El Sakoku fue la política de aislamiento forzoso que impuso el shogunato Tokugawa a mediados del siglo XVII. Tras más de un siglo de inestabilidad y guerras civiles, el shogun Tokugawa Ieyasu se hizo con el poder en 1603 e instauró un gobierno centralizado en la ciudad de Edo, la actual Tokio. Sus sucesores, especialmente Iemitsu, promulgaron entre 1633 y 1639 cinco edictos que prohibieron a los japoneses salir del país, impidieron el regreso de los emigrados y expulsaron a los portugueses. El motivo principal no fue teológico, sino político. Los shogunes temían que detrás de los misioneros portugueses y españoles llegasen los mercaderes y los soldados como había pasado en la India o Filipinas.
Pero el aislamiento no fue absoluto. Algunos puertos quedaron abiertos con muchas restricciones para comerciar con China, Corea y los Países Bajos. Estos últimos comerciaban desde una isla artificial llamada Dejima frente al puerto de Nagasaki. Los Tokugawa se fiaban más de los holandeses porque comprobó que no tenían intención de evangelizar, solo les movía la ambición comercial. Por Dejima fueron entrando algunos de los avances científicos y técnicos que se produjeron en aquella época. Una minoría selecta de eruditos japoneses aprendió el neerlandés y tradujo manuales y tratados que formarían a las élites que protagonizarían la apertura del siglo XIX.
Dos siglos y medio de paz sentaron muy bien a Japón. El país experimentó un gran crecimiento urbano y el florecimiento de las artes. Pero el mundo había cambiado mucho para mediados del siglo XIX. En 1853 se presentó en la bahía de Edo una escuadra estadounidense al mando del comodoro Matthew Perry, que les entregó un ultimátum para firmar un acuerdo comercial. Esa expedición se sustancia en una serie de tratados con Estados Unidos y varios países europeos. La crisis interna no tardó en estallar y aquello culminó con la Restauración Meiji de 1868, que puso fin a este peculiar experimento que tuvo una influencia decisiva en el Japón contemporáneo.

