Icono del sitio Fernando Díaz Villanueva

La maldición de los hombres-bomba

Una semana después ya sabemos que los atentados de Barcelona y Cambrils fueron el resultado final de una cadena de casualidades. La célula pretendía atacar mediante tres furgonetas-bomba en el mismo centro de Barcelona, en las inmediaciones de la Sagrada Familia. Lo que desconocemos es si inmolándose dentro de ellas o accionando los explosivos a distancia. Eso nos lo contarán -si es que quieren hacerlo- los miembros de la célula que han quedado con vida y que ya han pasado a disposición de la Audiencia Nacional. El resto ha muerto abatido por la policía o en la explosión de Alcanar.

Lo cierto es que el arrojo suicida de los terroristas enfrentándose a los Mossos con un cuchillo y un falso cinturón explosivo no nos extrañó. El terrorismo islamista y el suicidio van de la mano. Hasta hace no mucho el terrorista trataba de salvar su vida. Planeaba tanto el ataque en sí como sus vías de escape. Querían matar pero no morir haciéndolo. Entre estos radicales islámicos sucede que, como los kamikazes japoneses de la Segunda Guerra Mundial, quieren matar y dejarse la vida en ello.

¿Qué les lleva a inmolarse? Porque así, de primeras, no parece algo muy efectivo. Las bandas terroristas históricas como la ETA o el IRA cuidaban de que los miembros de sus comandos sobreviviesen para así seguir matando. Pero aquí la motivación es distinta, es de tipo religioso. Se creen muyahidines y están convencidos de que Alá les premiara con 72 vírgenes en el paraíso. Claro, que este incentivo lo tienen los guerreros islámicos desde siempre, pero nunca antes habían sido suicidas. Los soldados de Saladino en el siglo XII o los de Solimán el Magnífico en el XVI no buscaban la muerte, en todo caso se la encontraban. Entonces, como premio por su sacrificio, Alá les recompensaba con el paraíso y sus vírgenes.

Los yihadistas actuales, sin embargo, persiguen con denuedo la muerte. Esto es algo nuevo, tan reciente que el comportamiento solo puede rastrearse desde los años noventa, cuando los primeros islamistas suicidas hicieron su aparición en Israel.

Otro elemento definitorio de este nuevo yihadismo es su obsesión por destruirlo todo. Esto se verifica, por ejemplo, en los modos y maneras del ISIS en Oriente Medio. No se limitan a hacer la guerra y ganarla, necesitan devastarlo todo a su alrededor. Los conquistadores islámicos del pasado no estaban en guerra con el mundo material, sino con quienes lo habitaban. Ídem con los revolucionarios. Los bolcheviques, por ejemplo, no volaron en Kremlin, se quedaron a vivir en él.

Pero por donde el Estado Islámico pasa no vuelve a crecer la hierba. En Siria e Irak han arrasado infinidad de monumentos históricos por el puro gusto de hacerlo, no porque ello implicase una ventaja táctica como sucede en todas las guerras. Los turcos otomanos de Mehmed II tomaron Constantinopla, pero no la incendiaron, ni siquiera demolieron la basílica de Santa Sofía, emblema del cristianismo oriental. Al contrario, la convirtieron en una mezquita, le añadieron unos minaretes y la emplearon como modelo para el resto de mezquitas, que, en la Turquía actual, se siguen construyendo a imagen y semejanza de la Santa Sofía bizantina.

Estas dos singularidades del terrorismo islamista, la suicida y la de la destrucción total, nos dicen que no se trata ni de un movimiento político, ni religioso, sino de algo más parecido a una secta milenarista sin programa político digno de tener en cuenta y que emplea una versión extremada del islam como soporte teórico para su acción. Es, por lo tanto, un terrorismo nuevo, incomprensible para el común de los mortales pero irresistible para un porcentaje pequeño pero significativo de los jóvenes musulmanes de Oriente y Occidente.

Su propuesta es de pura acción redentora sin adornos ni complicaciones, sin más objetivos que matar, destruir y morir, y sin más jerarquía que la propia de la célula o el batallón de pick-ups cabalgando por el desierto. Estos jóvenes, porque siempre son jóvenes, encuentran en esta variante enloquecida del fundamentalismo islámico una razón de ser y, sobre todo, de morir.

Luego cabría pensar que fundamentalismo islámico es sinónimo de terrorismo. No propiamente. Cualquier Estado islámico (Irán o Arabia Saudí) está regido por principios fundamentalistas, pero ni iraníes ni sauditas sienten la necesidad de arrasar los monumentos históricos o reducir las ciudades a escombros. Al Estado Islámico lo que le interesa es precisamente eso. Ahí tenemos las ruinas de Palmira o el estado en el que ha quedado Mosul tras su paso como prueba. Destruir y morir destruyendo es para ellos un fin en sí mismo.

La coartada perfecta

En Europa el panorama que encontramos es todavía más difícil de entender. Los yihadistas aquí no son inmigrantes llegados del Magreb o de Oriente Medio ya fanatizados y que malviven desempleados, lo que alimenta una frustración que encuentra su salida primero en la mezquita y luego en el atentado suicida. Esa, digamos, es la explicación oficial, pero no la correcta. Nuestros yihadistas han nacido en el país, se han criado aquí, hablan nuestro idioma a la perfección, están plenamente integrados y, hasta su radicalización final, llevaban un estilo de vida muy similar al de cualquier joven occidental.

¿Qué les pasa? ¿Por qué cambian? Esa es la pregunta del millón que todos nos hacemos. ¿Cómo Abdelhamid Abaaoud pudo liarse a tiros en Bataclan con un AK-47 cuando no solo estaba integrado, sino que era hijo de un próspero empresario? Abaaoud no es la excepción, es la norma. Salah Abdeslam llegó a regentar un bar de copas en Bruselas, Anis Amri, el terrorista de Berlín, era bebedor habitual y jugador de naipes antes de radicalizarse y así podríamos seguir. Idéntico caso encontramos con los islamistas catalanes. Younes Abouyaaqoub era un joven normal, con empleo, un buen coche y aficionado al esquí.

Ninguno venía de ambientes religiosos ni frecuentaba demasiado la mezquita. Su conversión fue rápida y discreta. Esa conversión a la barbarie la canalizaron a través del Islam y no de otro conducto ideológico. ¿Por qué? Simple, porque cierta rama de esta religión, la salafista, les da la coartada perfecta. El salafismo aborrece por igual a las sociedades occidentales y a las musulmanas actuales, a las que considera débiles e impuras, apartadas de los mandatos del profeta. Ambas hay que destruirlas.

Pero los salafistas propiamente dichos, unos 50 millones en todo el mundo, tienen su utopía, un Estado islámico perfecto, algo parecido a lo que hoy es Arabia Saudí pero sin concesiones a los occidentales. El yihadista del Estado Islámico o el terrorista en Europa no quieren construir nada, carecen de utopía. Su intención casi única es morir destruyendo. No son utópicos, son nihilistas. El nihilismo jamás movilizó a las masas ni sobre él se forjó un tejido social de apoyo. Pero es que los jóvenes que se inmolan tampoco aspiran a eso. No quieren persuadir, quieren liquidar y liquidarse ellos mismos en el curso de la acción. Necesitan evacuar su urgencia de redención individual a través de la violencia.

No estamos ante fanáticos al uso, ni ante terroristas como los conocíamos, estamos ante hombres-bomba decididos a todo con tal de apagar su fuego interno. De nosotros depende apagarles a ellos antes.

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