A principios del siglo XX Henry Ford creo el manual que todos los fabricantes de automóviles seguirían después: dominar primero el mercado interior, exportar después y, finalmente, fabricar donde está el cliente. Lo repitieron los europeos y japoneses de posguerra y ahora este mismo camino lo están recorriendo los fabricantes chinos, aunque con una diferencia decisiva, han llegado a la etapa final no tanto por euforia como por asfixia.
Mientras sus modelos triunfan fuera, en China las ventas se hunden. Las matriculaciones han caído más de un 20% en lo que va de año. Las causas hay que ir a buscarlas a que en enero el Gobierno redujo a la mitad la exención fiscal de los híbridos enchufables y recortó las ayudas al desguace, en marzo la guerra de Irán disparó el precio de la gasolina y hundió la demanda de los vehículos de combustión interna. Hay además un desempleo juvenil muy alto y los consumidores aplazan ciertas compras ante la incertidumbre. BYD ha visto caer su beneficio a la mitad y fabricantes menores, como XPeng, pierden dinero en un mercado muy atomizado como el chino. Hoy más que ofertas tratan de vender tecnología, pero eso no resuelve el problema de fondo, hay demasiada capacidad de producción y a una demanda interna que se encoge.
La válvula de escape es la exportación. Este año China ha llegado a embarcar 785.000 vehículos en un solo mes y podría exportar este año hasta diez millones de turismos. El primer obstáculo con el que se han encontrado es logístico. Los buques portavehículos escasean, el flete medio ha pasado de 42.000 a 70.000 dólares diarios pese a que la flota de este tipo de barcos se ha incrementado mucho. Los fabricantes improvisan metiendo coches en contenedores o en unas estanterías izadas con grúa desde la bodega de cargueros convencionales. BYD, fiel a su integración vertical, ya tiene ocho barcos propios.
La subida del combustible ha empujado al eléctrico justo cuando China tenía excedente. Sus exportaciones de eléctricos crecieron un 120% en el primer semestre de 2026, han duplicado las ventas en Brasil y Australia y las han multiplicado por cuatro en Colombia. Las marcas chinas controlan ya el 60% de los eléctricos en países emergentes, donde se concentrará el 60% de la demanda mundial de la próxima década, y donde el comprador primerizo puede saltarse la gasolina como en su día se saltó el teléfono fijo para pasar directamente al móvil.
Pero el gran premio es Europa. Los aranceles que aprobaron en Bruselas hace dos años no han frenado nada. En junio cinco marcas chinas sumaron el 12% de las matriculaciones en la UE y el Reino Unido. La Comisión Europea prepara una ley de aceleración industrial que ataría las ayudas al cumplimiento de umbrales de componentes locales. Cuando la ley llegue, si es que llega, las fábricas chinas ya llevarán años en Europa. BYD abrirá una factoría en Hungría, SAIC en Galicia, Chery en la antigua planta de Nissan en Barcelona, Leapmotor ha cerrado un acuerdo con Stellantis y Geely con Ford para su planta de Valencia. En Europa sobra capacidad ociosa para fabricar automóviles.
La esperanza europea de que su ventaja de costes se evapore al producir aquí es ilusoria. Si los vehículos chinos son más baratos se debe a su estructura de costes, a su integración vertical y a su sencillez. Un coche chino lleva entre 1.000 y 2.000 piezas, uno europeo, hasta 10.000. Dentro de China, de hecho, los fabricantes occidentales están de retirada. Estados Unidos, entretanto, se defiende con aranceles. El precedente más cercano es lo que sucedió con la incipiente industria de los paneles solares, ahora hay millones de empleos cualificados en juego.
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