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El largo camino hacia Chernóbil

Hace menos de 70 años, a principios de la década de los cincuenta, se pensaba que la nuclear sería la energía del futuro. Era barata, estaba ampliamente disponible y era más limpia que el carbón o el fuelóleo. Conllevaba, eso sí, algunos riesgos y el problema añadido de la gestión de los residuos nucleares, pero sus inconvenientes parecieron pocos frente a sus innegables ventajas.

Tan sólo había que provocar una reacción nuclear en cadena, controlarla y colocar al lado una central térmica convencional. Este sería, además, un uso pacífico de la energía atómica cuyo potencial destructivo había quedado más que acreditado en Hiroshima.

Los físicos de todo el mundo, que llevaban medio siglo investigando sobre el tema se pusieron a ello para conseguir que la «destructora de mundos» ayudase a construirlos. Con ese espíritu pacífico abrieron las primeras centrales nucleares en la Unión Soviética y EEUU. Pronto empezaron a extenderse por todo el mundo y la crisis del petróleo de 1973 les dio el empujón definitivo.

Había nacido una nueva industria que hoy, 65 años después de la puesta en marcha de la primera central nuclear, opera 450 reactores en medio centenar de países generando el 12% del consumo mundial de electricidad. Pero no todo fue un camino de rosas. Llegar a conocer el poder del átomo implicó que las mejores mentes de la física se dedicasen casi en exclusiva a ese empeño. Luego, una vez conseguido, aparecieron infinidad de detractores que, esgrimiendo sus peligros y, especialmente, algunos accidentes, piden el cierre de todas las centrales nucleares.

El mayor de todos esos accidentes, la madre de todos los desastres nucleares, fue el acontecido en la central soviética de Chernóbil en 1986. Hoy en La ContraHistoria vamos a recorrer la brevísima historia de la energía atómica deteniéndonos en sus momentos álgidos.

En El ContraSello:

  • Franco y José Antonio Primo de Rivera
  • El impacto de la Revolución Francesa en España y la América hispana

Bibliografía

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