Icono del sitio Fernando Díaz Villanueva

El paraíso renovable y el vehículo eléctrico

Si echamos un vistazo al mix energético español del año pasado vemos dos cosas que llaman la atención. La primera es que si reparamos sobre la potencia instalada vemos que un cuarto de la misma son centrales de ciclo combinado, seguidas de centrales eólicas (23%) y presas hidroeléctricas (20%). Luego, ya a bastante distancia, las térmicas de carbón (9,5%) y la nuclear (7,6%). La segunda es que si nos fijamos en cuáles de esas centrales cubrieron la demanda comprobamos que ésta cayó sobre los hombros de las nucleares (22,2%), la hidroeléctrica (un 14%) y las térmicas de carbón (otro 14%).

El carbón y la nuclear con sólo un 17% de la potencia instalada atendieron un 36% de la demanda. Las razones están al alcance de cualquiera. Las nucleares una vez entran en secuencia principal generan electricidad sin descanso hasta que hay que parar para cambiar la barra de combustible. Con el carbón sucede algo parecido. La central se puede tener encendida siempre. Sólo es necesario colocar unas vías al lado para que lleguen y descarguen los trenes carboneros o, mejor aún, levantar la central junto a la mina como sucede en algunos lugares del norte de España.

Esta observación nos lleva a una primera conclusión. La renovable es limpia y hasta barata una vez se ha amortizado el coste de la instalación porque no hay que cargar combustible de ningún tipo, pero no siempre está disponible. Hay años húmedos y otros secos, muchas veces no sopla el viento durante días, de noche no luce el sol. Es decir, necesitan respaldo si o si a no ser, claro, que queramos quedarnos a oscuras una fría noche de invierno. La nuclear y las fósiles (carbón y gas) dan seguridad y escalabilidad. Por eso son necesarias, al menos por ahora. Pero la época que nos ha tocado vivir es esta no dentro de 300 años.

Pero curiosamente todos los esfuerzos políticos van dirigidos a descompensar el mix y hacerlo paulatinamente más renovable hasta alcanzar el 100% que piden organizaciones como Greenpeace. Van incluso más lejos en sus ensoñaciones. Quieren energía eléctrica de origen renovable que alimente vehículos eléctricos. Esa es más o menos la visión de la modernidad en nuestro tiempo. Lo vemos continuamente en la publicidad y en la propaganda de los partidos políticos. Automóviles deportivos Tesla con molinos eólicos de fondo en una autopista vacía. Un reclamo muy millenial que todo el mundo compra sin plantearse lo irreal de la estampa.

No nos cuentan que para cargar todas esas baterías vamos a necesitar más centrales nucleares, de gas y de carbón porque es el único modo de hacerlo de una manera económica. Porque podría darse la paradoja de que Renault o Volkswagen terminen fabricando automóviles eléctricos baratos, en el entorno de los 10.000 euros, pero que luego sea prohibitivo recargar su batería.

Hoy por hoy fabricar vehículos eléctricos es una ruina. General Motors pierde 9.000 dólares por cada Chevrolet Bolt que vende y a todas las que se han embarcado en esto les sucede algo parecido. Por eso las compañías del sector están tan obsesionadas con que los Gobiernos les apoyen y otorguen ayudas que salen del bolsillo de los contribuyentes a los early adopters de esta teconología. Es curioso, pero, por su elevado precio, hoy los coches eléctricos sólo están al alcance de unos pocos afortunados que reciben un subsidio para costearse el capricho.

Si, como aseguran por ahí, dentro de veinte años el vehículo eléctrico será lo normal en nuestras calles, se necesitarán muchas electrolineras enchufadas a la red eléctrica para abastecer a todo el que pare en ellas a recargar la batería. Una electrolinera promedio necesita 30 MW de capacidad disponible, el equivalente a 25.000 hogares. Toda esa electricidad tendrá que generarse en algún sitio y habrá de hacerse con lo más eficiente que la tecnología permita para que recargar no se convierta en un lujo asiático. Hoy lo más eficiente es el combinado de nuclear, carbón y gas. Dentro de diez años seguirá siéndolo.

Así que tendremos que elegir. O el paraíso renovable o los vehículos eléctricos. Ambos va a ser imposible. Si elegimos lo primero asumamos que la energía eléctrica será cara y quizá no podamos permitirnos más automóvil que un viejo pero confiable utilitario con motor de explosión. Si escogemos lo segundo habrá que quemar gas y carbón a mansalva en las centrales. A cambio las ciudades estarán menos contaminadas, habremos desplazado la polución al medio rural. Con la tecnología disponible es lo que hay. El resto es pura fábula, juegos florales con la que nos entretienen para robarnos mejor.

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