Alan Turing fue uno de los grandes cerebros privilegiados que alumbró el siglo XX. De ese cerebro salieron algunas de las ideas sobre las que se sostiene nuestro mundo. Sin sus aportes a las matemáticas, ni los ordenadores, ni los teléfonos móviles, ni internet existirían tal y como hoy los conocemos.
Criado en Inglaterra mientras sus padres residían en la India, Turing mostró desde niño una inteligencia fuera de lo común. En el internado de Sherborne se enamoró de Christopher Morcom, un compañero cuya muerte prematura por tuberculosis le empujó a preguntarse sobre la relación entre la mente y la materia. En 1931 ingresó en el King’s College de Cambridge, donde compaginó las matemáticas con el atletismo, disciplina que casi le lleva a los Juegos Olímpicos de 1948.
En 1936 publicó el artículo que cambió la historia de la informática. Para responder al problema de la decisión planteado por David Hilbert, imaginó una máquina abstracta capaz de ejecutar cualquier cómputo definible mediante reglas. Demostró además que podía construirse una máquina universal capaz de imitar a cualquier otra. Aquella idea es el plano teórico del ordenador moderno y la raíz de toda la informática que nos rodea.
Cuando estalló la guerra se incorporó al complejo secreto de Bletchley Park. Allí, junto a Gordon Welchman, diseñó la Bomba, un artefacto electromecánico que con que el consiguieron romper el cifrado de la máquina Enigma que utilizaban los alemanes para transmitir órdenes. Esa información, conocida como Ultra, permitió ganar la batalla del Atlántico, asegurar el desembarco de Normandía y acortar la contienda en dos o tres años. De su cabeza salió también Colossus, la que seguramente fue la primera computadora electrónica programable.
Después de la guerra trabajó en el diseño del primer ordenador británico y, ya en la universidad de Manchester, siguió haciéndose preguntas. En 1950 publicó en la revista Mind un texto de gran importancia sobre máquinas pensantes en el que propuso el juego de la imitación, hoy llamado Test de Turing, la partida de nacimiento de la inteligencia artificial. En 1952 formuló su modelo de la morfogénesis, en el que explicaba matemáticamente cómo dos sustancias químicas pueden generar manchas, rayas y espirales.
Aquel mismo año tras un robo en su casa confesó ante la policía una relación íntima con otro hombre. Juzgado por indecencia grave, le dieron a elegir entre ir a la cárcel o someterse a un tratamiento hormonal. Le retiraron la habilitación de seguridad y le aislaron. El 8 de junio de 1954 apareció muerto en su cama con una manzana envenenada con cianuro a medio comer en su mesilla. Tenía 41 años.
El secreto oficial que pesaba sobre las actividades en Bletchley imposibilitó durante años conocer con detalle su importante contribución a la victoria. Fue a partir de los años 70 cuando empezó a ocupar el lugar que merecía. La película “Descifrando Enigma” de 2014 terminó de popularizar su figura. Antes, en 2009, el Gobierno británico pidió disculpas por aquel juicio y en 2013 Isabel II le concedió el perdón real póstumo, Nada de eso le devolvió la vida, pero cada vez que encendemos un ordenador o conversamos con una inteligencia artificial jugamos, sin saberlo, a una versión perfeccionada del juego que él imaginó.

