Icono del sitio Fernando Díaz Villanueva

La guerra vuelve a casa

Cuatro años y tres meses después desde que Vladimir Putin ordenó a su ejército invadir Ucrania con la esperanza en resolver eso en cuestión de unos pocos días, no solo arde Kiev, también arde Moscú. El pasado domingo el ejército ucraniano envió la mayor oleada de drones contra la capital rusa en más de un año, un ataque que se saldó con tres muertos, 18 heridos y el aeropuerto moscovita de Sheremétievo cerrado. El propio ministerio de Defensa ruso, tan dado a inflar las cifras, reconoció haber derribado 628 drones en 14 provincias distintas, lo que equivale a admitir que los ucranianos son capaces de lanzar grandes enjambres coordinados.

La operación, lejos de ser improvisada, es la materialización de una doctrina militar formulada por Zelenski en marzo del año pasado y que los analistas bautizaron con el nombre de “neutralización estratégica”. Sobre el terreno esto significa que Ucrania ha dejado de desangrarse intentando recuperar palmo a palmo el territorio ocupado en el Donbás, y se ha volcado en una guerra asimétrica de largo alcance. Eso supone atacar los activos económicos rusos, romper su cadena de suministros militares y desmoralizar a una población acostumbrada a contemplar la guerra como un espectáculo televisivo.

Los objetivos del último mes dicen mucho de esta nueva estrategia. 20 refinerías y terminales bombardeadas sólo en abril (la de Tuapse dejó una columna de humo visible desde 300 kilómetros a la redonda), drones que vuelan a más de 1.700 kilómetros desde sus bases y ataques dirigidos a las empresas de armamento avanzado que se encuentran al norte de Moscú. Los efectos económicos empiezan a notarse. Las exportaciones rusas de crudo han caído y la producción en refinerías también lo ha hecho. En estos momentos se encuentra en su mínimo de los últimos 15 años. Es curioso porque, a raíz de la guerra de Irán, Trump levantó en marzo las sanciones sobre el petróleo ruso para amortiguar el cierre de Ormuz, pero han aparecido los drones ucranianos para arruinarle el plan.

Las guerras prolongadas suelen consumir antes a las dictaduras que a las democracias, porque las primeras dependen del mito de la invulnerabilidad del líder. La Rusia zarista cayó tras la derrota frente a Japón en 1905, la Unión Soviética sobrevivió a Stalingrado pero no a Afganistán. Putin conoce bien esos precedentes y concibió esta guerra sobre la premisa de aguantar más que el adversario y convertir el conflicto en una rutina televisiva y, sobre todo, lejana. La estrategia funciona mientras la guerra sea una abstracción. Cuando los drones caen sobre Moscú esa abstracción se evapora.

Las señales de nerviosismo en el Kremlin se multiplican. El desfile del día de la victoria de este año pasó a la historia por no exhibir material bélico moderno, ni un tanque, ni un misil por miedo a que eso provocase un ataque ucraniano. Algunas fuentes internas hablan de que en el Kremlin están reconsiderando sus objetivos. Podrían conformarse con acabar con esto anexionándose las regiones ocupadas, pero sin intervenir en el resto de Ucrania. Eso lo presentarían como una gran victoria. Putin sigue siendo popular, pero ya no tanto como hace cuatro años. La curva va en sentido descendente. Este verano sabremos si eso basta para que decida sentarse a negociar.

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