La fiebre de la inteligencia artificial no da tregua. Recuerda en cierto modo a la del oro en la California de 1850, cuando los que amasaron fortuna no fueron tanto los buscadores sino los comerciantes que les vendían picos y palas. Un comerciante de San Francisco llamado Samuel Brannan se hizo millonario vendiendo sartenes sin recoger una sola pepita. Hoy las palas cuestan 80.000 millones de dólares y las venden Google, Nvidia y las grandes tecnológicas.
Alphabet anunció el lunes un plan para captar esa cantidad mediante ventas privadas y públicas de acciones. Berkshire Hathaway, hoy dirigida por Greg Abel, aporta 10.000 millones con un descuento cercano al 7%. Lo llamativo aquí es que Google no necesita el dinero, pues su plan de gasto de 190.000 millones todavía le dejaría 26.000 millones de caja. Captar fondos con las arcas rebosantes tiene algo de gesto teatral, un aviso de que el espectáculo no ha hecho más que empezar y que ellos están dispuestos a interpretar el papel protagonista.
El músculo financiero no garantiza ponerse en cabeza de la carrera. Sus rivales, Anthropic y OpenAI, corren hacia sus salidas a bolsa este mismo año. Google tiene una serie de ventajas como su rentabilísimo negocio publicitario, sus no menos rentables servicios en la nube y una capitalización que ronda los 4,3 billones de dólares. En Alphabet también han entendido que, aparte de los semiconductores, el otro cuello de botella está en la electricidad. Los centros de datos consumen mucho, tanto que la red no siempre puede atender la demanda. Google ha comprado una promotora eólica y solar llamada Intersect convirtiéndose así en el único gigante con compañía eléctrica propia. Controlar la energía equivale a controlar el calendario.
En la nube, Google se mantiene tercero detrás Microsoft y Oracle, pero está acortando distancias con un sorprendente crecimiento en el último año. Quieren también tener sus propios chips, las conocidas como unidades de procesamiento tensorial, ya en su octava generación que ofrecen como alternativa a las circuitería de Nvidia.
Entretanto los aspirantes tratan de hacerse un hueco. Anthropic, valorada en casi un billón de dólares, ha presentado la documentación confidencial para irrumpir este otoño en Bolsa. OpenAI trabaja en el mismo movimiento. Sobre ambos planea la sombra de SpaceX, que prepara la mayor salida de la historia. Los banqueros ya han advertido que quien llegue primero definirá el curso de este sector. Anthropic, fundada en 2021 por antiguos empleados de OpenAI con Dario Amodei al frente, acertó al centrarse en el cliente corporativo y ha triunfado con Claude Code y Claude Opus. En mayo captó 65.000 millones con una facturación anual superior a los 47.000 millones.
Adelantarse, no obstante, entraña riesgos, como demostraron Lyft y Facebook hace unos años. Anthropic tiene restricciones de capacidad, clientes que moderan el gasto y una disputa con el Pentágono. La euforia bursátil se mantiene. El S&P 500 está en máximos en espera de unos meses en los que entrará mucho dinero y que, a juicio de los analistas, serán fundamentales para la industria de la inteligencia artificial.
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