan cuestionaban su pertenencia al país. La Depresión lo arrinconó en los guetos étnicos durante medio siglo.
Entretanto, ese deporte conquistaba el planeta y la Unión Soviética lo abrazaba como escaparate para vender las bondades deportivas de la revolución. En Washington prefirieron exportar béisbol, per más allá del Caribe y Japón no tuvieron éxito. El intento de crear una liga fuerte en 1968 trajo a grandes estrellas ya retiradas como Pelé o Cruyff, incluso adaptaron las reglas para hacerlo más estadounidense, pero no funcionó y terminó quebrando en 1985.
En 1994 acogieron por primera vez una copa del mundo de fútbol. La FIFA se la adjudicó a condición de que creasen una liga profesional. Lo hicieron dos años más tarde y este deporte empezó a ganar afición, pero solo en ciertas partes de la sociedad: las élites liberales de ambas costas y los inmigrantes hispanos que ya se traen la afición de su país de origen. Ambos grupos demográficos no son muy propensos a votar a Trump.
Quizá por eso mismo Trump ejerció de anfitrión, pero sin afición verdadera. El campeonato acabó como se preveía, con cuatro semifinalistas (tres europeos y un sudamericano) de mucha tradición futbolística, y dejó a Estados Unidos donde siempre estuvo, contemplando este deporte como una rareza importada.

