Icono del sitio Fernando Díaz Villanueva

El chantaje fallido

Los iraníes cerraron el estrecho de Ormuz a finales de febrero convencidos de que el crudo se dispararía, Occidente entraría en pánico y Donald Trump acabaría negociando en los términos que le dictasen. Seis meses después el Brent cotiza a 92 dólares y el West Texas a 87, precios altos pero muy lejos de lo que los peores pronósticos auguraban. La apuesta contraria tampoco salió bien. El bloqueo naval estadounidense ha dejado las exportaciones iraníes casi a cero y ha metido al país en una depresión económica, pero sin provocar el levantamiento que esperaban en Washington ni reabrir el estrecho.

De ese doble error nace una guerra de desgaste que se libra con inventarios y tipos de cambio más que con misiles. El bloqueo estadounidense es hermético porque solo apunta a los barcos iraníes, el iraní hace agua por todas partes. Unos 5 millones de barriles diarios siguen atravesando Ormuz, casi ninguno iraní, y con lo embarcado en Fuyaira y Yanbú se alcanza el 40% del flujo previo a la guerra. Catar, Kuwait, Irak y Baréin, sin salida terrestre alternativa, son los que peor lo están pasando.

La explicación de que el barril no supere los 100 dólares está a 6.000 kilómetros del golfo Pérsico. China ha ido acumulando durante años la mayor reserva de petróleo del mundo, entre 1.000 y 1.400 millones de barriles, unos 120 días de importaciones frente a a los 280 millones estadounidenses. Con semejante colchón ha podido hacer lo que ningún otro consumidor se permite, dejar de comprar. Sus importaciones cayeron un 23% entre marzo y julio y la diferencia salió de las reservas comerciales, sin necesidad siquiera de tocar la reserva estratégica.

Esta previsión responde a una doctrina de 2014. Las renovables generan ya dos quintas partes de su electricidad, la mitad de los coches nuevos son eléctricos y el ferrocarril absorbe una parte del tráfico que deja la carretera. Las sanciones occidentales, al abaratar el crudo ruso e iraní, han terminado financiando el seguro antiincendios de su principal cliente. Nada de ello sale gratis. Las exportaciones chinas de gasolina se han hundido un 93% y los problemas en el mercado petrolero explican buena parte de su desaceleración industrial.

Aparece ahí la contradicción central de la guerra. El país cuyas reservas desactivaron el arma iraní es también el que mantiene con vida a la República Islámica. China absorbe más del 80% de lo que Irán logra vender fuera. Pero eso no da de comer a los iraníes. El rial está en mínimos históricos, en estos momentos se cambia a más de 2 millones por dólar, las gasolineras racionan el combustible y los supermercados padecen serios problemas de suministro. Las protestas han vuelto, pero solo en el ámbito laboral. Quienes mandan en Irán ahora son los jefes de la Guardia Revolucionaria, el sufrimiento de la población no figura entre sus preocupaciones ya que para ellos esto es una guerra existencia. Con el plazo que se habían fijado a punto de agotarse y las elecciones estadounidenses encima, la escalada parece más probable que la capitulación. Ormuz ha dejado de ser el arma absoluta que se le suponía, pero no porque haya perdido importancia, sino porque el mayor comprador del mundo ha pasado muchos años preparándose para esta eventualidad.

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