La guerra entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una nueva fase tras el alto el fuego del 7 de abril. Donald Trump ha decidido que el conflicto no se resolverá con bombardeos, sino con un bloqueo naval indefinido sobre los puertos iraníes. Para ello ha desplegado tres portaviones en la región: el Gerald Ford en el mar Rojo, el Abraham Lincoln en el mar Arábigo y el George Bush en el océano Índico, todos acompañados de sus respectivos grupos de escolta.
El objetivo es asfixiar económicamente al régimen de los ayatolás hasta arrancarle una rendición que incluya el desmantelamiento de su programa nuclear. Trump exige que Irán suspenda el enriquecimiento de uranio durante veinte años, una demanda que en Irán consideran inaceptable ya que implica renunciar a uno de los pilares simbólicos del régimen. Los iraníes, por su parte, han ofrecido detener los ataques en el estrecho de Ormuz a cambio de poner fin al bloqueo, dejando la cuestión nuclear para una fase posterior. La propuesta ha sido rechazada de plano por la Casa Blanca.
La economía iraní se encuentra en muy mal estado. Más de dos millones de personas han perdido su empleo desde el inicio de la guerra, la inflación ronda el 70% interanual y los precios de los alimentos básicos resultan prohibitivos para la mayoría de la población cuyo salario medio ronda los 300 euros mensuales. Los comercios cierran, las fábricas se paralizan y la reconstrucción del país podría costar 270.000 millones de dólares, casi lo mismo que el PIB iraní de un año entero. El Gobierno ha respondido subiendo el salario mínimo, manteniendo subsidios al pan, al combustible y a productos esenciales, también están repartiendo cupones de comida entre los más pobres, pero son medidas paliativas que difícilmente evitarán un estallido social si el bloqueo se prolonga.
Las exportaciones de crudo iraní se han desplomado. Hasta el mes pasado Irán exportaba unos dos millones de barriles al día, en las últimas dos semanas apenas ha salido medio millón. El Brent, entretanto, ha duplicado su precio hasta los 110 dólares, lo que ha encarecido la gasolina en todo el mundo y está generando tensiones políticas en Estados Unidos, donde se celebrarán elecciones en noviembre. Para no interrumpir la producción de crudo y tener que cerrar los pozos, los iraníes están almacenando crudo en instalaciones viejas, petroleros vacíos y depósitos improvisados, pero el límite se alcanzará en menos de dos semanas. También están planteándose rutas alternativas de exportación por ferrocarril hacia China atravesando Asia Central, corredores terrestres con Turquía, Armenia, Azerbaiyán y Pakistán, y conexiones marítimas por el Caspio con Rusia. Pero en todos los casos los costes aumentan de forma notable.
Las negociaciones en Islamabad siguen estancadas. Ambas partes creen que el tiempo juega a su favor, una convicción compartida que augura semanas de desgaste. Trump se enfrenta a un dilema delicado. Si prolonga el bloqueo demasiado podría suponerle un alto coste político, si lo levanta antes de tiempo dejaría intacto el programa nuclear iraní. La apuesta estadounidense descansa sobre la convicción de que el umbral de dolor de los iraníes tiene un límite y que los ayatolás cederán primero. Lo que está en juego trasciende una simple disputa, se trata de un pulso por el orden energético mundial, la supervivencia del régimen islámico y la credibilidad de Estados Unidos en Oriente Medio.
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