La desecación del mar de Aral, situado entre Kazajistán y Uzbekistán, es una de las mayores catástrofes ambientales del siglo XX, seguramente la mayor. En la década de 1960, este lago, entonces el cuarto más grande del mundo con 68,000 km² de superficie, permitió que una plácida región del centro de Asia viviese de la pesca al mismo tiempo que moderaba el clima local. Pero las políticas agrícolas de la Unión Soviética cambiaron aquel ecosistema para siempre, de hecho lo destruyeron. El Gobierno soviético decidió que había que producir algodón y para ello, a partir de los años 50, se empezaron a construir grandes canales como el de Karakum que desviaban el agua de los ríos Amu Daria y Sir Daria hacia los nuevos sistemas de regadío. La mala planificación y peor ejecución hizo el resto. Muchos canales estaban sin revestir, lo que provocó enormes pérdidas de agua por evaporación y filtración.
Para los años 70, el retroceso del mar ya era visible y en 1987 se dividió en dos entre el mar de Aral del norte y el del sur. La superficie se redujo a la mitad, y la salinidad aumentó, eliminando de paso la vida acuática. Las flotas pesqueras quedaron varadas arruinando a las ciudades costeras como Aralsk y Moynaq, que vieron como su medio de vida se esfumaba. El lecho seco, ahora conocido como desierto de Aralkum, provoca tormentas de polvo tóxico con a causa de los químicos y fertilizantes agrícolas dispersados por el viento.
En la Unión Soviética consideraron que la pérdida del mar era un «coste aceptable» ya que el propio mar de Aral era un «error de la naturaleza» que el socialismo soviético había solucionado. Tras el colapso de la URSS en 1991, la cooperación entre las repúblicas de Asia central para revertir el destrozo ha sido mínima. En 2005, Kazajistán construyó la presa de Kokaral con la que se recuperó parcialmente el mar de Aral del norte, pero el del sur prácticamente desapareció en 2014. Uzbekistán ha concedido licencias para la exploración de yacimientos de gas y petróleo en el lecho seco, y tanto esa república como Turkmenistán dependen por completo del agua para la agricultura y el abastecimiento urbano. Simplemente no se pueden permitir prescindir de esos regadíos. El mar de Aral es pasado, pero de su historia se pueden extraer algunas lecciones.
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