La industria del automóvil ha experimentado una gran transformación en los últimos años. En lo que durante más de un siglo fue coto cerrado de europeos, estadounidenses, japoneses y coreanos hoy los fabricantes chinos llevan la delantera. En 2023 China superó a Japón como mayor exportador mundial de vehículos y en 2025 envió fuera más de ocho millones de automóviles a casi todos los mercados del mundo. Las marcas chinas suman ya casi un 9% de las matriculaciones europeas, cuando hace sólo cinco o seis años era difícil encontrarse con un turismo chino por la calle.
Semejante salto se explica por una apuesta estratégica que hizo el gobierno chino hace 15 años. Decidieron que, en lugar de competir en el campo del motor de combustión interna, un campo en el que Occidente llevaba un siglo de ventaja, se decantaron por concentrarse en la electrificación. Desde entonces han volcado en el sector más de 200.000 millones de dólares en subvenciones, exenciones fiscales y todo tipo ayudas. A eso se sumó el control de la industria de las batería. Adquirieron minas compradas en medio mundo y levantaron sus propias plantas procesadoras. Hoy el 75% de las baterías salen de plantas chinas. Empresas como CATL o BYD son proveedores incluso de sus competidores occidentales.
La ventaja china se apoya en cuatro pilares. El primero las baterías, las producen a menor coste y están mucho más avanzados en su desarrollo. El segundo el software, concebido desde cero para vehículos eléctricos. El tercero la velocidad de desarrollo de nuevos modelos. El cuarto el precio, un utilitario eléctrico chino se vende a un precio sensiblemente más bajo que su equivalente europeo. Ni los aranceles europeos aprobados en 2024 son capaces de neutralizar esa diferencia.
Los fabricantes chinos están conquistando también el segmento premium, que es el más valioso e interesante para los fabricantes. Los compradores chinos de alto poder adquisitivo se inclinan cada vez más hacia sus propias marcas. En Europa están empezando a competir en el terreno de empresas alemanas especializadas en vehículos de gama alta como BMW o Mercedes. Esa competencia se la están trayendo también en la fabricación ya que son varios los proyectos de apertura de plantas de ensamblaje en territorio europeo.
Los occidentales han pasado de desdeñar a los chinos a imitarles. Fabricantes con muchísima historia a sus espaldas como Volkswagen, Mercedes, Toyota, Renault, Ford o General Motors están abriendo centros de investigación en China o han cerrado alianzas con empresas chinas Xpeng, Geely, Huawei y SAIC. Pero estas alianzas podrían ser una trampa. Ceder la fabricación de la batería y el diseño de software a un competidor convierte a la marca occidental en un mero integrador de componentes ajenos.
Lo que muchos han dado en llamar invasión china no parece que sea una moda. Es el resultado final de dos décadas en las que en China han planificado mientras Occidente miraba hacia otro lado y fingía que eso nunca iba a suceder. La pregunta es si los fabricantes históricos de Europa, Japón y EEUU sobrevivirán.

